EL CALOR DE LA MANADA
HANNAH
El auricular chocó contra la base con un golpe seco. La respiración de Franco D'Santoro era profunda, lenta y tan cálida que me rozaba la frente. El espacio entre su pecho y el mostrador de mi cocina se había reducido a nada. Su aroma a bosque invernal y ozono me envolvía, nublándome el juicio.
Tragué saliva, intentando recordar cómo se respiraba. Su cercanía era magnética, pero mi cerebro seguía procesando el hecho de que acababa de colgarle a la mujer más temida de mi universo.
Franco bajó la mirada hacia mis manos en su pecho. Una sonrisa de medio lado, peligrosa y posesiva, apareció en sus labios.
Iba a soltarle una réplica ingeniosa, pero un espasmo violento sacudió todo mi cuerpo. Mis dientes castañearon con fuerza, rompiendo mi fachada de mujer ruda. El frío de mis zapatos inundados y la ropa empapada finalmente le habían ganado la batalla a la adrenalina. Me abracé a mí misma, tiritando de forma incontrolable.
Franco frunció el ceño de golpe, sus ojos oscuros destellaron con una fijeza analítica. Llevó una de sus manos grandes y pálidas a mi mejilla, su piel se sentía helada en contraste con la mía que estaba hirviendo, como si tuviera fiebre alta, exhaló un siseo imperceptible que empezaba a sonar lejano.
Mi piel quemaba y algo dentro de él pareció reaccionar ante mi debilidad.
Su mirada no admitía réplicas. Agotada, vencida por el frío y extrañamente reconfortada por el calor que emanaba de su sola presencia, asentí. Caminé hacia mi habitación a paso torpe, arrastrando mis zapatos llenos de agua, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda protectoramente.
Pero de pronto algo cambió, el piso empezó a desvanecerse bajo mis pies y busque la pared para poderme sostener, todo a mi alrededor empezo a sentirse irreal y lejano, se sentía como vibraciónes sorda que me sacudió la columna vertebral. Seguía flotando en una especie de limbo térmico, una fragancia a cedro y tormenta eléctrica me envolvía por completo.
Intenté mover una mano, pero el peso de una lana y la rigidez de mis propios músculos me lo impidieron. Estaba atrapada. No solo por la manta improvisada, sino por los brazos de Franco, que me mantenían firmemente pegada contra su costado.
No se si pasaron horas o minutos, pero solo sebti unas manos frias que se sentían diferente.
Un hombre de cabello canoso y movimientos precisos sostenía una pequeña linterna médica, el doctor Vance extendió el brazo para acercar la luz a mi rostro, pero antes de que pudiera rozarme, un sonido áspero y amenazante cortó el aire.
Grrr...
No fue un sonido humano. Fue un gruñido bajo, una vibración cavernícola que nació directamente del pecho de Franco y que hizo que el médico congelara el movimiento en el acto.
Me obligué a tragar saliva, sintiendo que un rastro de lucidez regresaba a mi cerebro gracias al calor sofocante que Franco me proporcionaba y el puente entre mi mente y mi boca intentó reactivarse con un hilo de voz tembloroso.
FRANCO
La voz de Hannah, apenas un susurro cargado de su insoportable y adictiva insolencia, me obligaron a relajar sutilmente el agarre alrededor de su cintura, pero no la solté. Mi lobo arañaba las paredes de mi consciencia, con los ojos fijos en la mano extendida de Vance. El instinto me dictaba que cualquier aguja, cualquier intrusión externa en su cuerpo era una amenaza directa a lo que él ya había marcado como suyo.
Giré la cabeza hacia la mujer atrapada contra mi pecho. El tinte azul de sus labios había desaparecido, reemplazado por un rosa pálido que me resultó insultantemente atrayente. El aroma a seda mojada casi se había disipado, dejando al descubierto su olor natural, algo dulce, limpio y puramente humano que volvía loco el sentido del olfato de mi animal. Ella mantenía los ojos entornados, luchando activamente contra el cansancio que amenazaba con volver a dormirla.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 02.08.2026