El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 35

EL QUIEBRE DEL PROTOCOLO

HANNAH

El silencio que siguió a la declaración de Franco no era el típico bache incómodo de una reunión de oficina, era una masa de aire denso cargada de una sumisión biológica que me estaba apretando la garganta. Marcus parecía una estatua de granito esculpida con el único propósito de desaprobar mi existencia por mi osadía y Ethan me miraba como si esperara que me saliera una segunda cabeza de un momento a otro.

Y ahí estaba Franco, el alfa de la Costa Este, apoyado sobre sus codos con esa maldita sonrisa ladina, mirándome con unos ojos dorados que pretendían dictar el destino de mi cuenta bancaria y de mi vida.

"Gobernar este imperio conmigo... Elige rápido"

Mi puente cerebro-boca dio un vistazo al panorama, analizó la rigidez feudal de la mesa y decidió que la mejor manera de desarmar a tres lobos corporativos no era con un discurso sobre el margen de riesgo sino con un despliegue absoluto de normalidad humana.

Extendí la mano con total parsimonia, tomé la taza de porcelana blanca y me serví café hasta el borde. Luego, tomé el tenedor y pinché un trozo de pan francés recién horneado con una calma que desafiaba activamente la tensión de la habitación. Le di un mordisco lento, saboreándolo, bajo la mirada atónita de los dos subordinados, que parecían no dar crédito a que alguien tuviera el estómago para desayunar mientras el gran jefe emitía un ultimátum territorial.

  • A ver, vamos a poner las matemáticas en orden antes de que a Marcus le dé un aneurisma por la falta de protocolo - solté tras pasar el bocado, limpiándome la comisura de los labios con la servilleta de lino con una tranquilidad insultante - Primero, señor D'Santoro, su café está excelente pero sus tácticas de reclutamiento laboral rozan el secuestro express y el terrorismo psicológico laboral. Segundo, si voy a ser la Directora de Riesgo Global de este imperio y habitante regular de esta casa, lo primero que voy a auditar no va a ser la página 84 del contrato de AHG Asociados va a ser el termostato de esta casa porque no pienso pasar mi primera semana laboral compitiendo contra un congelador industrial solo porque sus lobos internos extrañan el invierno de Alaska.

Ethan soltó un soplido ahogado que pretendía ser un carraspeó pero que delató su absoluta fascinación. Marcus por su parte, parpadeó dos veces, perdiendo la rigidez por primera vez en toda la mañana al ver cómo ignoraba olímpicamente la jerarquía de la manada.

Miré fijamente a Franco recortando la distancia con la mirada, sosteniendo el destello dorado de sus pupilas con mis ojos avellana firmes y sin un ápice de docilidad.

  • Y tercero, - añadí, arrastrando las palabras con una ironía letal - el salario que está pensando se queda corto si tengo que lidiar con las miradas de guardaespaldas ofendido como Marcus todas las mañanas. Quiero un bono por manejo de crisis biológicas, un seguro médico con cobertura total para posibles neumonías inducidas por jefes posesivos y que me devuelvan mi taza de cerámica intacta. Si sus abogados pueden redactar eso en el coche blindado antes de llegar al centro de Boston, supongo que puedo considerar su propuesta. De lo contrario, señor D'Santoro, le sugiero que busque a otro analista que esté dispuesto a dejarse empastillar por el bien de sus millones.

FRANCO

El aroma de la sumisión y la rigidez ejecutiva que Marcus y Ethan aportaban al comedor fue pulverizado en un microsegundo. El olor de Hannah regresó a su estado natural una ráfaga ardiente de orgullo, café caliente y una audacia tan pura que mi lobo dio un vuelco de absoluta satisfacción dentro de mi pecho.

Observé cómo se servía el desayuno y masticaba con una parsimonia que era un insulto directo al terror reverencial que mi manada solía profesarme, no se encogió y menos pidió permiso. Trató mi ultimátum de alfa como si fuera una simple propuesta de contrato a discutir en una cafetería de la esquina.

A mi izquierda, Marcus tenía la mandíbula tan apretada que casi podía escuchar el crujido de sus molares. Estaba esperando que yo saltara sobre la mesa y rompiera el cuello de la humana por su insolencia pero lo que no entendía su mente de beta era que cada palabra que salía de esa boca sin aduanas solo me confirmaba que la ecuación era perfecta. Ethan, más perceptivo debido a su naturaleza de gamma, desvió la mirada hacia mí, conteniendo una sonrisa al registrar el cambio en mi pulso.

Me eché hacia atrás en mi silla de piel, dejando que una risa baja y franca cortara el aire denso del comedor. Marcus dio un imperceptible salto de sorpresa no me había escuchado reír de esa manera en años.

  • Marcus - ordené, sin apartar mis ojos dorados de los de Hannah - Llama al equipo legal, que agreguen cada una de las cláusulas, el bono por crisis biológicas y el control del termostato al contrato de la señorita SanMiguel. Si los abogados ponen alguna objeción sobre el seguro de neumonía, diles que es una orden directa del alfa. Yo personalmente me encargaré de devolverte tu taza.
  • Sí, Alfa - asintió Marcus, haciendo una reverencia rígida con la cabeza asimilando a la fuerza que las leyes de la física en este imperio acababan de cambiar de forma irrevocable por culpa de un duendecillo empapado.

Me incliné hacia adelante una vez más, apoyando una mano sobre la mesa lo suficientemente cerca como para que Hannah pudiera oler el ozono que mi animal seguía desprendiendo de forma territorial.

  • El contrato estará listo antes de que crucemos el puente de Boston, Directora -sentencié, estirando la mano para tomar mi propia taza de café - Pero te advierto una cosa, camión sin frenos ya que aceptaste voluntariamente ser parte de este equipo no vuelvas a mencionar la palabra empastillar en mi presencia. Tu mente letal y tu boca sin filtros son propiedad de D'Santoro Enterprises a partir de este segundo y en este imperio nos gusta el riesgo exactamente como tú lo describes, sin empaques de oro y sin aduanas. Desayuna rápido. La tormenta en la Bolsa nos está esperando abajo.




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