EL EXPEDIENTE CENSURADO
HANNAH
Ver como mi situación le provocaba tanto diversión a Franco, hizo querer estrangularlo pero ahora tenía una situación que requería mi total atención y todas mis energías, sabía que mi madre no había terminado y no me equivocaba.
Un escalofrío que no tenía nada que ver con mi saco mojado me recorrió la espalda al escuchar el nombre que vino a continuación.
El nombre de Liam resonó en el despacho como un balde de agua todavía más fría que la de la tormenta. Mi estómago se contrajo.
Liam, el hijo del socio de mi padre. El tipo perfecto, aburrido y de sonrisa plástica que mi madre llevaba dos años intentando meterme por los ojos. El hombre que creía que el mayor logro de una mujer era combinar las cortinas de la sala con el mantel del comedor.
¡Bzzzzzt!
Un crujido estático y agudo cortó la transmisión. La pantalla del teléfono dio un último destello blanco antes de apagarse por completo
El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral. En un último esfuerzo de resistencia, mi pulgar presionó la pantalla con tanta fuerza que casi la estrello y esta vez, milagrosamente, el teléfono obedeció y la pantalla se fue a negro, cortando toda la comunicación de golpe.
El despacho de Franco D'Santoro volvió a quedar sumido en un mutismo absoluto, pero el ambiente había cambiado por completo. La atmósfera divertida se había evaporado.
Ethan, el hombre rubio de cabello ondulado, dejó de reír y compuso una mueca de genuina simpatía, cruzando una mirada rápida con Marcus el hombre alto de cabello negro, quien ahora me observaba con una intensidad diferente, casi evaluando los daños colaterales de mi vida personal.
Por mi parte, me quedé inmóvil en el centro de la alfombra de diseñador, con el teléfono apretado contra el muslo y la respiración contenida. La mención de Liam había sido el golpe final a mi campaña autodestructiva personal que venía liderando por años. Sentí que toda la adrenalina y la rabia que me habían impulsado a subirme al metro y a enfrentarme a estos tres tiburones corporativos se drenaban de mi cuerpo, dejándome expuesta, exhausta y ridículamente empapada.
Franco D'Santoro se inclinó hacia adelante, su mirada ya no era gélida ni divertida; era la mirada de un depredador que acababa de descubrir exactamente qué hilos mover para desarmar a su presa.
Respiré hondo. El aire helado de la habitación me llenó los pulmones, pero en lugar de apagarme, avivó el último carbón encendido que me quedaba dentro. Con mi ridículo uno por ciento de dignidad intacta, me negué rotundamente a encogerme. Enderecé la espalda, acomodé los hombros bajo el saco empapado y sostuve la mirada del hombre más temidode la ciudad.
Antes de que Franco pudiera emitir una sola palabra, el hombre rubio de cabello ondulado dio un paso hacia adelante, apoyándose en la esquina del escritorio. Tenía los ojos abiertos como platos, fijos en mí, suspendido en una mezcla de shock absoluto y fascinación pura.
Esbocé una sonrisa torcida, amarga y cargada de una autosuficiencia casi suicida. Lo miré fijamente.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 02.08.2026