EL JUICIO DE LOS TIBURONES
HANNAH
Las puertas de cristal templado de la sala de juntas del piso doce de D'Santoro Enterprises se deslizaron con un siseo neumático que sonó exactamente como el escape de una cámara de descompresión. El ambiente aquí arriba olía a lo mismo que en todas las cúspides financieras, pero multiplicado por diez, tabaco de importación, alfombras que costaban lo mismo que un departamento en los suburbios de Boston y una ráfaga helada de aire acondicionado que pretendía mantener los egos a temperatura de congelación.
Frente a la imponente mesa de caoba estaban sentados los cuatro socios extranjeros del consorcio europeo. Hombres con expresiones esculpidas en mármol, cabellos canosos cortados al milímetro y trajes oscuros de tres piezas que gritaban "millones, muchos millones". Junto a ellos, dos de sus analistas principales revisaban gráficos en tabletas con la fijeza de cirujanos antes de una incisión.
Cuando Franco entró, la habitación entera pareció registrar una caída de la presión barométrica, los socios se incorporaron a medias, asintiendo con un respeto que rayaba en el temor reverencial hacia el alfa de la Costa Este. Yo caminé justo detrás de él, con la blusa de cachemira gris perfectamente ajustada, sosteniendo entre las manos una delgada tableta en lugar de mi desahuciada caja de cartón de ayer. Tatiana cerraba el grupo, con su traje blanco inmaculado y una expresión de gélida sumisión que pretendía ocultar el bocado de realidad que le había dado en el coche blindado.
Franco no tomó asiento en la cabecera. Se quedó de pie, apoyando una mano sobre el respaldo de la silla principal, dejando que el destello dorado de sus pupilas barriera la mesa con una calma que hizo que los analistas extranjeros bajaran la vista por puro instinto de preservación.
El silencio que siguió a sus palabras fue histórico. Los cuatro socios europeos clavaron sus ojos grises en mí, recorriéndome de arriba abajo con una mezcla de absoluto asombro, desprecio aristocrático y horror corporativo. ¿Una simple y vulgar humana? ¿Una mujer menuda que vestía ropa de la firma y que ayer había sido escoltada como basura confidencial de AHG Asociados, ahora gobernaba el riesgo del imperio más grande de la Costa Este?.
FRANCO
Un ronroneo sordo, profundo y cargado de una satisfacción territorial innegable vibró en el fondo de mi garganta. Mi lobo dio un vuelco salvaje dentro de mi pecho, irguiéndose en su sitio al ver que el camión sin frenos no había perdido ni un solo milímetro de su potencia destructiva frente a los tiburones de la vieja Europa.
Tatiana contuvo el aliento a mi espalda y los cuatro socios extranjeros se congelaron en sus asientos de piel, con las facciones tensas por el impacto de que una humana los interrumpiera sin pedir autorización de rango. El aroma en la sala de juntas cambió instantáneamente, el desprecio aristocrático de los lobos europeos colapsó ante la ráfaga ardiente de orgullo y audacia que Hannah desprendía bajo esa cachemira gris.
Su carótida latía a un ritmo frenético, sí, pero sus ojos avellana estaban fijos en el socio alemán con una fijeza letal que desafiaba cualquier protocolo internacional, la humana no les temia era como si esa falla biológica que le caracterizaba tampoco le hacía medir el peligro.
Los analistas del consorcio teclearon con dedos rígidos y torpes, intimidados por la presión barométrica que mi propia naturaleza de alfa ejercía sobre el espacio para asegurar el terreno de mi Luna.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 23.08.2026