El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 38

EL CIERRE DE LA ECUACIÓN

HANNAH

El silencio que se instaló en la sala de juntas tras mi última palabra fue tan denso que casi podías escuchar los engranajes de los relojes de diseñador de los socios deteniéndose por el shock. Los analistas del consorcio tenían los ojos pegados a las pantallas, tecleando con una timidez que rozaba el pánico, buscando desesperadamente un error, una coma mal puesta o una falla en mis proyecciones que les permitiera salvar el pellejo frente a sus jefes.

No encontraron nada, absolutamente nada. Las matemáticas no tienen moral, no tienen rango y para su desgracia, tampoco tienen piedad.

El socio alemán se quedó con la pluma estilográfica suspendida a un centímetro del papel, con la mandíbula tan rígida que parecía de piedra. Su mirada gris se movió de los gráficos de la pantalla a mi rostro y luego, con una lentitud cargada de una sumisión forzada que debió costarle cada gramo de su orgullo aristocrático, se fijó en Franco.

  • Los números... - empezó a decir el alemán, con la voz notablemente menos firme que hace dos minutos, tragándose el acento de superioridad - Los números de la señorita SanMiguel son... exactos. El diferencial que hubieran depositado en las islas Caimán es real. El pasivo por depreciación nos habría arrastrado a un arbitraje internacional en menos de seis meses.
  • Lo sabemos - respondió Franco desde mi espalda, con ese barítono pausado que cayó sobre la mesa como una losa de concreto - Por eso es mi Directora de Riesgo Global y por eso su tiempo cuesta diez millones de dólares más a partir de este segundo.

El socio alemán parpadeó, atónito, pero no se atrevió a protestar. Sabía perfectamente que si se levantaba de esa mesa y rompía la alianza, el imperio D’Santoro se comería sus acciones de mercado antes del cierre de Wall Street. Con un suspiro pesado que sonó a rendición corporativa absoluta, bajó la mano y estampó su firma en el memorando de entendimiento modificado. Los otros tres socios europeos lo siguieron en un efecto dominó silencioso, firmando las copias digitales con dedos rígidos.

Ratificado. Cerrado. Cuarenta millones de dólares salvados de la quema.

Los analistas extranjeros cerraron sus tabletas de golpe y el comité completo se puso de pie, haciendo una reverencia rígida antes de salir de la sala con la velocidad de quien huye de una jaula de depredadores. Las puertas de cristal templado se cerraron tras ellos con su siseo neumático habitual, dejándonos a solas.

Solté una exhalación larga, sintiendo que el cachemira gris de mi blusa finalmente dejaba de quemarme la piel por la adrenalina. Me giré despacio hacia Franco, cruzándome de brazos y enarcando una ceja.

  • Bueno, señor D'Santoro - solté, permitiendo que un atisbo de mi ironía habitual regresara a mis labios - Sus lobos europeos resultaron ser bastante dóciles cuando se les confronta con la realidad contable. Supongo que ya gané mi derecho a recuperar mi taza negra de la oficina.

FRANCO

Un rugido sordo, una vibración de pura victoria territorial y orgullo salvaje nació en mi pecho, sacudiéndome las costillas. Mi lobo estaba de pie en la superficie de mi consciencia, con los ojos encendidos en un oro absoluto, reclamando el espacio, la mesa de caoba y a la mujer menuda que acababa de arrodillar a un consorcio de lobos multimillonarios con un solo informe financiero.

Tatiana, que seguía de pie junto a la puerta, dio un paso atrás, bajando la cabeza de forma automática ante la ráfaga de dominación biológica que mi naturaleza estaba liberando en la sala. El aroma de Hannah ese fuego ardiente mezclado con la fragancia dulce de su victoria inundó mis pulmones, obliterando cualquier rastro del perfume de los europeos.

  • Tatiana. Déjanos - ordené sin apartar mis ojos dorados de las pupilas avellana de Hannah.
  • Sí, señor D'Santoro - susurró mi asistente, deslizándose fuera de la habitación con una rapidez que delataba su urgencia por escapar de la presión barométrica del alfa. El cerrojo digital de la puerta se activó con un clic definitivo.

Caminé despacio alrededor de la mesa de caoba, recortando la distancia entre los dos hasta que la obligué a inclinar la cabeza hacia atrás para sostener mi mirada. El camión sin frenos acababa de darle a mi imperio su mayor triunfo del trimestre, y lo había hecho vistiendo mi ropa y bajo mis sábanas.

  • Tu taza ya está en el escritorio de tu nueva oficina, Hannah - dije, bajando la voz a un susurro áspero, denso y cargado de una posesividad que hizo que su pulso volviera a dar un vuelco desbocado contra su carótida - Pero no cantes victoria tan rápido. Los depredadores de la Bolsa son fáciles de domar con matemáticas. Sin embargo, el verdadero riesgo global de este imperio no está en la página 84.

Extendí la mano y rompiendo el protocolo que la mesa de juntas exigía, deslicé mis dedos por la línea de su mandíbula, sintiendo el calor de su piel respondiendo al contacto de mi naturaleza de alfa.

  • Tu madre tenía razón en algo, eres biológicamente incapaz de ignorar cuando algo no es tu asunto. Y ahora que eres mía de forma legal, todo lo que te ocurra en esta ciudad es un asunto mío. Despídete de tu martes cualquiera, Directora SanMiguel. Tu nueva vida bajo mis términos acaba de comenzar, y te aseguro que este contrato no tiene fecha de expiración.




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