El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 37

EL JUICIO DE LOS TIBURONES

HANNAH

Las puertas de cristal templado de la sala de juntas del piso doce de D'Santoro Enterprises se deslizaron con un siseo neumático que sonó exactamente como el escape de una cámara de descompresión. El ambiente aquí arriba olía a lo mismo que en todas las cúspides financieras, pero multiplicado por diez, tabaco de importación, alfombras que costaban lo mismo que un departamento en los suburbios de Boston y una ráfaga helada de aire acondicionado que pretendía mantener los egos a temperatura de congelación.

Frente a la imponente mesa de caoba estaban sentados los cuatro socios extranjeros del consorcio europeo. Hombres con expresiones esculpidas en mármol, cabellos canosos cortados al milímetro y trajes oscuros de tres piezas que gritaban "millones, muchos millones". Junto a ellos, dos de sus analistas principales revisaban gráficos en tabletas con la fijeza de cirujanos antes de una incisión.

Cuando Franco entró, la habitación entera pareció registrar una caída de la presión barométrica, los socios se incorporaron a medias, asintiendo con un respeto que rayaba en el temor reverencial hacia el alfa de la Costa Este. Yo caminé justo detrás de él, con la blusa de cachemira gris perfectamente ajustada, sosteniendo entre las manos una delgada tableta en lugar de mi desahuciada caja de cartón de ayer. Tatiana cerraba el grupo, con su traje blanco inmaculado y una expresión de gélida sumisión que pretendía ocultar el bocado de realidad que le había dado en el coche blindado.

  • Señor D'Santoro - habló el líder del consorcio, un hombre de mandíbula cuadrada y acento alemán impecable, extendiendo una mano hacia los informes impresos - Esperamos que la firma AHG Asociados haya sido debidamente purgada del memorando. Mis analistas han revisado los nuevos términos preliminares y exigimos la ratificación inmediata. No podemos permitirnos más retrasos por... exabruptos del personal menor de corretaje.

Franco no tomó asiento en la cabecera. Se quedó de pie, apoyando una mano sobre el respaldo de la silla principal, dejando que el destello dorado de sus pupilas barriera la mesa con una calma que hizo que los analistas extranjeros bajaran la vista por puro instinto de preservación.

  • La ratificación se firmará bajo las condiciones exactas con que fueron notificados esta mañana - sentenció Franco, y su voz llenó el espacio con una autoridad pesada y absoluta - Pero antes, quiero presentarles a la nueva Directora de Riesgo Global de D'Santoro Enterprises. La señorita Hannah SanMiguel. A partir de este segundo, ninguna fusión, adquisición o movimiento de capital en este imperio se ejecuta sin el sello y la aprobación suya.

El silencio que siguió a sus palabras fue histórico. Los cuatro socios europeos clavaron sus ojos grises en mí, recorriéndome de arriba abajo con una mezcla de absoluto asombro, desprecio aristocrático y horror corporativo. ¿Una simple y vulgar humana? ¿Una mujer menuda que vestía ropa de la firma y que ayer había sido escoltada como basura confidencial de AHG Asociados, ahora gobernaba el riesgo del imperio más grande de la Costa Este?.

  • ¿Es una broma, señor D'Santoro? - soltó el socio alemán, enarcando una ceja con una superioridad que me revolvió el estómago - Con todo el respeto, la señorita SanMiguel es la misma analista de rango medio que dinamitó la sesión de ayer con insultos ordinarios. Su perfil no figura en los registros de las grandes firmas de Wall Street. Poner el futuro de un acuerdo de cuarenta millones de dólares en manos de una civil sin rango ni linaje es una...
  • ¿Una soberana estupidez corporativa? - lo interrumpí, dando un paso al frente y deslizando mi tableta sobre la mesa de caoba con un golpe seco que resonó en toda la sala.

FRANCO

Un ronroneo sordo, profundo y cargado de una satisfacción territorial innegable vibró en el fondo de mi garganta. Mi lobo dio un vuelco salvaje dentro de mi pecho, irguiéndose en su sitio al ver que el camión sin frenos no había perdido ni un solo milímetro de su potencia destructiva frente a los tiburones de la vieja Europa.

Tatiana contuvo el aliento a mi espalda y los cuatro socios extranjeros se congelaron en sus asientos de piel, con las facciones tensas por el impacto de que una humana los interrumpiera sin pedir autorización de rango. El aroma en la sala de juntas cambió instantáneamente, el desprecio aristocrático de los lobos europeos colapsó ante la ráfaga ardiente de orgullo y audacia que Hannah desprendía bajo esa cachemira gris.

Su carótida latía a un ritmo frenético, sí, pero sus ojos avellana estaban fijos en el socio alemán con una fijeza letal que desafiaba cualquier protocolo internacional, la humana no les temia era como si esa falla biológica que le caracterizaba tampoco le hacía medir el peligro.

  • Miren, caballeros - continuó Hannah, arrastrando las palabras con una ironía tan afilada que pareció cortar el aire acondicionado de la sala - Vamos a ahorrarnos el debate sobre mi linaje, antepasados y mis credenciales de Wall Street. Si sus lobos analistas de Harvard hubieran hecho su trabajo, ustedes habrían estado a punto de ser absorbido por los pasivos de tres subsidiarias fantasma en las Islas Caimán antes del almuerzo de hoy. Así que abran la página 84 del informe modificado que tienen en sus pantallas. Ahora.

Los analistas del consorcio teclearon con dedos rígidos y torpes, intimidados por la presión barométrica que mi propia naturaleza de alfa ejercía sobre el espacio para asegurar el terreno de mi Luna.

  • Si observan el diferencial del flujo de caja proyectado para el primer trimestre -explicó Hannah, recortando la distancia hasta el borde de la mesa, apuntando a los gráficos con una precisión matemática impecable - la trampa fiscal que su división de seguridad consideraba "un acuerdo aceptable" les habría costado exactamente cuarenta y dos millones de dólares netos en pérdidas por depreciación de activos. Yo no tengo un apellido que asuste en los sectores oscuros pero sé leer letras pequeñas. Así que, o firman la ratificación con mis modificaciones en los próximos dos minutos o el señor D'Santoro y yo buscaremos a otros socios extranjeros que tengan el coeficiente intelectual lo suficientemente alto como para no tragarse el humo corporativo con empaque de oro. ¿Tienen alguna objeción matemática... o prefieren seguir auditando mi sastre?




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