El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 16

EL CALOR DE LA MANADA

HANNAH

El auricular chocó contra la base con un golpe seco. La respiración de Franco D'Santoro era profunda, lenta y tan cálida que me rozaba la frente. El espacio entre su pecho y el mostrador de mi cocina se había reducido a nada. Su aroma a bosque invernal y ozono me envolvía, nublándome el juicio.

  • Señor D'Santoro... - mi voz salió como un hilo, carente de toda la altivez que había presumido antes.
  • Franco - corrigió él. Su voz profunda vibró en mi pecho, como una caricia. Ya no trabajas para Ponce, SanMiguel y no tiene que usar títulos conmigo.

Tragué saliva, intentando recordar cómo se respiraba. Su cercanía era magnética, pero mi cerebro seguía procesando el hecho de que acababa de colgarle a la mujer más temida de mi universo.

  • Bien... Franco - dije, plantando mis manos en su pecho cubierto por el abrigo para empujarlo sutilmente. El tejido estaba húmedo y frío por la tormenta, pero debajo de la tela, su cuerpo irradiaba un calor casi sobrenatural - Está demasiado cerca y si voy a aceptar este trabajo, necesito poner mis condiciones. La primera es que no puede andar infartando a mis pretendientes,ni colgándole a mi madre.

Franco bajó la mirada hacia mis manos en su pecho. Una sonrisa de medio lado, peligrosa y posesiva, apareció en sus labios.

  • Ese imbécil no era un pretendiente, era un grillete. Y sobre su madre... considerelo un favor - replicó.

Iba a soltarle una réplica ingeniosa, pero un espasmo violento sacudió todo mi cuerpo. Mis dientes castañearon con fuerza, rompiendo mi fachada de mujer ruda. El frío de mis zapatos inundados y la ropa empapada finalmente le habían ganado la batalla a la adrenalina. Me abracé a mí misma, tiritando de forma incontrolable.

Franco frunció el ceño de golpe, sus ojos oscuros destellaron con una fijeza analítica. Llevó una de sus manos grandes y pálidas a mi mejilla, su piel se sentía helada en contraste con la mía que estaba hirviendo, como si tuviera fiebre alta, exhaló un siseo imperceptible que empezaba a sonar lejano.

Mi piel quemaba y algo dentro de él pareció reaccionar ante mi debilidad.

  • Está congelada, SanMiguel - sentenció, y su tono perdió toda la diversión, volviéndose puramente autoritaria y protectora - Quítese esa ropa empapada. Ahora mismo.
  • ¡¿Qué?! ¡Claro que no! - balbucee entre dientes temblorosos - No voy a desvestirme frente a mi posible nuevo jefe.
  • No me obligue a usar mi fuerza, Hannah. Vaya al baño, dese una ducha caliente y póngase algo seco. Yo me encargaré del resto.

Su mirada no admitía réplicas. Agotada, vencida por el frío y extrañamente reconfortada por el calor que emanaba de su sola presencia, asentí. Caminé hacia mi habitación a paso torpe, arrastrando mis zapatos llenos de agua, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda protectoramente.

Pero de pronto algo cambió, el piso empezó a desvanecerse bajo mis pies y busque la pared para poderme sostener, todo a mi alrededor empezo a sentirse irreal y lejano, se sentía como vibraciónes sorda que me sacudió la columna vertebral. Seguía flotando en una especie de limbo térmico, una fragancia a cedro y tormenta eléctrica me envolvía por completo.

Intenté mover una mano, pero el peso de una lana y la rigidez de mis propios músculos me lo impidieron. Estaba atrapada. No solo por la manta improvisada, sino por los brazos de Franco, que me mantenían firmemente pegada contra su costado.

No se si pasaron horas o minutos, pero solo sebti unas manos frias que se sentían diferente.

  • Déjeme revisar sus pupilas, señorita SanMiguel -dijo una voz madura que no reconocía - Mi nombre es Martin Vance, soy doctor.

Un hombre de cabello canoso y movimientos precisos sostenía una pequeña linterna médica, el doctor Vance extendió el brazo para acercar la luz a mi rostro, pero antes de que pudiera rozarme, un sonido áspero y amenazante cortó el aire.

Grrr...

No fue un sonido humano. Fue un gruñido bajo, una vibración cavernícola que nació directamente del pecho de Franco y que hizo que el médico congelara el movimiento en el acto.

  • Franco, por favor - suspiró Vance, bajando la linterna con una paciencia que delataba que no era la primera vez que lidiaba con los arranques de aquel hombre - Necesito evaluar el daño neurológico de la segunda fase. Si no me dejas tocarla, no podré canalizar la vía para el suero térmico. Tu lobo tiene que replegarse cinco minutos.
  • Hazlo desde ahí - ordenó Franco. Su voz sonó extrañamente distorsionada, más densa y hostil de lo habitual - No le quites el abrigo. El frío residual sigue en su piel.

Me obligué a tragar saliva, sintiendo que un rastro de lucidez regresaba a mi cerebro gracias al calor sofocante que Franco me proporcionaba y el puente entre mi mente y mi boca intentó reactivarse con un hilo de voz tembloroso.

  • Doctor... - articulé - ñ Dígale a... su jefe... que su coeficiente intelectual está bajando al mismo ritmo que mi temperatura. Me está... asfixiando

FRANCO

La voz de Hannah, apenas un susurro cargado de su insoportable y adictiva insolencia, me obligaron a relajar sutilmente el agarre alrededor de su cintura, pero no la solté. Mi lobo arañaba las paredes de mi consciencia, con los ojos fijos en la mano extendida de Vance. El instinto me dictaba que cualquier aguja, cualquier intrusión externa en su cuerpo era una amenaza directa a lo que él ya había marcado como suyo.

  • Está recuperando la consciencia, eso es una buena señal - declaró Vance, ignorando mi hostilidad mientras deslizaba con extremo cuidado sus dedos por el pulso de la muñeca de Hannah, la única parte que sobresalía del abrigo + Pero el ritmo cardíaco sigue bajo. Franco. El tejido humano no soporta el recalentamiento brusco sin estabilización líquida.

Giré la cabeza hacia la mujer atrapada contra mi pecho. El tinte azul de sus labios había desaparecido, reemplazado por un rosa pálido que me resultó insultantemente atrayente. El aroma a seda mojada casi se había disipado, dejando al descubierto su olor natural, algo dulce, limpio y puramente humano que volvía loco el sentido del olfato de mi animal. Ella mantenía los ojos entornados, luchando activamente contra el cansancio que amenazaba con volver a dormirla.




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