Cuando el polvo se asentó tras la batalla final, entre el triunfo y la recién nacida sensación de unidad, un momento de quietud descendió sobre el bosque. En las secuelas del conflicto, el líder vampiro se encontró solo, con los pensamientos consumidos por los recuerdos de un amor perdido hace mucho tiempo.
Con el corazón apesadumbrado, se retiró a la soledad de su cámara, el peso de sus responsabilidades cayendo sobre él como un manto asfixiante. Pero en medio de la oscuridad que amenazaba con engullirlo, permanecía un destello de luz: el recuerdo de aquella a quien había amado y perdido, una llama que se negaba a extinguirse.
Mientras contemplaba la noche, su mente vagó hacia un tiempo anterior, antes de que la oscuridad lo consumiera, un tiempo en el que el amor había florecido como una flor rara en el paisaje árido de su existencia.
Recordó su risa, como el tintinear de campanas en una brisa veraniega, y su sonrisa, como el calor del sol en un frío día de invierno. Recordó el brillo travieso y alegre de sus ojos, y la forma en que su tacto incendiaba su alma con pasión y anhelo.
Pero, por encima de todo, recordó el amor que habían compartido: un amor que había trascendido las fronteras de sus respectivos mundos, uniéndolos en un vínculo que parecía irrompible.
Y sin embargo, el destino había intervenido, separándolos y arrojándolos a la deriva en un mar de soledad y desesperación. Pero incluso con el paso de los años, el líder vampiro nunca la había olvidado, ni había dejado de anhelar el día en que se reencontrarían una vez más.
Con un suspiro, cerró los ojos, permitiéndose ser consumido por los recuerdos de un amor que una vez ardió tan brillante como las propias estrellas. Y mientras se entregaba al abrazo del sueño, susurró una plegaria silenciosa a los cielos, esperando contra toda esperanza que…