El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 13

EL PRECIO DE UN ANILLO DE CATÁLOGO

HANNAH

El trayecto en el metro fue eterno pero la verdadera pesadilla comenzó cuando salí de la estación y caminé las tres cuadras que me separaban de mi edificio en Capitol Hill. Todavía chorreando agua, empujé la puerta principal del complejo. Recé a todos los santos de las finanzas para que el universo me diera una tregua. No hubo tregua.

Al llegar al tercer piso, la luz del pasillo me devolvió una imagen que me revolvió el estómago. La puerta de mi departamento estaba entornada. Un haz de luz cálida se filtraba desde el interior, acompañado por el inconfundible y pretencioso aroma a café de grano de comercio justo con notas de avellana.

Liam.

Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula, entré sin hacer ruido, empujando la puerta con el pie. Allí estaba él, la divinidad bajada a la Tierra en todo su esplendor de un metro ochenta y cinco. Llevaba un suéter de cachemira gris perla que gritaba "soy demasiado intelectual para este mundo podrido", unos pantalones de diseñador perfectamente planchados y sostenía una taza de mi vajilla mientras leía un libro de poesía existencialista en mi sofá desgastado.

Al verme llegar goteando lodo, con el cabello pegado al rostro y abrazando los restos trágicos de mi caja de cartón, su perfecta sonrisa de comercial de pasta de dientes flaqueó por un segundo, dejo el libro de poesía sobre el sofa y con una calma que me hirvio la sangre se levantó sin dejar de repasarme con la mirada una y otra vez sin disimular su desaprobación.

  • Vaya, Abigail... - dijo al cabo de un rato, usando mi segundo nombre porque sabía que lo mucho que lo odiaba - Tu madre no exageraba pareces un desastre salido de una alcantarilla.
  • Hola, Liam. Qué agradable sorpresa - mentí, arrastrando las palabras con la poca energía que me quedaba.
  • Vine en cuanto me llamó tu mamá -continuó, cruzando los brazos con esa actitud condescendiente que me encendía la sangre - Me dijo que volviste a hacer uno de tus berrinches en una junta importante. Hannah, de verdad tienes veintidós años, ya es hora de que dejes de jugar a la mujer independiente de negocios. Claramente, el mundo corporativo te queda grande.
  • No fue un berrinch... - empecé a decir pero Liam me interrumpió, sacando una pequeña caja de terciopelo azul del bolsillo de su pantalón y la colocó sobre la mesa.
  • No me importa lo que haya sido. Esto lo soluciona - sentenció con suficiencia - Hablemos de la boda. Mi padre ya aprobó el presupuesto. Nos casamos en tres meses. Te mudarás a mi casa de las afueras, dejarás estas tonterías de la consultoría y te enfocarás en lo importante, ser una esposa respetable y planificar nuestra familia. No tendrás que volver a pisar una oficina en tu vida. Deberías agradecerme que esté dispuesto a salvarte de ti misma.

Miré la caja de terciopelo, luego miré a Liam. No sentía mariposas, ni emoción, ni alivio. Solo una profunda, asfixiante y deprimente sensación de encierro. El anillo no era un símbolo de amor, era el candado de la jaula que mi madre y él habían diseñado para mí.

  • Liam... - susurré, sintiendo que un nudo de frustración me cerraba la garganta - Yo no quiero...

Antes de que pudiera terminar la frase, el timbre de mi apartamento resonó con una fuerza inusual, interrumpiendo el aire acondicionado y la tensa atmósfera de la sala.




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