El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 23

EL ECO DEL SILENCIO

FRANCO

Mis zapatos golpearon el suelo del pasillo exterior. Escuché el murmullo de Marcus y Ethan subiéndose al ascensor asumiendo que su Alpha venía detrás. Pero no me moví, me quedé estático, a escasos centímetros de la puerta principal del apartamento.

Mi lobo arañaba mis entrañas, inquieto, negándose rotundamente a dar un solo paso lejos de ese lugar. El aire del pasillo todavía arrastraba los residuos de la fragancia de Hannah, pero ahora estaba impregnado de algo que me revolvía el estómago una densa, abrumadora y asfixiante ola de dolor humano. Desesperación pura.

A través de las paredes, mis sentidos captaron el sonido exacto en el que sus rodillas colapsaron contra la alfombra. Luego, llegó el primer sollozo ahogado.

Apreté los puños dentro de los bolsillos de mi abrigo, sintiendo una punzada de furia territorial que no iba dirigida a nadie más que a la mujer que acababa de salir de aquí. La madre de Hannah había cavado un pozo de inseguridad en la mente de su hija tan profundo que la consultora brillante, la mujer descarada que ayer me había plantado cara sin parpadear, ahora se creía una causa perdida y sin remedio alguno.

  • Tiene razón... - el susurro de Hannah cruzó la rendija de la puerta, apenas un hilo de voz roto por el llanto - Siempre lo arruino todo... Soy un maldito desastre.

La mandíbula se me tensó al límite. Escucharla dándole la razón a su madre me quemaba la sangre. Esa humana no tenía idea de lo que valía, no tenía idea de que su mente rápida y su boca floja eran precisamente las razones por las que yo había cruzado la ciudad bajo el diluvio para buscarla. Ella creía que su audacia era un defecto, sin entender que en mi mundo de traiciones y depredadores corporativos, esa terquedad era un superpoder.

Apoyé una mano plana contra la madera de la puerta, conteniendo el impulso salvaje de derribarla, entrar, cargarla en mis brazos y obligarla a ver el fuego que llevaba dentro.

  • No dejes que te apaguen, SanMiguel - susurré para mí mismo, con una vibración tan baja que solo mi propio lobo pudo escucharla.

Me quedé allí, de pie en el pasillo lúgubre, haciendo guardia en silencio mientras ella lloraba la pérdida de su antigua vida. Hannah SanMiguel creía que se había quedado completamente sola en el mundo y que su carrera estaba al borde del abismo.

No tenía idea de que un Alpha acababa de reclamar su desastre como propio y yo no dejo que nadie destruya lo que me pertenece. Ni siquiera ella misma.




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