EL RECONOCIMIENTO
HANNAH
Cuando el aire finalmente nos faltó, la separación se sintió como si me arrancaran la piel. Mis labios quedaron encendidos, punzantes y entumecidos por la violencia de un beso que había dinamitado cada una de mis defensas lógicas.
Franco no se alejó demasiado, mantuvo su frente apoyada contra la mía, con la respiración entrecortada y caliente golpeándome el rostro, mientras sus dedos seguían firmemente enredados en mi cabello, reteniéndome contra la almohada.
El silencio que regresó a la suite de D'Santoro ya no era frio, era espeso, denso y cargado de una estática biológica que me asfixiaba y cuando el oxígeno retorno a mis pulmones, la maquinaria de mi cerebro volvió a encenderse, trayendo consigo una bofetada de fría realidad.
La culpa entró en mi sistema como un balde de agua helada de la bahía de Boston.
"¿Qué demonios acabo de hacer?" me recriminé en un grito mental histérico. Miré la seda de las sábanas, la inmensidad de su habitación de lujo y la todo el mobiliario de lujo que habitaba el lugar. Ayer era una analista desempleada bajo la lluvia y hoy estaba enredada en la cama del depredador corporativo más temido de la Costa Este, habiéndole entregado el control de mi cuerpo sin el menor asomo de resistencia. Esto violaba todos mis códigos morales, mis principios profesionales y mi poco sentido común. Había sido un desliz impulsivo, una anomalía causada por el suero térmico, un simple desastre estructural absoluto.
FRANCO
El aroma de la habitación colapsó en un microsegundo. La fragancia dulce, abrasadora y entregada de Hannah fue sustituida instantáneamente por el olor agrio y punzante de la culpa humana. Escuché cómo el ritmo de su corazón intentaba estabilizarse a la fuerza mientras su mente empezaba a tejer excusas, intentando catalogar lo que acababa de pasar como un simple fallo en sus matemáticas biológicas.
Pero lo que ella no sabía, lo que su mente humana era completamente incapaz de procesar era lo que estaba ocurriendo dentro de mí. En el instante en que sus labios se entregaron a los míos y sus dedos se enredaron en mi cabello, mi lobo no solo tomó el control, dio un vuelco salvaje irguiéndose en mi interior con un rugido ensordecedor que me sacudió los huesos. El animal arañaba las paredes de mi consciencia, desbocado, marcando el espacio, celebrando con una furia posesiva que rayaba en la demencia.
Mi luna, mi biología lo sabía. Mi naturaleza la reconocía a ella, a la justiciera social empapada y sin aduanas, como la mitad legítima que mi imperio había estado esperando durante años. No era un acuerdo corporativo, no era una fusión de acciones, era un reclamo biológico simple y absoluto.
Por eso, cuando la escuché pronunciar la palabra error una ráfaga de estática puramente agresiva me recorrió la columna.
Apreté el agarre en su cabello, impidiendo que se alejara un solo milímetro, obligándola a clavar sus ojos avellana directamente en los míos. El destello dorado en mis pupilas debió de ser total, un fuego salvaje que no disimulaba el menor rastro de descontento.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 23.08.2026