UN MONSTRUO DEL PANTANO EN EL SANTUARIO
FRANCO
El cristal templado del piso veinticinco vibraba casi imperceptiblemente bajo el azote de la tormenta. Desde aquella altura, Boston parecía una maqueta de concreto ahogada en un pozo gris, pero a Franco D'Santoro las inclemencias del clima humano le importaban tanto como el parpadeo de una bombilla.
Mantenía las manos apoyadas en la espalda, los hombros perfectamente cuadrados bajo el saco de lana italiana, observando los relámpagos que fracturaban el cielo. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos y calculadores, reflejaban una fijeza peligrosa. Sus sentidos, sin embargo, no estaban en el paisaje. Su lóbulo olfativo captaba el rastro denso del ozono, la humedad filtrándose por los conductos de ventilación y lo más nítido de todo, la ráfaga de testosterona agria y furia contenida que emanaba de los dos hombres de pie a su espalda.
Frederic y Alarico, sus deltas principales, guardaban un silencio tenso. Eran guerreros de élite, lobos que habían cazado y sangrado bajo su mando tanto en los bosques del norte como en los juzgados corporativos, pero en ese momento parecían dos depredadores humillados a los que les hubieran arrancado los colmillos en público, toda ese tensión se podía cortar perfectamente con un cuchillo.
Marcus tragó saliva, el sonido no escapó al fino oído del alfa.
Franco caminó hacia su escritorio y se apoyó contra el borde, cruzando los brazos. Había estado a punto de firmar un acuerdo que consideraba aceptable, pero aburrido y entonces, la analista de tercera categoría, una humana menuda con ojos castaños demasiado grandes y una boca absurdamente letal, se había puesto de pie y había echado poe la borda aquella millonaria negociación llamándole, "Suicidio financiero... Soberana estúpidez corporativa". Había desafiado la propuesta, los números de su firma y por extensión, el criterio del mismísimo imperio D'Santoro.
Y lo peor de todo aquel espectáculo de ineficiencia de su corporación hacía que una chispa de diversión salvaje bailara en el fondo de sus ojos oscuros, la humana tenía toda la maldita razón. Sus analistas no habían visto la trampa fiscal de la página 84. Ella sí.
Franco soltó un bufido bajo, casi un gruñido de advertencia que hizo que el beta rectificara la postura.
El ascensor privado del piso presidencial emitió un pitido. El tiempo se había agotado. Los diez minutos exactos.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 18.07.2026