El Llamado de la Sangre | Editado

CAPITULO 13

Hoy el día estaba bastante frío, y yo estaba incómoda por todas las miradas que recibía, antes simplemente no les prestaba atención pero ahora, sabiendo lo que piensan, se me hace imposible ignorarlo.

Entré al salón de idiomas con una leve migraña que había tenido desde temprano, esta era la última clase de hoy y esperaba que terminara rápido. No había terminado de llegar a mi puesto cuando ya tenía a Luke a mi lado, fingí no verlo y tomé asiento pero él no se dió por vencido y se sentó a mi lado.

—Hola Ori —rodé los ojos y lo ignoré, aún seguía molesta porque haya creído esa estupidez—. ¿No me vas a saludar, ni siquiera verme a la cara? Vamos Ori, de verdad lo siento.

Volteé hacia él a regañadientes, dedicándole una mirada fulminante.

—Eres un imbécil que se hace pasar por mi amigo pero cree la primera estupidez que dicen de mí.

Luke se tensó e intentó seguir hablando, pero justo en ese momento entró Samuel con una carpeta bajo el brazo y actitud dominante, con su expresión de aparente calma que tenía siempre.

—Buenos días chicos vayan sacando sus cuadernos y uno por uno me los van entregando.

Me levanté con pesadez, sintiendo como el dolor de cabeza y mi temperatura iban en aumento, hice la fila y esperé paciente para colocar la libreta sobre el escritorio sin mirar a nadie a mi alrededor.

Cuando volví a mi asiento tomé mi cabeza entre mis manos a la vez que me recostaba sobre el pupitre y me quejaba del dolor que ya a este punto eran insoportables; algunas imágenes extrañas y nada familiares llegaban a mi mente como si estuviera viendo una película y me estaba empezando a sentir mareada.

—¿Estás bien? —me preguntó Josh que venía llegando a su puesto cuando me vió quitarme la chaqueta y sudar frío.

Asentí como pude y me levanté, caminando con dificultad hacia el frente, tenía que decirle a Samuel que me sentía muy mal y salir de aquí, Josh me siguió de cerca y Luke me veía fijamente, pero solo seguí hacia la salida sintiendo el camino que normalmente era corto como una eternidad.

—Señor Andrew… —susurré, sabía que no me había escuchado ya que aún estaba lejos—. Samuel…

Él estaba volteado copiando algo en la pizarra, creo que lo ví voltearse pero perdí fuerzas, mis piernas fallaron y todo se volvió oscuro.

Estaba en un campo enorme, estaba cubierto de flores que parecían moverse con el viento como si tuvieran vida propia. El sol caía sobre todo con una luz cálida, casi dorada, que hacía que el lugar se sintiera irreal.

Una niña salió corriendo desde una casa grande al fondo, tenía unos seis o siete años, el cabello rojo, rizado y rebelde, y un vestido blanco con puntitos rosados que se movía con cada salto que daba, lucía feliz y era… ¿era yo?

La pequeña corrió hasta un columpio que colgaba de un árbol enorme. Se impulsó con los pies, moviéndose hacia adelante y hacia atrás, tarareando algo suave.

De pronto dejó de moverse, se quedó quieta con el cuerpo rígido y miraba hacia el bosque que rodeaba el campo, como si algo allí hubiera captado su atención. Yo no lograba ver nada desde aquí pero ella parecía sentirlo.

Y entonces un hombre salió de entre los árboles.

Era un hombre de unos treinta años más o menos con cabello oscuro, ojos azules intensos, mandíbula marcada y piel ligeramente morena, usaba chaqueta negra, jeans y zapatos deportivos. Era guapo, pero había algo en él, quizá era la tensión en sus hombros o la inquietud en su mirada y… algo en él me era familiar pero no sabía de dónde.

Caminaba con la vista en el suelo, hasta que levantó la cabeza y vio a la niña.

Se detuvo abruptamente y parecía nervioso.

—Ho-hola… —dijo, con una voz grave, profunda, marcada por un acento italiano. La niña se tensó y sus manos se aferraron a las cuerdas del columpio, el hombre lo notó enseguida.

—No te asustes —dijo, levantando las manos en señal de paz—. Lo siento. No te haré daño, lo juro.

La niña se bajó del columpio e inclinó la cabeza hacia un lado, frunció los labios y lo observó con cautela, como si estuviera evaluándolo.

—¿Qué hace por aquí? —preguntó con su voz dulce—. No debería estar aquí.

—Solo caminaba —respondió él, acercándose un poco—. Quería despejar mi mente.

Había un brillo extraño en sus ojos al mirarla, parecía feliz.

—Pues será mejor que se vaya —dijo sin mirarlo mientras se sentaba en el suelo y empezaba a jugar con las flores—. Si no, le harán daño.

—¿Por qué lo dices? —se sentó frente a ella, imitando su postura.

—Este es territorio de los lobos —explicó la niña, como si fuera lo más normal del mundo—. Y usted es un brujo. Una de las reglas es no invadir el terreno del otro para mantener la “paz” —hizo comillas con sus dedos— Si uno de ellos lo ve, le harán daño por entrar sin permiso.

El hombre la observó con más atención mientras ella seguía distraída, arrancando pétalos y dejándolos caer sobre la hierba.

—Sabes mucho para ser tan pequeña —dijo él—. Y… ¿cómo supiste que era un brujo?

—No escondió muy bien el medallón —respondió—. Y su poder se siente. Además… huele como los brujos.

—Vaya… eres observadora, debo esconder mejor mi medallón —dijo divertido—. ¿Cómo te llamas?

Ella lo miró ahora, frunció los labios… y volvió a jugar sin responder, el hombre soltó una mueca y una sonrisa leve.

—¿No me vas a responder? —la niña negó con la cabeza—.¿Por qué?

—Mamá dice que no debo hablar con extraños.

—Pero llevas rato hablando conmigo.

—Sí, y el hecho de que seas un brujo y desconocido lo hace más riesgoso. ¿Por qué crees que me arriesgaría a decirte mi nombre?

El hombre soltó una risa suave, orgullosa.




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