EL CIERRE DE LA ECUACIÓN
HANNAH
El silencio que se instaló en la sala de juntas tras mi última palabra fue tan denso que casi podías escuchar los engranajes de los relojes de diseñador de los socios deteniéndose por el shock. Los analistas del consorcio tenían los ojos pegados a las pantallas, tecleando con una timidez que rozaba el pánico, buscando desesperadamente un error, una coma mal puesta o una falla en mis proyecciones que les permitiera salvar el pellejo frente a sus jefes.
No encontraron nada, absolutamente nada. Las matemáticas no tienen moral, no tienen rango y para su desgracia, tampoco tienen piedad.
El socio alemán se quedó con la pluma estilográfica suspendida a un centímetro del papel, con la mandíbula tan rígida que parecía de piedra. Su mirada gris se movió de los gráficos de la pantalla a mi rostro y luego, con una lentitud cargada de una sumisión forzada que debió costarle cada gramo de su orgullo aristocrático, se fijó en Franco.
El socio alemán parpadeó, atónito, pero no se atrevió a protestar. Sabía perfectamente que si se levantaba de esa mesa y rompía la alianza, el imperio D’Santoro se comería sus acciones de mercado antes del cierre de Wall Street. Con un suspiro pesado que sonó a rendición corporativa absoluta, bajó la mano y estampó su firma en el memorando de entendimiento modificado. Los otros tres socios europeos lo siguieron en un efecto dominó silencioso, firmando las copias digitales con dedos rígidos.
Ratificado. Cerrado. Cuarenta millones de dólares salvados de la quema.
Los analistas extranjeros cerraron sus tabletas de golpe y el comité completo se puso de pie, haciendo una reverencia rígida antes de salir de la sala con la velocidad de quien huye de una jaula de depredadores. Las puertas de cristal templado se cerraron tras ellos con su siseo neumático habitual, dejándonos a solas.
Solté una exhalación larga, sintiendo que el cachemira gris de mi blusa finalmente dejaba de quemarme la piel por la adrenalina. Me giré despacio hacia Franco, cruzándome de brazos y enarcando una ceja.
FRANCO
Un rugido sordo, una vibración de pura victoria territorial y orgullo salvaje nació en mi pecho, sacudiéndome las costillas. Mi lobo estaba de pie en la superficie de mi consciencia, con los ojos encendidos en un oro absoluto, reclamando el espacio, la mesa de caoba y a la mujer menuda que acababa de arrodillar a un consorcio de lobos multimillonarios con un solo informe financiero.
Tatiana, que seguía de pie junto a la puerta, dio un paso atrás, bajando la cabeza de forma automática ante la ráfaga de dominación biológica que mi naturaleza estaba liberando en la sala. El aroma de Hannah ese fuego ardiente mezclado con la fragancia dulce de su victoria inundó mis pulmones, obliterando cualquier rastro del perfume de los europeos.
Caminé despacio alrededor de la mesa de caoba, recortando la distancia entre los dos hasta que la obligué a inclinar la cabeza hacia atrás para sostener mi mirada. El camión sin frenos acababa de darle a mi imperio su mayor triunfo del trimestre, y lo había hecho vistiendo mi ropa y bajo mis sábanas.
Extendí la mano y rompiendo el protocolo que la mesa de juntas exigía, deslicé mis dedos por la línea de su mandíbula, sintiendo el calor de su piel respondiendo al contacto de mi naturaleza de alfa.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 23.08.2026