LA COERCIÓN DEL DESAYUNO
HANNAH
La mañana se filtro por el ventanal y Franco se incorporó con una lentitud exasperante, rompiendo la distancia mínima pero dejándome con una repentina y molesta sensación de desamparo térmico.
Cuando la puerta de la suite se cerró tras él, solté un bufido que casi despeina las sábanas de seda. Me deslicé fuera de la cama y encontré sobre un sillón una muda de ropa impecable, un pantalón de sastre y una blusa de cachemira que por supuesto, me quedaban a la medida exacta. Los lobos y su maldito control métrico.
Diez minutos después, con los talones firmes y la mandíbula apretada, bajé por la escalinata de caracol que conducía al comedor principal de la residencia.
El ambiente allí abajo era una extensión perfecta del piso veinticinco de D'Santoro Enterprises, pero con un tinte mucho más doméstico y territorial. El olor a café de especialidad y pan recién horneado se mezclaba con el rastro denso de ozono que ya sabía identificar. En la cabecera de una mesa de caoba pulida para doce personas, Franco estaba sentado leyendo informes en su tableta, luciendo un traje gris impecable que desafiaba la luz de la mañana.
A los lados, la tensión ejecutiva se cortaba con un cuchillo. Marcus y Ethan estaban de pie, guardando una distancia rígida y respetuosa. En cuanto mi zapato pisó el suelo de mármol del comedor, el silencio regresó de golpe.
Marcus se tensó de inmediato, adoptando esa postura de guardia robusto que parecía decir que mi mera existencia requería un protocolo de manejo de crisis. Ethan, por su parte, desvió la mirada hacia mí con esos ojos de gamma cargados de una curiosidad científica que me hacía sentir como un activo bajo auditoría confidencial.
Si Franco D'Santoro creía que se la iba a poner fácil estaba muy equivocado.
FRANCO
El aroma de Hannah inundó el comedor antes de que sus pasos resonaran en el mármol. El cachemira le sentaba a la perfección, pero lo que realmente hizo que mi lobo se irguiera en su sitio fue el rastro de mi propia marca territorial que aún emanaba de su piel, mezclado con ese persistente aroma a lluvia y orgullo que ninguna muda de ropa cara podría apagar.
Marcus se tenso por puro instinto y Ethan contuvo el aliento. Ambos, mi beta y mi gamma sabían perfectamente lo que significaba que una humana hubiera pasado la noche en mi santuario y el aire de la habitación se saturó instantáneamente con la sumisión de mis subordinados ante la presencia de su Luna, aunque ella siguiera creyendo que esto era una reunión de junta directiva.
Hannah arqueó una ceja, cruzándose de brazos frente al plato de porcelana intacto.
Ethan soltó un imperceptible carraspeo, claramente fascinado por la audacia de la humana que desafiaba al alfa de la Costa Este en su propia mesa de desayuno. Marcus, por su parte, endureció la mandíbula, esperando mi orden para restablecer el orden feudal.
Apoyé los codos en la mesa, entrelazando los dedos justo debajo de mi barbilla, recortando la distancia hasta que mis ojos dorados se clavaron en los suyos avellana. La dinámica de una casa gobernada por un alfa no se basaba en la diplomacia, se basaba en la certeza.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 23.08.2026