El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 9

EL EXPEDIENTE CENSURADO

HANNAH

Ver como mi situación le provocaba tanto diversión a Franco, hizo querer estrangularlo pero ahora tenía una situación que requería mi total atención y todas mis energías, sabía que mi madre no había terminado y no me equivocaba.

  • Hannah Abigail - la voz de mi madre bajó de tono súbitamente, perdiendo la estridencia del grito y adoptando esa gravedad pausada que era mil veces más peligrosa - No entiendo tu afán, de verdad que no lo entiendo. No entiendo esa necesidad tuya de andar por la vida autodestruyéndote el futuro cada vez que las cosas parecen ir bien pero que no lo entienda no implica, bajo ninguna circunstancia, que vaya a aceptar que sigas con este juego. Ya basta. Haz tus maletas hoy mismo y regresa a casa.
  • Mamá puedo....
  • No. ¡Ya estoy cansada, Hannah Abigail! - bramó mi madre y esta vez su tono robótico arrastraba una frustración tan real que atravesó la distorsión del agua - ¡Cansada de tus numeritos de heroína corporativa! ¡¿Es que no puedes hacer lo que hace el resto del maldito mundo?! ¡¿Es tan difícil callarse la boca, bajar la cabeza y dejar que las personas resuelvan sus propios problemas?! ¡Pero no, la señorita tiene que salvar el día y terminar en la calle nuevamente!

Un escalofrío que no tenía nada que ver con mi saco mojado me recorrió la espalda al escuchar el nombre que vino a continuación.

  • ¡Se acabó! - sentenció mi madre - Voy a llamar a Liam ahora mismo. Le voy a decir que vaya a tu apartamento a esperarte y vas a hacer lo que debiste haber hecho hace mucho tiempo, Hannah. ¡Te vas a casar con él y te vas a dedicar a cuidar hijos! A ver si teniendo tres niños corriendo por la casa se te quita la maldita manía de andar buscando peligro en empresas o la vida ajena.

El nombre de Liam resonó en el despacho como un balde de agua todavía más fría que la de la tormenta. Mi estómago se contrajo.

Liam, el hijo del socio de mi padre. El tipo perfecto, aburrido y de sonrisa plástica que mi madre llevaba dos años intentando meterme por los ojos. El hombre que creía que el mayor logro de una mujer era combinar las cortinas de la sala con el mantel del comedor.

  • ¡No! ¡Mamá, ni se te ocurra llamar a Liam! - grité olvidándome por completo de que el magnate más peligroso de la ciudad me estaba mirando - ¡Prefiero vivir en el calabozo antes que casarme con Liam! ¡Prefiero revisar los contratos del panadero en tu sótano por el resto de mi vida!
  • ¡Pues no tienes opción! - remató ella, su voz teniendo el eco final de una sentencia - ¡Prefiero verte cambiando pañales que firmando tu propia sentencia de muerte en los periódicos! ¡Voy a colgarte para marcarle a Liam ahora mismo! Y no hay discusión sobre eso.

¡Bzzzzzt!

Un crujido estático y agudo cortó la transmisión. La pantalla del teléfono dio un último destello blanco antes de apagarse por completo

El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral. En un último esfuerzo de resistencia, mi pulgar presionó la pantalla con tanta fuerza que casi la estrello y esta vez, milagrosamente, el teléfono obedeció y la pantalla se fue a negro, cortando toda la comunicación de golpe.

El despacho de Franco D'Santoro volvió a quedar sumido en un mutismo absoluto, pero el ambiente había cambiado por completo. La atmósfera divertida se había evaporado.

Ethan, el hombre rubio de cabello ondulado, dejó de reír y compuso una mueca de genuina simpatía, cruzando una mirada rápida con Marcus el hombre alto de cabello negro, quien ahora me observaba con una intensidad diferente, casi evaluando los daños colaterales de mi vida personal.

Por mi parte, me quedé inmóvil en el centro de la alfombra de diseñador, con el teléfono apretado contra el muslo y la respiración contenida. La mención de Liam había sido el golpe final a mi campaña autodestructiva personal que venía liderando por años. Sentí que toda la adrenalina y la rabia que me habían impulsado a subirme al metro y a enfrentarme a estos tres tiburones corporativos se drenaban de mi cuerpo, dejándome expuesta, exhausta y ridículamente empapada.

Franco D'Santoro se inclinó hacia adelante, su mirada ya no era gélida ni divertida; era la mirada de un depredador que acababa de descubrir exactamente qué hilos mover para desarmar a su presa.

Respiré hondo. El aire helado de la habitación me llenó los pulmones, pero en lugar de apagarme, avivó el último carbón encendido que me quedaba dentro. Con mi ridículo uno por ciento de dignidad intacta, me negué rotundamente a encogerme. Enderecé la espalda, acomodé los hombros bajo el saco empapado y sostuve la mirada del hombre más temidode la ciudad.

  • Y usted, señor D'Santoro, deje de mirarme con esa cara - le solté, apuntándolo con el dedo - Deje de mirarme como si creyera que ya me tiene justo en la posición perfecta para degollarme corporativamente o enviarme de regreso a mi pueblo en una caja de madera. No me voy a quebrar.

Antes de que Franco pudiera emitir una sola palabra, el hombre rubio de cabello ondulado dio un paso hacia adelante, apoyándose en la esquina del escritorio. Tenía los ojos abiertos como platos, fijos en mí, suspendido en una mezcla de shock absoluto y fascinación pura.

  • Espera, espera, espera... - intervino Ethan, agitando una mano en el aire - Necesito procesar esto. ¿De verdad todo lo que acaba de recitar tu madre por ese altavoz es cierto? ¿Lo del mapache, el calabozo de la preparatoria, las patrullas antes de la graduación? ¿Todo?

Esbocé una sonrisa torcida, amarga y cargada de una autosuficiencia casi suicida. Lo miré fijamente.

  • No, no exactamente - respondi, arrastrando las palabras.
  • Ya decía yo - dijo el rubio, con una evidente decepción que no pudo o no le dio la gana de ocultar.
  • De hecho, se quedó bastante corta - dije resignada - Esa es solo la versión censurada y apta para todo público que mi madre utiliza cuando quiere darme un sermón ligero. Hay mucho más en el expediente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.