El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 29

CALOR Y POSESIÓN

HANNAH

El teléfono quedó olvidado en la mesa, pero la tormenta en los ojos de Franco apenas comenzaba dio un paso al frente, implacable. El pánico preexiste por los mensajes de Liam y la brutal demostración de poder que acababa de presenciar me hicieron dar un paso atrás por puro instinto humano, pero no llegué lejos. Mi espalda chocó directamente contra la fría superficie de la pared de piedra negra del pasillo. Franco acortó la distancia en un pestañeo, plantó ambas manos a los lados de mi cabeza, acorralándome por completo contra el muro, atrapándome en el espacio existente entre la piedra y su cuerpo ardiente.

Su cercanía era abrumadora, estaba tan cerca que podía sentir el calor abrasador que irradiaba su piel, un calor de manada que contrastaba violentamente con el frío de la pared y con los temblores que aún sacudían mis hombros.

  • Fr-Franco... - mi voz salió como un soplido, perdiendo todo el descaro que tanto me caracterizaba.

Él no respondió con palabras. Inclinó la cabeza lentamente, hundiendo su rostro en el espacio entre mi oreja y mi cuello. Sus fosas nasales se dilataron de golpe, aspirando profundamente el aire.

En ese instante entendí que su lobo interno se volvia completamente loco. El olor que yo desprendía actuó como el detonante más peligroso para su instinto, escuché un gruñido sordo, posesivo y hambriento vibrar con fuerza dentro de su pecho, un sonido animal que me recorrió la columna como una descarga eléctrica. Franco frotó sutilmente su mandíbula contra la mía, marcándome con su aroma, reclamando cada centímetro de mi piel en un acto puramente salvaje.

  • Estás temblando, SanMiguel - susurró contra mi cuello, y su aliento caliente me erizó la piel.
  • Es por el... el aire acondicionado - mentí, clavando mis dedos en la tela de su playera negra, hundiéndome en su calor porque mi cuerpo se negaba a apartarlo.
  • Mientes - Franco levantó la cabeza, obligándome a sostener la mirada de sus ojos dorados. Una de sus manos grandes y cálidas subió por mi cuello, acunando mi mejilla con una delicadeza que no encajaba con el monstruo territorial que era - Tu miedo me está volviendo loco, Hannah, mi lobo detesta verte pequeña. Detesta que pienses que estás sola.

Presionó su cuerpo un milímetro más contra el mío, transmitiéndome todo su calor derritiendo el hielo de mis inseguridades en un segundo. Era una jaula, sí, pero era la jaula más segura del maldito planeta.

  • Ese infeliz no va a volver a tocarte. Tu familia no va a volver a humillarte. Estás en mi territorio ahora, bajo mi protección - sentencio con una fijeza posesiva que me robó el aliento - Y de mi lado, nadie puede hacerte daño. Duerme, Hannah. Mañana destruiremos al mundo si quieres pero esta noche... esta noche eres mía.

FRANCO

Enterré los dedos en su cintura, asegurando su posición contra mí. Podía sentir el calor biológico estabilizándose entre los dos, una mezcla perfecta de su fragancia a lluvia limpia y mi ozono.

  • Disfruta del silencio, SanMiguel - añadí, cerrando los ojos de nuevo, pero sin aflojar un solo milímetro la presión de mi brazo - Tienes un informe financiero de cuarenta millones de dólares esperándote en la mesa de noche, modificado según tus observaciones de la página 84. Si vas a usar esa lengua letal prefiero que sea para explicarme los números, no para intentar escapar de mi casa. Quédate quieta... o tengo una forma muy efectiva de mantenerte en silencio

HANNAH

La última frase de Franco D'Santoro se quedó flotando en el aire gris de la suite con la sutil delicadeza de una granada sin seguro. "O tengo una forma muy efectiva de mantenerte en silencio" .

Mi puente cerebro-boca, que usualmente habría reaccionado con un arsenal de tres párrafos de puro sarcasmo innato y referencias a las leyes de acoso laboral de Massachusetts, sufrió un colapso sistémico general, me quedé completamente muda. El problema no fue que mi mente se quedara sin palabras, sino que mi propio cuerpo decidió rebelarse de la manera más humillante y traicionera posible.

En lugar de tensarme por la indignación, una corriente de calor violento, espeso y completamente ajena a mi voluntad me recorrió la espina dorsal. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de Boston y mi pulso ese que Franco decía estar monitoreando con su ridícula precisión médica dio un vuelco drástico, acelerándose hasta golpear con fuerza contra mis costillas. Mis pulmones se olvidaron de cómo procesar el oxígeno, obligándome a soltar una exhalación entrecortada que delató mi absoluta falta de control a escasos centímetros de su mandíbula.

Para empeorar el desastre, la piel de mis brazos se erizó por completo ante la cercanía de su respiración caliente y mi cuerpo se presionó un poco más contra su pecho de forma totalmente involuntaria. Estaba bajo el microscopio biológico de un depredador y mi maldito sistema nervioso acababa de firmar un tratado de rendición incondicional sin mi autorización previa.

  • ¿Se te acabaron los sarcasmos, SanMiguel? -susurró Franco.

Apenas movió los labios, pero pude sentir la vibración de su risa baja contra mis omóplatos. No necesité verle a la cara para saber que esa sonrisa ladina, afilada y cargada de una oscura autosuficiencia, se había dibujado por completo en su rostro bien perfilado. Mi parálisis le resultaba deliciosamente obvia.




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