EL CALOR DE LA MANADA. SEGUNDA PARTE
HANNAH
El doctor Vance no me había mentido, pero definitivamente se había quedado corto. Decir que el suero causaría un ardor intenso era como describir un incendio forestal como un día caluroso. En el instante en que el líquido entró en mi torrente sanguíneo, sentí que me inyectaban lava directamente en las venas. El dolor fue tan agudo, tan fulminante y absoluto, que el poco aire que me quedaba en los pulmones se escapó en un jadeo ahogado.
Cerré los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta ver destellos de luz artificial en la oscuridad de mi mente. No lo pensé. Mi puente cerebro-boca se apagó por completo ante el sufrimiento físico, dejando que el instinto de supervivencia tomara el control de mis manos. Busqué calor. Busqué estabilidad. Busqué un ancla.
Deslicé mis dedos torpes por debajo de las solapas del abrigo y me aferré a la camisa de Franco con una fuerza que no sabía que poseía. Enterré las uñas en la tela de su pecho, pegando mi frente contra su hombro mientras un gemido de pura agonía moría en mi garganta. El dolor del suero corría por mis brazos, subía por mi cuello y me quemaba el pecho, pero el cuerpo de Franco permanecía inmóvil, sólido como una montaña de piedra en mitad de mi tormenta interna. Su calor animal, denso y sofocante, se convirtió en lo único real a lo que aferrarme.
FRANCO
El aroma a dolor puro y humano inundó la habitación golpeando mi nariz con la fuerza de un impacto físico. Sentí los dedos de Hannah enterrarse en mi pecho, desgarrando casi los botones de mi camisa, y supe que el suero de la manada estaba haciendo su trabajo reconstructivo de la manera más brutal posible. Mi lobo arañó mis costillas, exigiendo que apartara a Vance de un zarpazo, pero me obligué a mantener la mandíbula apretada.
Aprete a Hannah contra mí mientras escuchaba el ritmo frenético de su corazón estabilizándose a la fuerza por el químico. Sus dedos seguían firmemente enredados en mi camisa, y su rostro se mantenía oculto en el hueco de mi cuello, buscando de manera inconsciente la fuente del calor biológico que la estaba devolviendo a la vida. Su respiración, pesada y caliente por la fiebre inducida por el suero, me golpeaba la piel de la garganta, enviando oleadas de una posesividad salvaje directo a mi espina dorsal.
Me deslice sobre la cama acomodandola casi encima de mi mientras ella seguía aferrada manteniendo el contacto total de nuestros cuerpos a lo largo del colchón. El abrigo de lana nos envolvía a los dos. Con una mano, aparté con suavidad los mechones oscuros y húmedos que se le pegaban a la frente, observando cómo la rigidez de sus músculos empezaba a ceder ante el cansancio absoluto que seguía a la tortura del recalentamiento.
Poco a poco, la tensión de sus dedos en mi camisa comenzó a aflojarse. Sus manos cayeron lánguidas sobre mi pecho, su respiración se volvió profunda, acompasada y rítmica y el aroma a dolor en la habitación fue sustituido por el olor más pacífico y dulce del sueño profundo. Me quedé allí, suspendido sobre ella en la penumbra de mi santuario, escuchando el latido constante de su corazón contra el mío, sabiendo que el mundo exterior podía arder en la tormenta pero ella jamás saldría al mundo sin mi marca.
#5849 en Novela romántica
#1838 en Fantasía
#815 en Personajes sobrenaturales
jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 02.08.2026