DEPREDADOR EN LA SALA
Liam tragó saliva con fuerza. El miedo era evidente en sus ojos, pero el orgullo de niño rico y la humillación de verse pisoteado en mi propio apartamento lo empujaron a intentar ponerse digno. Se acomodó el cuello de su abrigo de marca y dio un paso al frente, inflando el pecho de manera patética.
Franco no se movió un solo milímetro, tampoco parpadeó en lugar de eso, una sonrisa helada, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. El aire acondicionado del apartamento pareció detenerse. El ambiente se volvió tan denso y pesado que juro que la presión me tapó los oídos. Fue entonces cuando Franco demostró sutilmente lo que realmente era.
No hubo una transformación salvaje, no hizo falta Franco inclinó ligeramente la cabeza, sus pupilas oscuras se dilataron de golpe, tragándose el iris en una negrura absoluta que destelló con un brillo dorado y salvaje bajo la luz de la lámpara. Sus facciones se endurecieron, volviéndose depredadoras y sus caninos se asomaron apenas un milímetro por debajo de su labio superior. Un gruñido de ultratumba, tan bajo que vibró más en las paredes y en nuestros huesos que en el propio aire, brotó de su pecho.
El efecto fue instantáneo, la sutil demostración de poder alfa golpeó el instinto de supervivencia de Liam. El color abandonó su rostro por completo, dejándolo pálido como un papel, sus piernas temblaron tanto que tuvo que apoyarse en la barra de la cocina. El sudor frío le perló la frente en un segundo. El instinto humano, ese que te dice que estás frente a una criatura que puede despedazarte en un pestañeo, le gritó que huyera.
Sin mirar atrás, agarró su paraguas y su cajita de terciopelo azul con manos temblorosas, pasó por el lado de Franco pegado a la pared como si temiera que el magnate fuera a morderlo, abrió la puerta del apartamento y salió corriendo por el pasillo a una velocidad ridícula. Franco cerro la puerta de golpe tras él.
Me quedé estática, mirando el lugar donde Liam había estado.
Franco relajó la postura, sus ojos volvieron a la normalidad en un parpadeo y fijó su mirada en mí, con una ceja levantada.
¡Riiing! ¡Riiing!
El estridente sonido del viejo teléfono fijo, colgado en la pared de la cocina, cortó la tensión de golpe. Me llevé una mano a la cabeza, sintiendo que el universo disfrutaba verme sufrir. Caminé hacia el aparato y levanté el auricular con resignación.
Me quedé con la boca abierta, Liam no llevaba ni treinta segundos en el ascensor y mi madre ya lo sabía todo.
De repente, una mano grande y firme apareció en mi campo de visión, Franco me arrebató el auricular del teléfono fijo de las manos con un movimiento suave pero implacable.
La sola idea de que ese imbécil de Liam pusiera un pie de regreso en mi entorno o de que volviera a tocarme, había sacado a Franco por completo de sus casillas. Su mandíbula estaba tan apretada que los músculos de su cuello se marcaban con fuerza. Se llevó el auricular a la oreja, bloqueando mi espacio personal con su cuerpo, atrapándome entre el mostrador y su pecho. Su aroma a bosque y peligro me inundó por completo.
Sin esperar respuesta, Franco estrelló el auricular contra la base, cortando la llamada de golpe. Se giró lentamente hacia mí, manteniéndose peligrosamente cerca, con sus ojos oscuros fijos en los míos.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 02.08.2026