EL SABOR AMARGO DE LA RENDICIÓN
HANNAH
La mención de Liam una y otra vez no solo me había quitado el calor del cuerpo, me había robado las pocas fuerzas que me quedaban para seguir peleando. No quería discutir, no quería lanzar otra réplica ingeniosa, ni fingir un dramatismo exagerado para ocultar el desastre que era mi vida. La sola idea de Liam, de su sonrisa condescendiente, de mi madre planeando una boda de catálogo y de una vida encerrada entre cuatro paredes siendo "la esposa perfecta" me golpeó con el peso de una losa de concreto. Me sentí exhausta. Completamente agotada.
Miré a Franco D'Santoro, su porte era perfecto, aristocrático, impecable. Él pertenecía a este mundo de rascacielos y poder, yo solo era una intrusa que venía de ser pisoteada.
Me giré hacia el escritorio, ignorando la distancia social y el aura intimidante que Franco seguía despidiendo. Apoyé mis manos húmedas sobre la superficie pulida, tomé un bolígrafo de tinta negra que descansaba sobre un tarjetero de piel y arrastré uno de los bloques de notas impresos con el logo dorado de D'Santoro Enterprises.
Con trazos rápidos y firmes, escribí una serie de caracteres.
Sin darle tiempo a reaccionar, di la vuelta. No esperé a que me diera permiso para irme. No me importo que Marcus me observaba con el ceño fruncido y una extraña confusión en el rostro, ni a Ethan, cuya mirada se había vuelto repentinamente preocupada. Di media vuelta y caminé hacia las puertas dobles. Mis zapatos arrastraban lodo y agua, pero ya no me importaba la alfombra, ni el edificio, ni mi carrera muerta.
Empujé las puertas de roble y salí al pasillo presidencial, ignorando la mirada de triunfo superficial de Tanya. Me subí al ascensor privado y dejé que las puertas de metal se cerraran, cerre los ojos aislándome del mundo que empezaba a caerse a pedazos a mi alrededor.
FRANCO
El nombre de Liam había entrado en la habitación como un golpe físico. Observé con precisión milimétrica cómo el aroma de Hannah cambiaba de la vergüenza abrasadora a una vulnerabilidad fría y punzante. Sus hombros se tensaron y por un microsegundo, la fuerza de la tormenta pareció amainar. Vi la tentación de rendirse en la línea de su mandíbula. Mi lobo interno gruñó, incómodo ante la sola mención de ese extraño que pretendía reclamarla y sacarla de mi ciudad.
Pero entonces, ella simplemente se rompió por dentro, mi lobo lo sintió.
No hubo lágrimas, ni gritos, ni el fuego desafiante que me había fascinado desde que entró por esa puerta. Solo una aceptación silenciosa y sombría que me congeló la sangre. Cuando susurró que ese era su plan de retiro y me llamó "señor D'Santoro", la distancia que interpuso entre nosotros dolió más que cualquier insulto.
Antes de que pudiera articular una palabra o detenerla, se dio la vuelta. Avanzó con paso firme pero pesado, dejando un rastro de agua y lodo que manchaba la pulcritud de mi alfombra, aunque a ella parecía importarle un demonio. Marcus y Ethan la miraron estupefactos, captando la repentina ola de dolor que desprendía su cuerpo que ella ya no trataba de disimular. Quise estirar la mano, sujetarla por la muñeca y exigirle que se quedara, que me explicara quién carajos era ese tipo y por qué permitía que junto a su madre decidieran su vida. Pero mi orgullo de Alfa y la sorpresa me mantuvieron anclado al suelo.
El eco del ascensor cerrándose resonó en el pasillo exterior, pero en mi despacho el silencio era absoluto.
Me quedé estático en el centro de la habitación, con las manos ligeramente extendidas en el aire, justo en la posición donde un segundo antes estaba ella. El olor que había dejado flotando en el ambiente de lluvia, tierra mojada y una abrumadora ola de tristeza y rendición comenzó a desvanecerse, siendo reemplazado por el aroma estéril del aire acondicionado.
De pronto, un sabor amargo y pastoso me inundó la boca. Un sin sabor áspero, seco, que me revolvió el estómago de una forma que no lograba explicar.
Apreté los puños, metiendo las manos en los bolsillos de mi pantalón de sastre mientras mi mandíbula se tensaba al límite. Mis ojos fijos en la puerta cerrada sentían una presión extraña.
La sola idea de ese tal Liam junto a Hannah me quemaba las entrañas. Visualizar a la mujer que hacía cinco minutos me había plantado cara con un descaro brillante, la misma que había detectado una estafa multimillonaria que mis mejores analistas pasaron por alto, siendo domesticada por un imbécil de pueblo me provocaba una furia territorial ciega. No podía soportar la idea de verla apagada, cuidando hijos ajenos y viviendo bajo el yugo de las expectativas de su madre.
Ella no era una sumisa, era un fuego caótico. Y el fuego no se encierra en una cocina, ni van a juntas escolares mientras preparan el té para las reuniones de padres.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 02.08.2026