Cuando amas algo, debes amarlo con verdadera adoración; de lo contrario, jamás se sentirá amado. Así lo creían los selkyr. Para ellos, la naturaleza no era un recurso ni una herramienta, sino un ser vivo que respiraba, sentía y recordaba. Por eso le rendían respeto absoluto. Porque cuando la naturaleza muere, todo lo demás muere con ella.
Ashport despertaba lentamente bajo la luz dorada de su sol. Las naves del lugar emergían de pequeñas calles naturales, ocultas entre raíces gigantes y estructuras orgánicas que parecían crecer de la tierra misma. No había ruido agresivo ni humo en el aire; solo el murmullo del viento entre las hojas y el suave zumbido de la tecnología viva que alimentaba la ciudad.
A simple vista, el ambiente era de paz.
Pero bajo esa calma habitaba la desconfianza.
Los selkyr lo sabían. La paz no significaba olvido.
La ciudad funcionaba como un solo organismo. Cada selkyr tenía un papel, y aunque muchos no lo habían elegido, lo cumplían por el bien común. La unión no siempre nacía del deseo, a veces nacía de la necesidad.
El mercado era el corazón de Ashport. Allí, entre puestos construidos con madera viva y tejidos minerales, se reunían sobre todo las mujeres selkyr. No porque fueran más débiles esa era una idea humana, sino porque eran las que mejor entendían el intercambio, el equilibrio y la palabra justa. Ellas administraban los alimentos, las semillas, los tejidos y los objetos creados con tecnología solar.
Las monedas del lugar brillaban con un leve resplandor cálido, cargadas de energía limpia. No representaban poder, sino trabajo compartido.
Desde los caminos que bordeaban la ciudad llegaban los pescadores, con redes hechas de fibras orgánicas, trayendo criaturas del agua sin haber alterado el ciclo natural. Los cazadores regresaban del bosque con presas elegidas con cuidado, nunca más de lo necesario. Entregaban los alimentos a los puestos y recibían las monedas con un gesto breve, casi solemne. Nadie alzaba la voz. Nadie discutía. Todo estaba medido por una regla invisible: el respeto.
Los más jóvenes ayudaban donde podían, aprendiendo en silencio. Los ancianos observaban desde las sombras de los árboles altos, atentos a cualquier señal de desequilibrio. Porque los selkyr no olvidaban lo ocurrido veintidós años atrás.
La traición aún respiraba entre ellos.
Aunque trabajaban juntos, no todos confiaban plenamente. Cada nave que se elevaba, cada sombra en el cielo, era observada con atención. La paz existía, sí, pero estaba sostenida por vigilancia constante.
—Buenos días —saludó la joven mientras caminaba entre los puestos del mercado de Valath, con una sonrisa ligera y curiosa.
—Buenos días, Vae’shi —respondieron varias voces casi al unísono, inclinando la cabeza con respeto.
Ella devolvía cada saludo con naturalidad, como si el título no pesara sobre sus hombros. Se detuvo frente a un puesto de frutos solares, observando con atención.
—Tu padre te va a regañar si te ve aquí, Haelyn —se atrevió a decir una de las vendedoras, mirándola con una mezcla de cariño y preocupación—. Sabes que no le gusta que te alejes sola.
—Lo sé… —respondió Haelyn encogiéndose de hombros—, pero hay que vivir la vida explorando, no solo obedeciendo.
La joven rió suavemente y, de pronto, echó a correr entre los puestos cuando dos figuras surgieron de un pequeño callejón lateral.
—Aquí estás —dijo una voz firme pero conocida—. Papá está hecho un tormento. Sabes que odia que salgas sola, y más si te acercas al bosque.
Haelyn se giró, aún sonriendo. Frente a ella estaba Kieran, alto, serio, con la presencia inevitable del heredero. A su lado, Edric, más bajo y atento, observaba todo con curiosidad.
—No estaba en el bosque hoy —respondió Haelyn con rapidez—. Solo paseaba.
Kieran suspiró, cruzándose de brazos.
—Eres la Vae’shi de Valath, Haelyn. No puedes “solo pasear” como si nada.
—Y tú eres el heredero, no mi guardián —replicó ella, sin dureza, pero con firmeza.
Edric dejó escapar una pequeña risa antes de contenerse.
—Si papa se entera de esto… —murmuró.
—No digas su nombre así —lo corrigió Kieran—. Aquí no es solo nuestro padre, es el Sho’kar de Valath.
Haelyn bajó un poco la voz, aunque su expresión no perdió determinación.
—Rhykan no gobierna todo Ashport —dijo—. Solo Valath. Hay otros cuatro Sho’kar en las otras ciudades, y ninguno encierra a su Vae’shi entre muros.
Kieran la miró en silencio. Sabía que tenía razón… y eso lo frustraba.
A lo lejos, una figura femenina observaba la escena desde la sombra de un árbol vivo. Sa’rai, la líder madre, no intervino. Conocía demasiado bien a sus hijos. Sabía que Haelyn no solo era princesa: era guerrera, rápida, decidida, nacida para moverse entre la naturaleza sin miedo.
—Solo prométeme algo —dijo Kieran al fin—. Si vas a explorar, no lo hagas sola.
Haelyn sonrió, esta vez con una seriedad que sorprendió a ambos.
—No nací para ser frágil —respondió—. Y Ashport lo sabe.
Los hermanos estaban a punto de continuar su conversación cuando una voz masculina, firme y autoritaria, se elevó por encima del murmullo del mercado. No necesitó gritar. Bastó con hablar.
—Haelyn, más te vale no haber ido a la zona donde se encontró la base de los humanos —dijo—. Tu madre se enojaría bastante.
La joven se detuvo en seco. Su espalda se tensó antes siquiera de girarse. Kieran y Edric reconocieron ese gesto: el instante exacto en el que Haelyn dejaba de ser solo su hermana menor… y recordaba quién era.
—Papá… —comenzó, con la voz más fría de lo habitual— no basta con que ella se aleje de mí cada día. Simplemente no importa lo que haga, nunca es suficiente. Mi vida no le importa como dices que debería.
Rhykan, Sho’kar de Valath, la observó en silencio. Su figura imponía respeto incluso sin los símbolos de liderazgo: alto, de mirada dura, marcado por años de decisiones difíciles. Había liderado en paz y en tensión, y había sobrevivido a la guerra que dividió especies.
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Editado: 02.02.2026