EL TERRITORIO DEL LOBO
HANNAH
La puerta de nogal oscuro se abrió y la modelo perfecta me hizo una seña con la cabeza para que entrara. Su mirada decía claramente "Buena suerte, la vas a necesitar" .
Crucé el umbral arrastrando los pies y lo primero que noté fue que el piso veinticinco no tenía calefacción central, tenía una temperatura regulada para depredadores árticos. El suelo estaba cubierto por una alfombra de felpa tan densa que mis botas empapadas dejaron de hacer ruido. La oficina era gigantesca, pero no estaba sola con el gran jefe.
A la izquierda, sentado frente a una tableta, había un hombre joven de facciones amables y cabello claro. Era Ethan, el gamma del equipo. A la derecha, de pie junto a un escritorio lateral Marcus, el beta robusto de mirada afilada y brazos cruzados, me analizó como si fuera un paquete sospecho. Sin embargo, ninguno de los dos importaba tanto como la figura imponente que estaba frente a los ventanales de piso a techo, de espaldas a mí.
Franco D'Santoro.
No llevaba el saco del traje, solo una camisa negra a medida con las mangas sutilmente arremangadas hasta los antebrazos. Incluso de espaldas, su presencia física era ridícula. El ambiente olía a tormenta, a cuero caro y a algo más... un aroma puramente animal que me erizó los vellos de los brazos. Apreté mi caja de cartón moribunda contra el pecho, decidida a no mostrar el temblor de mis piernas.
Franco se volteó pero no me habló.
En su lugar, fijó sus ojos en mí y comenzó a escanearme de una manera milimétrica y descarada. Esos tres pares de ojos masculinos, acostumbrados a valorar activos y desechar pasivos, me recorrieron de arriba abajo como si fuera un espécimen de laboratorio o un error de cálculo que se había colado en su santuario de millones de dólares. Ethan detuvo sus dedos sobre la pantalla, Brandon endureció la postura y el mismísimo Franco retuvo el aire un segundo antes de dejar que una fría sonrisa ladina curvara la comisura de sus labios.
Sostuve la respiración. Estaba bajo el microscopio del depredador y su comitiva de ken.
FRANCO
El olor a lluvia, tierra húmeda y seda mojada inundó mi oficina antes de que ella siquiera diera el primer paso. Mi lobo se tensó de inmediato, irguiéndose en mi interior, alerta y extrañamente receptivo.
Cuando me exigió que me diera la vuelta, lo hice despacio, saboreando el silencio. No le respondí de inmediato, preferí estudiarla. Ethan, mi gamma desvió la vista hacia ella con curiosidad científica. Brandon, mi beta, la midió con la frialdad con la que se analiza una brecha de seguridad. Juntos, nos tomamos el tiempo de desarmarla solo con la mirada. Tres pares de ojos acostumbrados a tasar el valor de todo lo que pisaba este edificio la escaneamos sin el más mínimo rastro de cortesía corporativa. Era un error de cálculo viviente en mi santuario de millones de dólares.
Parecía un duendecillo empapado y furioso. El cabello castaño se le pegaba a las mejillas, su traje de sastre estaba arruinado y sostenía una caja de cartón que se deshacía visiblemente entre sus brazos. Debería haberme parecido patética. Sin embargo, sus ojos avellana me sostuvieron la mirada sin pestañear. No había sumisión en ella. No se encogió ante el escrutinio de mi beta o de mi gamma. Su pulso estaba acelerado, mi oído lobuno podía escuchar el eco desbocado de su corazón.pero su mente se negaba a rendirse.
Hannah ni siquiera parpadeó ante la advertencia del beta. Mantuvo sus ojos fijos en los míos, desafiándome a dar el siguiente paso. Podía oler el terror que le provocaba mi cercanía, estaba convencida de que este era el final, de que yo usaría todo mi poder corporativo para aplastarla y acabar con su carrera en la Costa Este de manera definitiva. Para ella, esto era una ejecución formal.
Cristhian asintió de inmediato, tecleando rápidamente en su tableta para proyectar el contrato de AHG Asociados en la pared inteligente de la oficina.
#2308 en Novela romántica
#421 en Fantasía
#259 en Personajes sobrenaturales
jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 18.07.2026