RED DE INTELIGENCIA VECINAL
HANNAH
No había podido reaccionar ante la escena, entre la taza rodando por la alfombra de felpa y las hojas de mi balance financiero esparcidas como confeti húmedo frente a los tres hombres más temido de la Costa Este, mi cerebro se declaró como nunca en huelga general. Pero como las desgracias no vienen juntas, sino en pelotones de ejecución, el teléfono en mi bolsillo volvió a vibrar. No era una vibración cualquiera era una sacudida sísmica acompañada por la melodía escandalosa que le tenía asignada en exclusiva.
Estaba completamente segura que el nombre de mi madre estaría brillando en la pantalla en letras mayúsculas, parpadeando como una alerta de ataque nuclear inminente.
Solté un bufido que sonó a pura desesperación, saqué el aparato con brusquedad y lo sostuve en el aire, extendiendo el brazo para mostrándoselo a Franco como si fuera un trofeo de guerra o una prueba judicial irrefutable.
Con un gesto de pura exasperación intenté acomodarme el saco mojado con la mano libre, decidida a dar el primer paso hacia la salida, aunque tuviera que dejar mis cosas tiradas en su impecable suelo. Pero el universo que ese día claramente se había propuesto usarme como su bufón personal de la corte, decidió jugar su última carta en mi contra. Entre el movimiento brusco de mis brazos, la humedad de la tela que se pegaba a mi piel y mis dedos torpes por la adrenalina, terminé presionando la pantalla sin querer al intentar guardarlo.
El teléfono se activó en altavoz, a un volumen insultantemente alto, la máxima potencia de fábrica.
El silencio sepulcral del despacho, ese aire acondicionado ártico que antes se sentía tan imponente, fue pulverizado por una voz aguda, potente y cargada de una urgencia dramática que resonó en las paredes de madera de nogal.
Trate de picar la pantalla con desesperación, pero mis dedos húmedos solo lograron subirle más el volumen.
Me quedé congelada en mitad de la habitación con el brazo estirado, el teléfono apuntando al techo como si sostuviera una granada activa y sintiendo cómo la poca dignidad que me quedaba se evaporaba en el aire de D'Santoro Enterprises. Quise que la alfombra me tragara, quise convertirme en un charco de agua real y filtrarme por el piso.
Frente a mí, la escena era digna de un cuadro de comedia negra. Ethan tenía una mano firmemente estampada en la boca, con los hombros temblando en un esfuerzo sobrehumano para que no se le escapara una carcajada que probablemente lo haría despedir a él también, Marcus miraba el aparato en mi mano como si fuera un artefacto alienígena capaz de desarmar ejércitos enteros sin disparar una sola bala. Su ceja estaba tan arriba que casi se perdía en su nacimiento del cabello.
Y Franco D'Santoro... Franco simplemente se recostó en su imponente silla de piel, cruzó una pierna sobre la otra con una parsimonia aterradora y me miró. Una mezcla de absoluto asombro y una diversión fría, pero innegable, empezaba a brillar con fuerza en sus ojos oscuros.
La red de espionaje vecinal de mi madre acababa de superar al servicio de inteligencia global de D'Santoro Enterprises en tiempo récord. Tres de los lobos corporativos más poderosos e intimidantes de la ciudad acababan de enterarse de todo el organigrama de chismes de mi madre en menos de diez segundos.
FRANCO
El despacho se llenó instantáneamente de una estridencia que desafiaba cualquier protocolo de seguridad. El olor de Hannah cambió en un microsegundo, la indignación ardiente que la había hecho avanzar hacia mi escritorio con la barbilla en alto se transformó en un delicioso y puro aroma a bochorno.
Observé la pequeña pantalla que vibraba en su mano mojada. La voz que salía de ella no respetaba jerarquías, ni millones, ni el silencio sagrado de mi territorio.
A mi izquierda, Ethan disimuló una risa detrás de su tableta, pero su pulso delataba que estaba genuinamente divertido. Marcus, por su parte, adoptó una postura de ligera confusión defensiva, su instinto de beta no sabía cómo catalogar una amenaza que provenía de la tía de la vecina de una analista desempleada.
Apoyé la espalda en el respaldo de piel de mi asiento y entrelacé los dedos, disfrutando de la absoluta parálisis que sella los labios de la mujer que hace un momento me estaba comparando con un villano de película. Hannah Abigail, así que ese era su nombre completo. El duendecillo irreverente tenía una madre que a juzgar por los decibelios de la llamada, no le temía a nada en este mundo.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 02.08.2026