LA ANATOMÍA DEL DESASTRE
FRANCO
No lo soporté más.
El sonido de su llanto ahogado, rompiéndose en mil pedazos detrás de esa delgada puerta de madera, fue el límite para mi lobo. Mi instinto territorial rugió con una fuerza salvaje, exigiendo tomar el control. Sin importarme las malditas reglas de etiqueta humanas o el espacio personal, giré el pomo con fuerza. La cerradura cedió con un chasquido sordo y empujé la puerta, entrando de nuevo a la habitación.
Hannah estaba en medio de la habitación de rodillas en el suelo con la cara oculta entre las manos y los hombros sacudiéndose por los sollozos. Al escuchar mis pasos pesados, levantó la cabeza de golpe. Sus ojos castaños estaban enrojecidos, empañados por las lágrimas y las mejillas le ardían de frustración.
Al verme ahí de pie, su expresión de dolor se transformó en una chispa de pura rabia defensiva. Se puso de pie de un salto, limpiándose la cara con el dorso de la mano con brusquedad.
Caminé hacia ella con pasos lentos e implacables, cerrando la puerta a mis espaldas sin apartar mis ojos oscuros de los suyos. El olor a tristeza que desprendía era tan denso que casi podía saborearlo y me rehusaba a dejarla sola en ese estado.
Hannah soltó una carcajada amarga, seca, que sonó como un quejido. Dio un paso atrás, extendiendo los brazos y señalando su ropa vieja, la taza de té y finalmente, a sí misma.
Di un paso firme al frente, acortando la distancia que ella había puesto entre nosotros. La atrapé por los hombros con mis manos grandes, sosteniéndola con firmeza pero sin lastimarla, obligándola a anclarse a mi calor y a detener su espiral de pánico.
Hannah tragó saliva, con los labios temblando, intentando apartar la mirada, pero no se lo permití.
Hannah se quedó estática bajo el agarre de mis manos, respirando de forma agitada. El magnetismo entre nosotros se volvió tan espeso que el aire pareció chisporrotear. El llanto se detuvo, reemplazado por una confusión ardiente que brillaba en el fondo de sus pupilas enrojecidas. El monstruo del pantano estaba listo para volver a pelear, y esta vez, yo iba a ser su escudo.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 02.08.2026