ASUNTOS DE INCUMBENCIA
HANNAH
El pánico hizo que mi cerebro entrara en un modo de supervivencia completamente irracional. Me zafé del agarre de Franco de un tirón y me senté de golpe en la cama, gesticulando con las manos como si estuviera intentando espantar mosquitos.
Franco se reclinó contra la cabecera de la cama, entrelazando los dedos detrás de su nuca. No hizo el menor intento por cubrirse el torso esculpido. Al contrario, clavó sus ojos oscuros en mí, mirándome con una diversión tan descarada y peligrosa que me daban ganas de patearlo por debajo de las sábanas. Estaba disfrutando cada segundo de mi humillante tartamudeo.
Mi madre, sin embargo, ni siquiera pestañeó ante mi sarta de mentiras absurdas. Soltó un suspiro cargado de fastidio, cruzó los brazos y me miró con una frialdad implacable que me congeló las palabras en la garganta.
Se giró hacia Franco, evaluándolo de arriba abajo con una soberbia digna de la reina del terror.
Volvió a clavar sus ojos en mí, apuntándome con el dedo.
Sentí que el estómago se me revolvía del coraje. Iba a gritar, a protestar, a mandar todo al diablo, pero una vibración profunda y gélida interrumpió el aire de la habitación.
Franco se incorporó lentamente. La diversión desapareció de su rostro en un parpadeo, reemplazada por una seriedad implacable y territorial que hizo que el ambiente se volviera pesado. Sus ojos destellaron con ese peligroso brillo que ya conocía.
Pero mi madre no era un lobo de su manada. Era una madre armada con una llave de repuesto y una obsesión con Liam. Lejos de encogerse por el aura intimidante de Franco, mi madre dio un paso al frente, entornó los ojos y le plantó cara al Alfa de Alphas sin un ápice de miedo.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 02.08.2026