EL QUIEBRE DEL PROTOCOLO
HANNAH
El silencio que siguió a la declaración de Franco no era el típico bache incómodo de una reunión de oficina, era una masa de aire denso cargada de una sumisión biológica que me estaba apretando la garganta. Marcus parecía una estatua de granito esculpida con el único propósito de desaprobar mi existencia por mi osadía y Ethan me miraba como si esperara que me saliera una segunda cabeza de un momento a otro.
Y ahí estaba Franco, el alfa de la Costa Este, apoyado sobre sus codos con esa maldita sonrisa ladina, mirándome con unos ojos dorados que pretendían dictar el destino de mi cuenta bancaria y de mi vida.
"Gobernar este imperio conmigo... Elige rápido"
Mi puente cerebro-boca dio un vistazo al panorama, analizó la rigidez feudal de la mesa y decidió que la mejor manera de desarmar a tres lobos corporativos no era con un discurso sobre el margen de riesgo sino con un despliegue absoluto de normalidad humana.
Extendí la mano con total parsimonia, tomé la taza de porcelana blanca y me serví café hasta el borde. Luego, tomé el tenedor y pinché un trozo de pan francés recién horneado con una calma que desafiaba activamente la tensión de la habitación. Le di un mordisco lento, saboreándolo, bajo la mirada atónita de los dos subordinados, que parecían no dar crédito a que alguien tuviera el estómago para desayunar mientras el gran jefe emitía un ultimátum territorial.
Ethan soltó un soplido ahogado que pretendía ser un carraspeó pero que delató su absoluta fascinación. Marcus por su parte, parpadeó dos veces, perdiendo la rigidez por primera vez en toda la mañana al ver cómo ignoraba olímpicamente la jerarquía de la manada.
Miré fijamente a Franco recortando la distancia con la mirada, sosteniendo el destello dorado de sus pupilas con mis ojos avellana firmes y sin un ápice de docilidad.
FRANCO
El aroma de la sumisión y la rigidez ejecutiva que Marcus y Ethan aportaban al comedor fue pulverizado en un microsegundo. El olor de Hannah regresó a su estado natural una ráfaga ardiente de orgullo, café caliente y una audacia tan pura que mi lobo dio un vuelco de absoluta satisfacción dentro de mi pecho.
Observé cómo se servía el desayuno y masticaba con una parsimonia que era un insulto directo al terror reverencial que mi manada solía profesarme, no se encogió y menos pidió permiso. Trató mi ultimátum de alfa como si fuera una simple propuesta de contrato a discutir en una cafetería de la esquina.
A mi izquierda, Marcus tenía la mandíbula tan apretada que casi podía escuchar el crujido de sus molares. Estaba esperando que yo saltara sobre la mesa y rompiera el cuello de la humana por su insolencia pero lo que no entendía su mente de beta era que cada palabra que salía de esa boca sin aduanas solo me confirmaba que la ecuación era perfecta. Ethan, más perceptivo debido a su naturaleza de gamma, desvió la mirada hacia mí, conteniendo una sonrisa al registrar el cambio en mi pulso.
Me eché hacia atrás en mi silla de piel, dejando que una risa baja y franca cortara el aire denso del comedor. Marcus dio un imperceptible salto de sorpresa no me había escuchado reír de esa manera en años.
Me incliné hacia adelante una vez más, apoyando una mano sobre la mesa lo suficientemente cerca como para que Hannah pudiera oler el ozono que mi animal seguía desprendiendo de forma territorial.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 23.08.2026