TRES SON MULTITUD
HANNAH
Si el trayecto del día anterior en el coche había sido tenso este era definitivamete se podía catalogar como un desastre, era sin duda alguna un curso intensivo de guerra fría corporativa y asfixia territorial.
El vehículo devoraba las calles grises y empapadas aún de Boston con una suavidad quirúrgica. En el asiento trasero, la distribución del espacio era un poema de tensiones, Franco ocupaba el centro, imponente en su traje gris, con una tableta en la mano y esa calma gélida que congelaba el habitáculo. A su izquierda, pegada a la ventanilla estaba yo, intentando ignorar de forma olímpica que el cachemira gris de mi blusa nueva todavía olía sutilmente al cedro y al ozono de su habitación.
Y en el asiento individual contiguo, girada a medias hacia nosotros, se encontraba Tatiana.
La asistente personal de Franco parecía haber salido directamente de un congelador de alta gama. Su traje inmaculado de color blanco desafiaba activamente la llovizna exterior, su moño rubio seguía tan tenso que parecía desafiar las leyes de la física y mantenía una carpeta de cuero negro abierta sobre sus rodillas perfectas. Tatiana hablaba con su jefe en ese tono suave, rítmico y milimétrico que delataba su línea de sangre pura de loba pero sus ojos grises... sus ojos grises me escaneaban de reojo cada tres segundos con el filo de un bisturí.
Tatiana hizo una pausa milimétrica, clavando su mirada gélida directamente en mis ojos avellana antes de volver a mirar a Franco. El aroma en el coche cambió sutilmente la asistente estaba desprendiendo una ráfaga de advertencia territorial, un mensaje silencioso que mi puente cerebro-boca decodificó de inmediato. "Eres un pasivo humano y no perteneces a esta manada".
Sostuve la respiración un segundo, sintiendo que la adrenalina empezaba a disolver la paz del pan francés que me acababa de comer. Miré a Tatiana con una insolencia que no disimulaba el menor rastro de sumisión humana.
Franco
Una chispa de diversión salvaje, tan caliente que casi hizo sudar los cristales del coche encendió las pupilas de mi lobo. La estática en el vehículo se volvió tan densa que el panel de control del tablero emitió un leve parpadeo.
Observé a Tatiana, mi asistente personal se había congelado en su asiento, con las fosas nasales dilatadas por el impacto de que una humana, una criatura menuda vestida con mi propio cachemira y marcada por mi olor territorial la hubiera llamado "Barbie Ejecutiva" a escasos centímetros de su alfa. El aroma de Tatiana se agrió instantáneamente con la sumisión forzada y el desconcierto moral, su instinto de loba pura le exigía someter a Hannah, pero mi presencia le impedía emitir el menor gruñido.
Hannah por su parte, ni siquiera pestañeó. Su puente cerebro-boca acababa de demoler el protocolo de mi asistente con una parsimonia que me resultó insultantemente atractiva pero peligrosa. Su corazón iba rápido, sí, pero no por miedo. Era la ráfaga ardiente de su orgullo. El camión sin frenos acababa de embestir a la línea de sangre pura de la firma en mitad del tráfico de Boston.
Apoyé la tableta sobre mis rodillas y deslicé mi mirada dorada de Tatiana a Hannah, dejando que el peso de mi comando de alfa llenara el habitáculo confinada del blindado.
Tatiana tragó saliva, bajando la cabeza de golpe, forzando a su máscara inmaculada a encajar de nuevo sobre su rostro pálido.
Me giré despacio hacia la izquierda, recortando la distancia con Hannah hasta que mi hombro rozó el suyo bajo el cachemira gris. El aroma a lluvia limpia y la fragancia de su victoria llenaron mis pulmones, despertando un ronroneo sordo en el fondo de mi garganta que solo su oído humano pudo intuir pero a pesar de todo.
#2433 en Novela romántica
#430 en Fantasía
#260 en Personajes sobrenaturales
jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 23.08.2026