LA DISTANCIA MÍNIMA
HANNAH
Mi cuerpo se sentía comodo mientras navegaba en el mundo de Morfeo, pero mi cerebro, ese si que estaba alerta y procesando a millón las palabras de Franco, esa última pizca de arrogancia que mi mente había procesado en el último segundo fue el detonante que mi orgullo necesitaba para salir del coma inducido. ¿Dócil? ¿Mi cuerpo había decidido ser qué? La palabra resonó en las paredes de mi cráneo con el eco desagradable de la voz de mi madre y el fantasma de Liam. No, de ninguna manera. Yo no era dócil con nadie y mucho menos iba a empezar a serlo con un lobo alfa con delirios de propiedad feudal que me retenía como rehén en sus sábanas de seda.
Ignorando olímpicamente la flagrante traición de mis propias hormonas, tomé una decisión suicida, decidí darme la vuelta para cortarle el discurso de raíz. Me impulsé sobre el colchón de piel negra, obligando a mi cuerpo rígido a rotar dentro del círculo de acero que formaba su brazo. La maniobra fue torpe, un forcejeo silencio que solo logró girar sobre su propio eje y acabar en la misma posición. El problema de las maniobras impulsivas es que rara vez calculas los vectores de espacio y distancia con precisión matemática.
Cuando completé el giro, me encontré de frente con la realidad desnuda del territorio del lobo. La barrera física entre los dos no se rompió, se pulverizó. Al quedar nuevamente de lado, mi rostro esta vez terminó a escasos dos centímetros de su boca. Sostuve la respiración de golpe, sintiendo que mi puente cerebro-boca se caía a pedazos por el impacto visual. A esta distancia, con el manto gris de Boston perfilando sus facciones, Franco D'Santoro no parecía un mito urbano de Wall Street parecía mas un peligro biológico real.
Su mirada oscura, ahora encendida con un destello dorado que no disimulaba el menor rastro de civilización, bajó de inmediato hacia mis labios, con una fijeza que me hizo tragar saliva con dificultad. Podía sentir el calor húmedo de su exhalación chocando directamente contra mi boca, un ritmo lento, denso y cargado de una vibración que me erizó hasta el último vello de la nuca.
FRANCO
El movimiento brusco de Hannah en mi agarre tomó a mi lobo por sorpresa, pero el animal no retrocedió se tensó en su sitio, saboreando el desafío físico. Esperaba que se quedara congelada, asimilando la humillación de su propio pulso desbocado, pero el camión sin frenos prefirió cambiar de dirección y avanzar directo hacia el precipicio.
Y el precipicio era yo.
Cuando completó el giro y su rostro quedó suspendido a la distancia mínima de mi boca, el aire de la suite se saturó instantáneamente con su fragancia. No era el frío, ni el suero, era el olor puro de su insolencia mezclado con una vulnerabilidad abrasadora que me golpeó directo en el centro del pecho. Mis ojos bajaron a su boca en un movimiento automático, rastreando la línea temblorosa de sus labios que intentaban formular una amenaza mientras su carótida latía a un ritmo salvaje que podía escuchar sin el menor esfuerzo.
No le di los tres segundos de su cronómetro imaginario, mi lobo arrastró cualquier pizca de paciencia al fondo de mi consciencia y acorté el último centímetro de distancia que nos separaba.
Y la besé.
HANNAH
Fue un impacto frontal. Mis ojos se cerraron de golpe cuando sus labios, firmes, calientes y posesivos, se estrellaron contra los míos. Mi cerebro enloqueció de inmediato, encendiendo luces rojas y lanzando alarmas de evacuación general a todo volumen.
"Es tu jefe. Bueno, no es tu jefe técnicamente aún, es mas bien un mafioso corporativo. Te va a destruir la carrera. Aléjate". Las advertencias lógicas llovían en mi mente con una claridad matemática. Pero a mi boca y a mi cuerpo las matemáticas les importaron un maldito bledo.
No hubo resistencia. Ninguna. El puente cerebro-boca no solo no funcionó directamente se dinamitó por completo cuando mis instintos tomaron el control total de la situación. Solté un gemido ahogado que murió directamente contra sus labios cuando su lengua forzó la entrada, reclamando el territorio con una urgencia salvaje que me licuó los huesos. El calor abrasador del suero térmico no era nada comparado con el fuego que me recorrió las venas en ese instante.
Dejé de pensar en mis trescientos dólares de saldo, en la neumonía y en las advertencias de mi madre y hasta en mis propias advertencias. De manera completamente involuntaria y desesperada, deslicé mis manos por su pecho, subiendo por sus hombros anchos hasta enredar mis dedos firmemente en su cabello oscuro. Me arqueé sobre el colchón, rompiendo cualquier rastro de decencia y dócil prudencia, enredando mi pierna alrededor de su cadera para arrastrarlo más hacia mí, para anclarme a él en mitad del torbellino biológico que nos estaba consumiendo. Estaba perdida, pero por primera vez en mi vida, no tenía la menor intención de salvarme.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 23.08.2026