El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 25

LA OFERTA DEL LOBO

HANNAH

Mis hombros seguían atrapados bajo el peso de sus manos. La intensidad de sus palabras esa ridícula y maravillosa forma de transformar mis peores defectos en una ventaja competitiva me golpeó directo en el pecho. Me quedé mirándolo, estática, con la respiración alterada y los labios apenas entreabiertos.

El magnetismo salvaje que desprendía me nubló las pocas ideas lógicas que me quedaban por un segundo, el dolor por el abandono de mi madre pasó a segundo plano. Toda mi atención se concentró en la calidez de su piel, en la negrura de sus ojos oscuros y en la abrumadora seguridad que proyectaba.

En un arrebato impulsivo, incapaz de contenerme y necesitando desesperadamente anclarme a algo real, di un paso al frente. Reduje los escasos centímetros que nos separaban y enterré la cara directamente en el hueco de su cuello.

Me aferré a la tela de su camisa negra con los dedos temblorosos.

Franco se tensó por completo pude escuchar el instante exacto en el que su respiración se detuvo y los latidos de su corazón dieron un vuelco violento contra sus costillas. El aire pareció chisporrotear a nuestro alrededor. Esperaba que me apartara, que el gran Alfa pusiera límites ante el descarado atrevimiento de una humana deshecha.

No lo hizo.

Un segundo después, Franco exhaló un suspiro profundo. Sus manos grandes subieron desde mis hombros hacia mi espalda, rodeándome con una fuerza implacable que casi me despegó del suelo, me apretó contra su pecho ardiente, hundiéndose en mi cabello. Su calor me envolvió como una armadura invisible, calmando el frío de mi cuerpo y el vacío de mi mente. Fue un momento de cercanía tan inesperado, tan íntimo y crudo, que todo a nuestro alrededor pareció desvanecerse.

  • Es usted una criatura sumamente complicada, SanMiguel - murmuró contra mi oído, y su voz profunda vibró directo en mis huesos.
  • Te lo advertí - susurré sin separarme, aspirando su olor a bosque y ozono - Te advertí que soy un caso propenso al desastre.

Franco soltó una risa baja, un sonido ronco que me recorrió la columna. Me tomó de la barbilla con suavidad, obligándome a levantar la cabeza para volver a mirarlo. La diversión había regresado a sus ojos, pero esta vez venía acompañada de una fijeza posesiva.

  • Un desastre que ahora está bajo mi supervisión - sentenció, soltándome lentamente pero manteniéndose peligrosamente cerca - Y como su nuevo jefe, no pienso permitir que mi Consultora Principal de Riesgos viva en un lugar donde la seguridad es un chiste y cualquier persona con una llave de repuesto puede llegar a irrumpir su descanso.

Fruncí el ceño, limpiándome el rastro de la última lágrima.

  • ¿De qué estás hablando? Mi apartamento está perfectamente bien.
  • Su apartamento es una caja de cerillas con cerraduras obsoletas, SanMiguel - replicó Franco, cruzando los brazos mientras recuperaba su porte aristocrático - Su madre tiene la llave, el prometido idiota sabe dónde duerme y la red de chismes vecinal de su madre se entera de lo que hace antes de que usted misma lo procese. No es eficiente, ni seguro.
  • Bueno, es lo que puedo pagar con mi presupuesto de desempleada - protesté, cruzando los brazos a mi vez.
  • Ya no está desempleada y no le estoy pidiendo que pague nada - Franco dio un paso hacia la puerta y la abrió por completo, revelando el pasillo vacío—. Recoja lo que sea importante para usred, se viene conmigo.
  • ¡¿Qué?! ¡Claro que no! No voy a mudarme a la casa de mi jefe al segundo día de conocerlo. ¿Qué clase de consultora crees que soy?

Franco se detuvo en el umbral, girándose para mirarme con una sonrisa de medio lado que me erizó la piel. Sus pupilas destellaron con ese sutil brillo dorado del lobo que sabe que ya ganó la discusión.

  • No se va a mudar a la casa de su jefe, SanMiguel. Se va a alojar en el ala de invitados de la residencia D'Santoro, donde mis betas, mi equipo de seguridad y yo podemos asegurar que esté intacta. Considérelo una cláusula de protección de activos de la empresa. No acepto un no por respuesta, tiene cinco minutos para empacar o la cargaré yo mismo hasta el auto. El reloj corre.




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