PUENTE SIN ADUANAS
HANNAH
Esa mirada analítica encendió una chispa de pura indignación en mi pecho, el frío del saco mojado desapareció de golpe reemplazado por una oleada de calor furioso que me subió directo a la cabeza. ¿Quiénes se creían que eran? ¿Un comité de etiqueta para indigentes corporativos? ¿Los jueces de una pasarela de desgracias?
Apreté los puños alrededor de mi caja moribunda, di tres zancadas firmes hacia el imponente escritorio, ignorando olímpicamente las marcas de agua que mis zapatos dejaban en la alfombra de miles de dólares y clavé mis ojos directamente en las pupilas oscuras de Franco D'Santoro. Mi tono no tuvo un ápice de amabilidad, sumisión o cortesía profesional. Estaba empapada, desempleada y al borde del colapso, lo que significaba que ya no tenía absolutamente nada que perder.
El silencio que siguió a mi declaración fue denso, casi sólido.
A mi izquierda, Ethan, el chico rubio de cabello ondulado, soltó una especie de ahogo que pretendía ser una risa, tapándose la boca de inmediato con la tableta. A la derecha, Marcus, el hombre alto de cabello negro, enarcó una ceja y dio un paso al frente con la mandíbula tensa, visiblemente sorprendido y ofendido por mi osadía. Su postura corporal gritaba que estaba a una sola orden de su jefe de sacarme volando por el ventanal.
Franco por su parte, no parpadeó. Ni una sola vez.
Caminó con una lentitud deliberada, rompiendo su posición junto al ventanal y se sentó en su imponente silla ejecutiva. Se tomó su tiempo para apoyar los codos sobre la superficie pulida del escritorio, entrelazó los dedos de las manos justo debajo de su barbilla y me sostuvo la mirada con una calma gélida, pesada y depredadora que resultaba francamente intimidante. Podía sentir una vibración extraña en el aire, una tensión que no era solo ejecutiva era casi... animal. Una sonrisa casi imperceptible, peligrosa, afilada y cargada de una oscura diversión, asomó en la comisura de sus labios bien perfilados.
Mi puente cerebro-boca captó la advertencia, la procesó en microsegundos y decidió ignorarla por completo con un entusiasmo suicida. El sarcasmo fluyó por mis venas como gasolina lista para estallar. Di un paso adelante y coloque la caja o mejor dicho la casi bola de cartón sobre el costoso escritorio sin importarme si se arruinaba o no y di un paso hacia atrás y con un gesto exageradamente teatral movi los dedos en el aire, fingiendo estar presenciando una revelación divina en mitad de la oficina.
Bajé la mano de golpe, di un paso hacia el escritorio otra vez, recortando la distancia hasta que solo la mesa de nogal nos separaba y lo miré con una insolencia que habría hecho que mi antiguo jefe se desmayara del susto.
Tome aquella amalgama de cartón dispuesta a dar media vuelta sobre mis talones mojados y caminar hacia la salida con toda la dignidad que una blusa de seda pegada al cuerpo me permitía pero justo en ese segundo de victoria dramática, el universo decidió recordarme quién mandaba. La base de cartón de mi caja, completamente podrida por el agua de Boston, cedió por completo.
El fondo se abrió.
Mi taza de cerámica negra rodó por la alfombra, mi pesada engrapadora cayó con un golpe sordo, los clips salieron disparados en un efecto dominó plateado y mis tres años de carpetas archivadoras se desparramaron en un abanico húmedo.
Me quedé congelada en el sitio, sosteniendo únicamente un marco de cartón vacío y ridículo entre las manos. Desastre estructural perfecto. Otra vez.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 02.08.2026