RECLAMÓ DEL TERRITORIO.
HANNAH
Estaba frente a un hombre que medía casi un metro noventa, que exhalaba una autoridad salvaje y que para colmo tenía todo mi historial de delincuencia juvenil y desastres financieros servido en bandeja de plata gracias a mi madre.
Mi cerebro, que finalmente había decidido reconectarse tras el desbastador tsunami mental de la llamada de mi madre, empezó a gritar una sola palabra en bucle, Huye
Ya no me importaba la dignidad, ni el orgullo, ni el uno por ciento de amor propio que me había mantenido con la barbilla en alto frente a su beta y su gamma. La mención de Liam había abierto una grieta en mi armadura que amenazaba con dejarme expuesta en cualquier momento, y el frío de Seattle finalmente estaba haciendo estragos en mis huesos. Tenía los pies congelados, la blusa pegada a la espalda y una imperiosa necesidad de desaparecer de la faz de la tierra antes de que este tipo decidiera qué hacer conmigo.
Di dos pasos rápidos, pero Franco D'Santoro no se movió con la torpeza de un ejecutivo común. Se desplazó con una velocidad felina, fluida y aterradora, interponiéndose en mi camino antes de que yo pudiera dar tres zancadas mas hacia la libertad.
No me tocó, no lo necesitaba. Su mera cercanía física, el calor que emanaba de su cuerpo y ese aroma denso a cuero, tormenta y peligro bloquearon el aire a mi alrededor, obligándome a retroceder un paso.
Su voz ya no tenía la ironía de antes. Era un susurro barítono, espeso, cargado de una exigencia tan profunda que me vibró directo en el pecho. Sus ojos oscuros estaban fijos en los míos, pupilas dilatadas, analizándome como si pudiera leer las respuestas directamente en mi sistema nervioso.
Intenté amagar hacia la izquierda para pasarlo, pero él repitió el movimiento, manteniéndose firmemente plantado como una muralla de piedra negra frente a mí. La distancia entre nosotros se redujo a menos de un metro. Podía ver el sutil latido de una vena en su cuello rígido. Estaba atrapada entre la espada y la pared con el hombre más peligroso de la ciudad.
FRANCO
El aroma a bochorno y fuego que Hannah había desplegado hace un momento se extinguió por completo, reemplazado por una oleada densa de ansiedad y un deseo ciego de escapar. Quería huir de mí, quería huir de mi oficina pero, sobre todo, quería huir del nombre que su madre había arrojado al aire como una soga dispuesta a arrastrarla de vuelta a su pasado.
Liam.
Mi lobo interno se revolvió en mis entrañas, soltando un gruñido sordo que logré contener detrás de mis dientes apretados. El instinto territorial, ese que controlo con precisión milimétrica cada segundo de mi vida, arañó la superficie. Ningún hombre iba a reclamar a un activo que estaba dentro de mis límites. Ningún extraño iba a dictar el destino de la mujer que acababa de dinamitar un acuerdo de cuarenta millones en mi propia cara y que ahora me miraba con una insolencia tan fascinante.
Disfruté ver cómo retenía el aliento, cómo sus ojos avellana se abrían con una mezcla de pánico y terquedad pura. Pude escuchar su corazón, desbocado, golpeando con fuerza contra su caja torácica. Estaba asustada de la intensidad que se había apoderado del despacho, pero su boca seguía buscando la forma de atacarme.
Se movió a la izquierda, felina pero torpe por el frío que desprendía su ropa húmeda. Di un paso firme, bloqueando su salida una vez más, quedando tan cerca que el aire que exhalaba me rozó la barbilla. Oler su frustración a esta distancia era embriagador.
La miré fijamente, desafiándola a dar un paso atrás, esperando a ver si la tormenta SanMiguel se disipaba o si terminaba de desatar su furia contra mí tal cómo lo había previsto.
#5849 en Novela romántica
#1838 en Fantasía
#815 en Personajes sobrenaturales
jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 02.08.2026