CAPITULO 7
PRONTUARIO DE LA INFAMIA
HANNAH
Presioné la pantalla con una desesperación digna de quien intenta desactivar una bomba de tiempo con un tenedor de plástico, traté de deslizar el dedo para quitar el altavoz, busqué el botón rojo para colgar, golpeé el vidrio templado contra mi muslo húmedo, pero mi teléfono había decidido declararse en huelga general. La humedad de mis manos o la llovizna de Boston que se había colado internamente debieron de crear el cortocircuito perfecto. El universo no solo quería verme caer; quería que la caída tuviera música de fondo, efectos especiales y subtítulos en cinco idiomas.
- Mamá, por favor, escucha... —- ntenté negociar en un susurro histérico, pegando el micrófono a mi boca para intentar sofocar el sonido, pero fue inútil. La bocina seguía emitiendo su voz a toda potencia, rebotando en el techo alto del despacho de Franco D'Santoro.
- ¡Ni se te ocurra decirme que estás en una junta como siempre, Hannah Abigail! - me interrumpió la voz, subiendo un octavo de tono, destruyendo cualquier intento de dignidad - ¡No te atrevas a decirme que estás trabajando porque ya sé que estás en el maldito club de los desempleados otra vez! ¡Es que no aprendes! Tu cerebro y tu lengua están mal conectados desde el día en que naciste, te lo he dicho un millón de veces. Tienes una mente brillante para los números, hija, pero una boca que funciona como un camión sin frenos bajando por una colina.
El hombre rubio ya no disimulaba, Ethan se había tapado la cara con ambas manos y sus hombros se sacudían violentamente en un ataque de risa silenciosa que amenazaba con dejarlo sin aire. El hombre alto de cabello negro, Marcus miraba el aparato con una mezcla de horror y fascinación, como si estuviera presenciando un accidente de trenes en cámara lenta. Franco D'Santoro permanecía inmóvil, pero sus ojos oscuros brillaban con una intensidad analítica letal que me recorría la piel.
- ¿Es que tengo que volver a recordarte toda la cronología de tus desgracias simplemente porque no puedes hacer algo tan básico como observar e ignorar? Esto es culpa de tu padre, yo bastante que lo dije - continuó mi madre, decidida a repasar cada hito de mi autodestrucción verbal y conductual ante mi audiencia de multimillonarios- ¡A los cinco años, cinco años le dijiste a la directora del jardín de niños, en su propia cara, que su peluquín parecía un mapache atropellado! Pero claro, eso no te bastó era solo el principio. En la preparatoria decidiste que eras la reencarnación de Sherlock Holmes. ¡Terminaste presa, Hannah Abigail! ¡En un calabozo! Quien a los 11 años ttras uno barrotes, mi hija por supuesto ¿Ya se te olvidó el infarto que casi nos da a tu padre y a mí cuando nos llamaron a la medianoche?
- Mamá, de verdad, no es el momento... - suplicué, apretando el botón de apagado con tanta fuerza que casi me rompo la uña. El teléfono seguía poseído por el espíritu del cotilleo vecinal.
- ¡Claro que es el momento! Te colaste en la dirección de la escuela a las dos de la mañana para hurgar en las gavetas del director. Que sí, que tenías razón, que el tipo era un asqueroso que extorsionaba a las jovencitas con las calificaciones a cambio de favores, pero tuviste que ir tú, solita, a buscar las pruebas físicas. Tu padre y yo tuvimos que ir a la comisaría a llevarle cajetillas de cigarros a los guardias para tratar de apaciguar la situación y que no te quedara un registro criminal antes de los dieciocho. ¡Tuvimos que rogarle a unos policías de turno mientras tú les gritabas desde la celda que eran unos cómplices del sistema!
Cristhian soltó una carcajada ahogada que resonó en todo el despacho, ganándose una mirada fulminante de Marcus que no sirvió de nada porque él también tenía los labios apretados. Yo quería que la tierra me tragara. Miré a Franco, implorando con la mirada que mandara a sus gorilas a pegarme un tiro piadoso allí mismo, pero él solo se reacomodó en su silla de piel, prestando una atención absoluta, como si estuviera auditando el reporte anual más fascinante de su vida.
- ¿Y qué tal la universidad? - prosiguió la implacable voz de mi madre, subiendo el volumen a un nivel que rozaba lo ilegal en varios Estados - ¡A solo tres días de recibir tu título profesional de economista! Tres malditos días, Hannah. Todo el mundo cuidándose de no respirar fuerte para poder graduarse, ¿y qué hace mi hija? Decide que es buena idea empapelar absolutamente todos los pasillos, los baños y la cafetería de la facultad con fotocopias del plagio de la tesis de ese profesor de microeconomía. ¡Que el tipo le había robado la investigación a un estudiante que ni siquiera era de tu curso! Te metiste en un problema ajeno, volviste a terminar en la patrulla de la policía por vandalismo y alteración del orden, y tu pobre padre tuvo que pasar la noche en vela firmando responsabilidades legales para que te dejaran subir al estrado a recoger el bendito cartón. ¡Dime a quién crucificaste hoy, Hannah Abigail! ¡Dime que no fue a alguien peligroso!
La última pregunta de mi madre flotó en el aire del despacho con el peso de una sentencia de muerte. El silencio regresó de golpe, espeso, denso y cargado de una ironía insoportable. El hombre del aura de lobo, el mito urbano del control implacable, acababa de recibir un informe completo, cronológico e histórico de mi incapacidad patológica para mantener la boca cerrada y mi preocupante historial con las autoridades locales de mi pueblo.