El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 5

PUENTE SIN ADUANAS

HANNAH

Esa mirada analítica encendió una chispa de pura indignación en mi pecho, el frío del saco mojado desapareció de golpe reemplazado por una oleada de calor furioso que me subió directo a la cabeza. ¿Quiénes se creían que eran? ¿Un comité de etiqueta para indigentes corporativos? ¿Los jueces de una pasarela de desgracias?

Apreté los puños alrededor de mi caja moribunda, di tres zancadas firmes hacia el imponente escritorio, ignorando olímpicamente las marcas de agua que mis zapatos dejaban en la alfombra de miles de dólares y clavé mis ojos directamente en las pupilas oscuras de Franco D'Santoro. Mi tono no tuvo un ápice de amabilidad, sumisión o cortesía profesional. Estaba empapada, desempleada y al borde del colapso, lo que significaba que ya no tenía absolutamente nada que perder.

  • Mire, señor D'Santoro, vamos a ahorrarnos el drama y las posturas de villano de película - solté, con la voz firme y cortante a pesar de la adrenalina que me rugía en los oídos - Dígame exactamente para qué me hizo venir aquí porque lo que me pide estoy mas que segura que usted mismo puede hacerlo o me voy a dar la vuelta por esa misma puerta ahora mismo. Es completamente cierto que a partir de hoy tengo muchísimo tiempo libre, pero planeo dedicarlo a perderlo exactamente como se me dé la regalada gana, no a ser el entretenimiento de la tarde de ustedes tres.

El silencio que siguió a mi declaración fue denso, casi sólido.

A mi izquierda, Ethan, el chico rubio de cabello ondulado, soltó una especie de ahogo que pretendía ser una risa, tapándose la boca de inmediato con la tableta. A la derecha, Marcus, el hombre alto de cabello negro, enarcó una ceja y dio un paso al frente con la mandíbula tensa, visiblemente sorprendido y ofendido por mi osadía. Su postura corporal gritaba que estaba a una sola orden de su jefe de sacarme volando por el ventanal.

Franco por su parte, no parpadeó. Ni una sola vez.

Caminó con una lentitud deliberada, rompiendo su posición junto al ventanal y se sentó en su imponente silla ejecutiva. Se tomó su tiempo para apoyar los codos sobre la superficie pulida del escritorio, entrelazó los dedos de las manos justo debajo de su barbilla y me sostuvo la mirada con una calma gélida, pesada y depredadora que resultaba francamente intimidante. Podía sentir una vibración extraña en el aire, una tensión que no era solo ejecutiva era casi... animal. Una sonrisa casi imperceptible, peligrosa, afilada y cargada de una oscura diversión, asomó en la comisura de sus labios bien perfilados.

  • Tiene agallas, señorita SanMiguel - sentenció al fin. Su voz pausada arrastró cada sílaba, llenando la habitación con esa autoridad que me había erizado la piel por teléfono - Pero esa lengua suya la va a meter en problemas muy serios si no aprende a controlarla. Está pisando un terreno donde las consecuencias no se miden en cartas de despido.

Mi puente cerebro-boca captó la advertencia, la procesó en microsegundos y decidió ignorarla por completo con un entusiasmo suicida. El sarcasmo fluyó por mis venas como gasolina lista para estallar. Di un paso adelante y coloque la caja o mejor dicho la casi bola de cartón sobre el costoso escritorio sin importarme si se arruinaba o no y di un paso hacia atrás y con un gesto exageradamente teatral movi los dedos en el aire, fingiendo estar presenciando una revelación divina en mitad de la oficina.

  • ¡Vaya! Muchísimas gracias por iluminarme la mente, de verdad - dije, arrastrando las palabras con una ironía tan mordaz que habría podido cortar el cristal de las ventanas - Qué alivio. Qué epifanía. Hasta este preciso momento, estaba legítimamente convencida de que mi despido de hace horas había sido causado por un exceso de diplomacia y tacto de mi parte. Menos mal que vino usted en su traje a medida a aclarármelo. No sé qué habría hecho con mi ignorancia.

Bajé la mano de golpe, di un paso hacia el escritorio otra vez, recortando la distancia hasta que solo la mesa de nogal nos separaba y lo miré con una insolencia que habría hecho que mi antiguo jefe se desmayara del susto.

  • Pero déjeme decirle algo, señor D'Santoro: - y clave mi mirada en la suya - Si lo que pretende al traerme aquí bajo amenaza de buscarme en un callejón es ocupar el puesto de mi consejero espiritual, tutor de modales y guía personal sobre cómo no autodestruir mi propia vida, lamento informarle que ese puesto ya está ocupado por mi madre. Y créame, ella mide un metro cincuenta y es muchísimo más aterradora que usted y sus dos guardaespaldas juntos. Así que búsquese otro proyecto de caridad para entretener su tarde de multimillonario, porque yo me largo.

Tome aquella amalgama de cartón dispuesta a dar media vuelta sobre mis talones mojados y caminar hacia la salida con toda la dignidad que una blusa de seda pegada al cuerpo me permitía pero justo en ese segundo de victoria dramática, el universo decidió recordarme quién mandaba. La base de cartón de mi caja, completamente podrida por el agua de Boston, cedió por completo.

El fondo se abrió.

Mi taza de cerámica negra rodó por la alfombra, mi pesada engrapadora cayó con un golpe sordo, los clips salieron disparados en un efecto dominó plateado y mis tres años de carpetas archivadoras se desparramaron en un abanico húmedo.

Me quedé congelada en el sitio, sosteniendo únicamente un marco de cartón vacío y ridículo entre las manos. Desastre estructural perfecto. Otra vez.




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