Cuando llegamos la casa estaba completamente sola, Nath no había llegado aún de la universidad y mis padres estaban trabajando.
Samuel apagó el motor.
—Bueno señorita, hasta aquí llegó el paseo. Si necesitas algo, puedes decirme.
—Si, y… ¿quieres pasar a tomar algo? Para agradecerte.
—Claro —dijo luego de pensarlo por unos segundos, luego sonrió—. No me vendría mal un café.
—Puedes sentarte donde quieras —le dije cuando entramos, dejando mi mochila en el sofá.
Samuel se acomodó en una silla del comedor, observando la casa con curiosidad.
—Es acogedora —comentó.
La verdad no quería café, así que serví dos vasos de jugo y le ofrecí uno.
—Gracias.
Nos sentamos frente a frente.
—Y dígame, qué hizo que se convirtiera en profesor de idiomas— hablé sacando el tema de repente. Sacar el tema sin contexto alguno hacía que si me respondiera, no le daba tiempo de pensar. Claro está que no me funcionaba mucho, pero así fue como le saqué alguna que otra información de su vida.
Él rió por lo bajo y contestó.
—No lo sé, yo…estaba de un lado a otro, distintos países, muchos idiomas y culturas, terminé aprendiendo muchas cosas y…no sé, me gusta enseñar, lo hago desde muy joven y se me da bien.
—mmmm —analicé lo que me decía, dejé mi vaso en la mesa y apoyé los codos en la mesa—. Entonces has viajado mucho.
Sus ojos se iluminaron un poco.
—Sí… antes de llegar aquí viví en varios países. Nací en Italia… pero también viví en Francia, Rusia, Suecia, España…
—¿Y por qué tantos lugares? —pregunté, genuinamente curiosa.
—Supongo que buscaba algo —respondió, mirando su vaso—. O… huía de algo, nunca lo he decidido del todo.
—¿Y cómo hiciste para aprender tantos idiomas? —pregunté.
—Los hice por necesidad —dijo riendo—. Cuando te mudas tanto, o aprendes… o te mueres de hambre.
—¿Y cuál te gusta más?
—El italiano —respondió sin dudar—, es mi lengua materna, es lo poco que me queda de mi hogar.
Lo miré con atención, la manera en que decía esa palabra, hogar, era nostálgica.
—¿Extrañas Italia? —pregunté con suavidad, Samuel bajó la mirada.
—A veces —respondió—. Pero aquí… Aquí estoy bien.
Vaya, creo que estar moribunda ayudaba, nunca me habría enterado de esto por más que le preguntara por su familia…
Él tenía razón…
Era una chismosa.
—¿Y tú? — preguntó, yo solo reí.
—Yo tengo salud, jamás he salido de este pueblo, pero quiero hacerlo.
—¿A dónde te gustaría ir?
Lo pensé un momento.
—Siendo sincera, y no lo digo por usted, siento una extraña necesidad de conocer Italia, hasta he soñado con estar ahí.
—Es un hermoso país, o por lo menos donde vivía lo era —la verdad jamas le habia visto ese brillo en los ojos, realmente recordar su país lo llenaba de alegría.
—¿Y donde vivía? — pregunté rápido, Samuel solo sonrió y esa ya era mi señal de que se me habían acabado las respuestas.
— Ya, suficiente de mi. Noté cierta tensión entre tu y el joven Harrison.
Sacó como quien no quiere la cosa y yo solo rodé los ojos. Él alzó ligeramente las cejas y lamió sus labios.
— Parece que no me equivoqué, ¿qué ocurrió? ¿No eran amigos?
— Miren a quien se le ha despertado la curiosidad —respondí, tomé nuestros vasos y nos serví más jugo.
—Miren quien es la que evita las preguntas —señaló.
—Mi vida es para nada interesante comparada con la suya…
Él negó sonriendo.
Quise preguntarle más sobre su vida, pero en ese momento la puerta principal se abrió de golpe anunciando la llegada de Nathalie.
Se quedó congelada al ver a Samuel sentado en nuestra mesa, con un vaso en la mano, como si fuera parte de la casa.
—¿Qué…? —fue lo único que dijo al principio—. ¿Qué haces aquí?
—Nath, tranquila, hoy me desmayé en el instituto y él me trajo —hablé con calma—. Le ofrecí algo de tomar para agradecerle.
Fijó su mirada en mí y su impresión aumentó.
—¿Qué tu, qué?— se acercó a mi posición y comenzó a revisarme— ¿Cómo te desmayaste? ¿por qué? ¿te sentiste mal hoy?
Comenzó a preguntarme y yo respondí a todas sus dudas, luego de que su momentánea preocupación pasara, fue reemplazada por molestia.
Uy.
—¿Y por qué no nos llamaste? —su pregunta tenía más un tono acusatorio.
—Ah… eh…
—No quería preocuparlos, y me ofrecí a traerla —aclaró Samuel que aún seguía sentado en su sitio.
Nath apenas lo escuchó todo su cuerpo se tensó y su mirada pasó a una rabia visceral.
Ay.
—Señor Andrew, si no le molesta, estoy hablando con mi hermana.
Ambos nos sorprendimos ante el tono de ella.
—Claro que sí señorita Adams, pero…
Intentó excusarse pero mi hermana lo interrumpió alzando una mano para callarlo.
—Pero nada, tenían que avisarnos, ya me resulta preocupante que cada que le pasa algo a mi hermana usted esté involucrado.
Samuel frunció el ceño y creo que yo ya no podía alzar más las cejas de la impresión.
—Oye Nath…
— ¿Qué insinúa, señorita Adams? Jamás haría algo para dañar a su hermana, simplemente me preocupé…
—Pues se preocupa demasiado —se alejó de mí y se acercó como una fiera a él.
—Nath —le hablé pero estaba hecha una furia y Samuel estaba entre ofendido y confundido.
Y yo solo estaba confundida, demasiado.
—No, le agradezco su preocupación, pero es bastante extraño que el profesor de mi hermana menor la trajera en su auto a su casa después de que se desmayara y no haya notificado a sus padres o a su hermana. ¿Tiene alguna razón aparente por la cual no nos haya avisado? ¿O es que le gusta estar a solas con mi hermana?
—¡Nathalie cálmate, por Dios, cómo puedes acusarlo de algo así!
Prácticamente le grité, Samuel solo estaba sorprendido y francamente yo también, no entendía el arrebato de ella, entendía su posición pero no era para tanto…
—Lamento haberle dado esa impresión Nathalie, solo es mera preocupación, disculpe si la incomodé. Yo… ya debería irme —su expresión volvió a ser seria, de las que no expresaba emoción alguna, fijó sus ojos en mí y se despidió de forma silenciosa.
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Editado: 28.09.2026