SECRETOS A PLENA LUZ DEL DÍA
FRANCO
Por unos segundos el silencio regresó a la oficina con la brusquedad de un portazo, pero el eco de la voz de esa mujer seguía vibrando en las paredes.
Observé a Hannah, el delicioso aroma a bochorno que emanaba de ella se había intensificado tanto que casi podía saborearlo en el aire. Estaba completamente inmóvil, con el teléfono yendo y viniendo como si ese acto lograra ponerlo de manera milagrosa en silencio, su cara reflejaba que aquel aparato de comunicación era lo mas parecido a un arma que acababa de dispararse en su propia contra. El tinte rojizo de sus mejillas contrastaba de forma salvaje con la palidez de su rostro empapado.
A mi izquierda, Ethan hacía esfuerzos sobrehumanos para recuperar la compostura, limpiándose una lágrima de risa de la comisura del ojo. Marcus había vuelto a cruzar los brazos, pero la rigidez de sus hombros delataba que estaba procesando el perfil de la mujer que tenía enfrente. Una justiciera social desde los cinco años. Una ladrona de guante blanco de expedientes escolares. Una vándala universitaria con un título de economista bajo el brazo.
Apoyé los dedos sobre la barbilla, manteniendo mis ojos fijos en los de ella. Su pulso estaba desbocado, mi oído lobuno captaba los latidos frenéticos de su corazón golpeando contra su pecho como un pájaro enjaulado. Estaba expuesta. Su historial delictivo y moral había sido expuesto en bandeja de plata frente al alfa de la ciudad.
Cualquier otra persona se habría derrumbado. Habría llorado, habría pedido disculpas o habría salido corriendo de la oficina dejando atrás sus carpetas húmedas. Pero Hannah, a pesar del desastre, seguía sosteniéndome la mirada. Había un brillo de pura terquedad en sus ojos avellana que desafiaba mi autoridad incluso en su momento más humillante.
Me levanté despacio de la silla de piel, Marcus se tensó por instinto, dando un paso lateral para dejarme el camino libre. Caminé alrededor del imponente escritorio deteniéndome justo a un metro de ella, ignorando los papeles esparcidos y la taza negra que descansaba ahora cerca de mis botas. La distancia era lo suficientemente corta como para que mi presencia la obligara a inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 02.08.2026