EL SANTUARIO DE LOS LOBOS
HANNAH
El viaje en el auto se había desarrollado en un silencio tenso, roto únicamente por el zumbido de los limpiaparabrisas barriendo los restos de la tormenta. Pero nada de lo que imaginé en el camino me preparó para lo que vi cuando los enormes portones de hierro forjado se abrieron.
La residencia D'Santoro no era una casa grande, era una fortaleza de piedra negra y cristal que se alzaba en medio de un bosque privado a las afueras de la ciudad. El lugar gritaba poder, opulencia y un peligro ancestral que me erizó los vellos de la nuca en cuanto bajé del vehículo, aferrando mi maleta.
Franco caminaba a mi lado con una parsimonia imponente, su sola presencia dictaba el ritmo de todo el lugar pero lo que realmente me congeló la sangre no fue la arquitectura gótica y moderna de la mansión, sino el comité de bienvenida.
A lo largo del enorme vestíbulo de mármol, varias personas se habían detenido en seco al vernos entrar. No vestían trajes corporativos. Llevaban ropa cómoda, oscura, pero todos compartían algo que me hizo tragar saliva, una postura rígidamente perfecta y unas miradas tan intensas y fijas que sentí que me estaban escaneando los órganos. Era la manada. Lobos de élite que protegían el corazón del imperio de Franco.
Tanya, la asistente perfecta que había arruinado mi entrada al piso presidencial el día anterior, estaba allí. Al verme entrar junto a su Alpha, sus fosas nasales se dilataron de golpe, captando el aire con un sigo de profundo desprecio y sospecha. Cruzó los brazos, luciendo como una modelo lista para desatar una ejecución.
Sentí el impulso de encogerme, de dar media vuelta y regresar a mi apartamento pero antes de que el pánico me ganara, Franco se detuvo.
No dijo una sola palabra, pero su energía cambió en un pestañeo. Una ráfaga de magnetismo opresivo barrió el vestíbulo. Franco giró lentamente la cabeza hacia la loba que había hablado y sus pupilas destellaron con ese gélido brillo dorado que hacía temblar los huesos. El silencio que cayó sobre la manada fue tan absoluto que se habría escuchado caer un alfiler. Uno a uno, los lobos de élite bajaron la cabeza, sumisos ante la silenciosa advertencia de su líder. Tanya apretó los dientes, retrocediendo un paso.
El gamma dio un paso al frente con una sonrisa amable, aliviando la brutal presión del ambiente. Miré a Franco por un segundo, encontrando una fijeza posesiva en sus ojos oscuros que extrañamente, me hizo sentir más segura que en cualquier otro lugar del mundo. Caminé detrás de Ethan, consciente de que acababa de entrar al nido del depredador pero por primera vez, no quería huir.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 02.08.2026