LA OFERTA DEL LOBO
HANNAH
Mis hombros seguían atrapados bajo el peso de sus manos. La intensidad de sus palabras esa ridícula y maravillosa forma de transformar mis peores defectos en una ventaja competitiva me golpeó directo en el pecho. Me quedé mirándolo, estática, con la respiración alterada y los labios apenas entreabiertos.
El magnetismo salvaje que desprendía me nubló las pocas ideas lógicas que me quedaban por un segundo, el dolor por el abandono de mi madre pasó a segundo plano. Toda mi atención se concentró en la calidez de su piel, en la negrura de sus ojos oscuros y en la abrumadora seguridad que proyectaba.
En un arrebato impulsivo, incapaz de contenerme y necesitando desesperadamente anclarme a algo real, di un paso al frente. Reduje los escasos centímetros que nos separaban y enterré la cara directamente en el hueco de su cuello.
Me aferré a la tela de su camisa negra con los dedos temblorosos.
Franco se tensó por completo pude escuchar el instante exacto en el que su respiración se detuvo y los latidos de su corazón dieron un vuelco violento contra sus costillas. El aire pareció chisporrotear a nuestro alrededor. Esperaba que me apartara, que el gran Alfa pusiera límites ante el descarado atrevimiento de una humana deshecha.
No lo hizo.
Un segundo después, Franco exhaló un suspiro profundo. Sus manos grandes subieron desde mis hombros hacia mi espalda, rodeándome con una fuerza implacable que casi me despegó del suelo, me apretó contra su pecho ardiente, hundiéndose en mi cabello. Su calor me envolvió como una armadura invisible, calmando el frío de mi cuerpo y el vacío de mi mente. Fue un momento de cercanía tan inesperado, tan íntimo y crudo, que todo a nuestro alrededor pareció desvanecerse.
Franco soltó una risa baja, un sonido ronco que me recorrió la columna. Me tomó de la barbilla con suavidad, obligándome a levantar la cabeza para volver a mirarlo. La diversión había regresado a sus ojos, pero esta vez venía acompañada de una fijeza posesiva.
Fruncí el ceño, limpiándome el rastro de la última lágrima.
Franco se detuvo en el umbral, girándose para mirarme con una sonrisa de medio lado que me erizó la piel. Sus pupilas destellaron con ese sutil brillo dorado del lobo que sabe que ya ganó la discusión.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 02.08.2026