El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 10

RECLAMÓ DEL TERRITORIO.

HANNAH

Estaba frente a un hombre que medía casi un metro noventa, que exhalaba una autoridad salvaje y que para colmo tenía todo mi historial de delincuencia juvenil y desastres financieros servido en bandeja de plata gracias a mi madre.

Mi cerebro, que finalmente había decidido reconectarse tras el desbastador tsunami mental de la llamada de mi madre, empezó a gritar una sola palabra en bucle, Huye

Ya no me importaba la dignidad, ni el orgullo, ni el uno por ciento de amor propio que me había mantenido con la barbilla en alto frente a su beta y su gamma. La mención de Liam había abierto una grieta en mi armadura que amenazaba con dejarme expuesta en cualquier momento, y el frío de Seattle finalmente estaba haciendo estragos en mis huesos. Tenía los pies congelados, la blusa pegada a la espalda y una imperiosa necesidad de desaparecer de la faz de la tierra antes de que este tipo decidiera qué hacer conmigo.

  • Bien - dije, dando un paso lateral para empezar a caminar en dirección a la salida - Ya se divirtió. Ya tiene mi expediente completo para reírse con sus amigos millonarios en el club esta noche mientras se toman un par de copas. Así que, si me disculpa, me voy. Dejo mis carpetas como donación para el reciclaje de su empresa.

Di dos pasos rápidos, pero Franco D'Santoro no se movió con la torpeza de un ejecutivo común. Se desplazó con una velocidad felina, fluida y aterradora, interponiéndose en mi camino antes de que yo pudiera dar tres zancadas mas hacia la libertad.

No me tocó, no lo necesitaba. Su mera cercanía física, el calor que emanaba de su cuerpo y ese aroma denso a cuero, tormenta y peligro bloquearon el aire a mi alrededor, obligándome a retroceder un paso.

  • ¿Quién es Liam? - preguntó.

Su voz ya no tenía la ironía de antes. Era un susurro barítono, espeso, cargado de una exigencia tan profunda que me vibró directo en el pecho. Sus ojos oscuros estaban fijos en los míos, pupilas dilatadas, analizándome como si pudiera leer las respuestas directamente en mi sistema nervioso.

  • No es de su incumbencia - respondí, apretando los dientes para que no me traicionara el temblor de la mandíbula - Mi vida privada no venía incluida en el análisis técnico que saboteé esta mañana. Con permiso, señor D'Santoro. Tengo un metro que tomar y una situación a la que hacerle frente.

Intenté amagar hacia la izquierda para pasarlo, pero él repitió el movimiento, manteniéndose firmemente plantado como una muralla de piedra negra frente a mí. La distancia entre nosotros se redujo a menos de un metro. Podía ver el sutil latido de una vena en su cuello rígido. Estaba atrapada entre la espada y la pared con el hombre más peligroso de la ciudad.

FRANCO

El aroma a bochorno y fuego que Hannah había desplegado hace un momento se extinguió por completo, reemplazado por una oleada densa de ansiedad y un deseo ciego de escapar. Quería huir de mí, quería huir de mi oficina pero, sobre todo, quería huir del nombre que su madre había arrojado al aire como una soga dispuesta a arrastrarla de vuelta a su pasado.

Liam.

Mi lobo interno se revolvió en mis entrañas, soltando un gruñido sordo que logré contener detrás de mis dientes apretados. El instinto territorial, ese que controlo con precisión milimétrica cada segundo de mi vida, arañó la superficie. Ningún hombre iba a reclamar a un activo que estaba dentro de mis límites. Ningún extraño iba a dictar el destino de la mujer que acababa de dinamitar un acuerdo de cuarenta millones en mi propia cara y que ahora me miraba con una insolencia tan fascinante.

  • ¿Quién es Liam? - le exigí, acortando la distancia de manera deliberada.

Disfruté ver cómo retenía el aliento, cómo sus ojos avellana se abrían con una mezcla de pánico y terquedad pura. Pude escuchar su corazón, desbocado, golpeando con fuerza contra su caja torácica. Estaba asustada de la intensidad que se había apoderado del despacho, pero su boca seguía buscando la forma de atacarme.

  • No es de su incumbencia - me espetó, intentando esquivarme con un movimiento rápido que intercepté sin el menor esfuerzo - Mi vida privada no venía incluida en el análisis técnico que saboteé esta mañana. Con permiso, señor D'Santoro. Tengo un metro que tomar y una situación a la que hacerle frente.

Se movió a la izquierda, felina pero torpe por el frío que desprendía su ropa húmeda. Di un paso firme, bloqueando su salida una vez más, quedando tan cerca que el aire que exhalaba me rozó la barbilla. Oler su frustración a esta distancia era embriagador.

  • En este edificio y en esta ciudad, todo lo que me interesa es de mi incumbencia, señorita SanMiguel - sentencié, bajando el tono hasta que fue una vibración áspera y dominante - Su madre dijo que ese hombre la está esperando. Dijo que regresara a donde pertenece. Y yo quiero saber si el camión sin frenos de la economía va a dar la vuelta y salir corriendo a esconderse detrás de un pasado como su plan de retiro y cambiar los informes financieros por pañales y una vida domesticada.... o si va a tener las agallas de quedarse a enfrentar las consecuencias de lo que provocó esta mañana.

La miré fijamente, desafiándola a dar un paso atrás, esperando a ver si la tormenta SanMiguel se disipaba o si terminaba de desatar su furia contra mí tal cómo lo había previsto.




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