El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 2

UN MONSTRUO DEL PANTANO EN EL SANTUARIO

FRANCO

El cristal templado del piso veinticinco vibraba casi imperceptiblemente bajo el azote de la tormenta. Desde aquella altura, Boston parecía una maqueta de concreto ahogada en un pozo gris, pero a Franco D'Santoro las inclemencias del clima humano le importaban tanto como el parpadeo de una bombilla.

Mantenía las manos apoyadas en la espalda, los hombros perfectamente cuadrados bajo el saco de lana italiana, observando los relámpagos que fracturaban el cielo. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos y calculadores, reflejaban una fijeza peligrosa. Sus sentidos, sin embargo, no estaban en el paisaje. Su lóbulo olfativo captaba el rastro denso del ozono, la humedad filtrándose por los conductos de ventilación y lo más nítido de todo, la ráfaga de testosterona agria y furia contenida que emanaba de los dos hombres de pie a su espalda.

Frederic y Alarico, sus deltas principales, guardaban un silencio tenso. Eran guerreros de élite, lobos que habían cazado y sangrado bajo su mando tanto en los bosques del norte como en los juzgados corporativos, pero en ese momento parecían dos depredadores humillados a los que les hubieran arrancado los colmillos en público, toda ese tensión se podía cortar perfectamente con un cuchillo.

  • ¿Tienen algo que decir? - La voz de Franco cortó el aire como un bisturí.

Marcus tragó saliva, el sonido no escapó al fino oído del alfa.

  • Es una humana, Alpha —gruñó Bastian, mi primer delta cruzando sus enormes brazos sobre el pecho - Una simple humana de escritorio. Deberíamos haberla dejado en la calle. Interrumpió una negociación millonaria frente a los socios internacionales.
  • Señor... la humana carece de modales y de rango - respondió Marcus, apretando la mandíbula - Deberían haber dejado que la seguridad de AHG la rompiera contra el pavimento. Nos hizo parecer unos incompetentes frente a todos.
  • No los hizo parecer incompetentes, Marcus - corrigió Franco, girando despacio sobre sus talones. Su presencia física pareció encoger las dimensiones de la colosal oficina - Los expuso a todos que es muy diferente.

Franco caminó hacia su escritorio y se apoyó contra el borde, cruzando los brazos. Había estado a punto de firmar un acuerdo que consideraba aceptable, pero aburrido y entonces, la analista de tercera categoría, una humana menuda con ojos castaños demasiado grandes y una boca absurdamente letal, se había puesto de pie y había echado poe la borda aquella millonaria negociación llamándole, "Suicidio financiero... Soberana estúpidez corporativa". Había desafiado la propuesta, los números de su firma y por extensión, el criterio del mismísimo imperio D'Santoro.

Y lo peor de todo aquel espectáculo de ineficiencia de su corporación hacía que una chispa de diversión salvaje bailara en el fondo de sus ojos oscuros, la humana tenía toda la maldita razón. Sus analistas no habían visto la trampa fiscal de la página 84. Ella sí.

  • El cronómetro está corriendo - comentó Marcus , su beta mirando su reloj táctico - Le dio diez minutos. Quedan dos. Dudo que la humana de escritorio tenga el valor de cruzar esa puerta. Debe estar empacando sus cosas para huir de la ciudad.

Franco soltó un bufido bajo, casi un gruñido de advertencia que hizo que el beta rectificara la postura.

  • Ella vendrá - sentenció el alfa. Su instinto, el animal que rugía bajo su piel, sabía que una hembra con esa cantidad de osadía no sabía cómo retroceder - Y cuando lo haga, quiero ver si sostiene sus palabras de la misma forma en que sostiene la mirada.
  • Esa "humana de escritorio" vio lo que tú y todo el equipo legal pasaron por alto, Marcus. Ponce casi nos estafa - ntervino Ethan, mi gamma, tecleando rápidamente en su tableta mientras mantenía una postura más sumisa, pero analítica - El contrato tenía una cláusula de rescisión oculta en un vacío legal. Si firmábamos, D'Santoro Enterprises habría perdido el control de las acciones en el norte. Nos habría costado billones. Y nadie lo notó solo ella... Su intuición fue brillante, Alpha.
  • ¿Y tuvo que gritarlo a los cuatro vientos frente a todos? - replicó Bastian, mostrando los colmillos por un breve segundo - Fue una falta de respeto. Humilló a nuestra firma.
  • No - lo corregí nuevamente y gire mo cabeza para mirarlo, sus ojos captaron el destello de advertencia que hizo que Bastian bajara la cabeza al instante - No nos humilló. Nos salvó de cometer una estupidez corporativa. Quiero saber quién es Hannah SanMiguel y por qué tiene más agallas que todo mi maldito consejo de administración junto.

El ascensor privado del piso presidencial emitió un pitido. El tiempo se había agotado. Los diez minutos exactos.




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