LAS CENIZAS DE LA VICTORIA
HANNAH
La puerta principal del apartamento se cerró con un golpe seco que retumbó en mis oídos como el eco de un disparo.
Mi madre se había ido, está vez para siempre. Había cumplido su amenaza, dejando tras de sí un rastro de silencio que se sentía más pesado y sofocante que cualquier tormenta.
Me mantuve rígida en el centro de la habitación. Sostuve la barbilla en alto, los hombros firmes y los puños apretados contra los costados. No parpadeé, no me moví. Mantuve la fachada de la gran ejecutiva independiente e inquebrantable durante diez, veinte, treinta segundos... midiendo el tiempo exacto que le tomaría a mi madre subirse al ascensor y desaparecer de mi edificio.
Solo cuando estuve completamente segura de que ya no había nadie en el pasillo, la fuerza se me evaporó del cuerpo de golpe.
Los hombros se me cayeron. Mis manos comenzaron a temblar de forma incontrolable y el aire me faltó en los pulmones, obligándome a abrazarme a mí misma para no desmoronarme directamente sobre el suelo.
En el umbral de la puerta, las siluetas de Marcus y Ethan se tensaron. El gamma bajó la mirada, claramente afectado por la repentina ola de dolor y tristeza que mi cuerpo humano estaba irradiando en la habitación, carraspeando con incomodidad.
Marcus y Ethan miraron a Franco, esperando una orden. El Alpha no apartaba sus ojos oscuros de mi rostro. Su mandíbula estaba apretada, analizando mi quiebre con una fijeza peligrosa. Tras un segundo de tensa evaluación, Franco asintió levemente hacia sus betas.
Los dos lobos obedecieron de inmediato, saliendo del apartamento en silencio y dejando la puerta entreabierta. Franco se mantuvo estático unos segundos más, devorando mi figura vulnerable con la mirada, antes de dar media vuelta y caminar hacia la salida con su porte aristocrático.
Clac.
La puerta se cerró de nuevo. Quedé completamente sola.
Me dejé caer de rodillas sobre la alfombra vieja de mi cuarto, tapándome la cara con las manos. Sabía perfectamente lo que acababa de hacer. Había ganado mi libertad, sí. Había asegurado un puesto millonario en la corporación más poderosa del continente. Pero el precio había sido devastador, había perdido a mi familia. Había quemado los puentes con mi propia sangre y una parte de mí la que aún buscaba la aprobación de la mujer que me dio la vida, se sentía completamente mutilada.
Y lo peor de todo, lo que realmente me desgarraba por dentro, era la maldita y brutal lucidez. Estaba perfectamente consciente de que mi madre tenía razón.
Tenía razón sobre mí. Yo era un desastre andante, un imán para el peligro que no sabía cuándo callarse la boca. Llevaba veintidós años arruinando cada oportunidad, saboteando mi estabilidad en pro de una justicia absurda que nadie me pedía. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que cometiera un error en D'Santoro Enterprises? ¿Cuánto antes de que mi bocota hablara de más frente a Franco y él decidiera deshacerse de mí, tirándome a la calle como Ponce?
Mi madre tenía razón estaba destinada a autodestruirme y esta vez, me había quedado sin una red de seguridad que fuera a sobornar a los guardias por mí.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 02.08.2026