El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 30

EL NIDO DEL ALFA

FRANCO

El aroma de Hannah volvió a cambiar en un microsegundo y mi lobo soltó un ronroneo sordo, profundo y dominante que reverberó en todo mi pecho. La indignación que la habría hecho retorcerse entre mis brazos fue borrada por una fragancia nueva, pura y biológica una oleada de calor acelerado, sumada al aroma dulce y punzante de la turbación. Escuché el eco desbocado de su corazón. El ritmo rítmico del sueño fue sustituido por un galope frenético que delató su traición interna antes de que pudiera articular una sola palabra de defensa.

Sentí el espasmo de su columna contra mi pecho, la forma en que su respiración se contuvo y cómo su piel, antes helada comenzaba a registrar una temperatura que no venía del suero del doctor Vance, sino de mi propia cercanía.

Una sonrisa completa, franca y cargada de una satisfacción territorial innegable se dibujó en mis labios. La humana que ayer había dinamitado una negociación de cuarenta millones de dólares frente a mis betas con la barbilla en alto, la que me había comparado con un villano de película y me había ordenado hablarle a su cara, acababa de quedarse sin aduanas en su propio cuerpo. Su mente seguía intentando pelear, pero su biología ya me pertenecía.

  • Tu corazón va demasiado rápido, Hannah Abigail - le comenté, aflojando la presión de mi brazo solo un milímetro, lo suficiente para deslizar mis dedos de manera deliberada por la línea de su costilla, disfrutando de cómo se tensaba bajo la seda de mi camisa - El puente entre tu cerebro y tu boca parece haber sufrido un corte de energía pero el resto de ti está respondiendo perfectamente a mis términos.

Me incliné un poco más, aspirando el olor a lluvia limpia que aún emanaba de su cabello húmedo.

  • Estás a salvo de Liam, de tu madre y de cualquier otro ser - añadí - Pero no estás a salvo de mí a partir de hoy eres mía. Ahora, aprovecha que tu cuerpo decidió ser dócil por una vez y ven a mirar esos números y dime si el nuevo margen de riesgo de la página 84 te parece una soberana estupidez corporativa... o si finalmente vas a empezar a trabajar para mí bajo tus propias matemáticas.

HANNAH

"Pero no estás a salvo de mí a partir de hoy eres mía", esas palabras resonaban en mi mente.

Pero las palabras de Franco quedaron flotando en la penumbra del pasillo, cargadas de una promesa tan absoluta que me dejó sin respiración. Intenté procesar la fijeza posesiva de sus ojos dorados, pero mis piernas cansadas y el agotamiento emocional de las últimas veinticuatro horas finalmente cobraron su factura. Mis dedos resbalaron de su playera negra. El frío de la pared de piedra pareció calarme los huesos una vez más.

Antes de que pudiera dar un paso para regresar a mi habitación nuevamente el suelo desapareció bajo mis pies. Ahogué un grito de sorpresa cuando los brazos de Franco me rodearon con una facilidad pasmosa. Con un movimiento fluido y firme, me cargó en vilo, acomodándome contra su pecho como si yo no pesara absolutamente nada. Una de sus manos grandes se aferró a mis muslos por encima de la bata de seda gris, mientras que su otro brazo sostenía mi espalda con una fuerza implacable que me pegó por completo a su cuerpo ardiente.

  • ¡Franco! ¡Espérate, bájame! - protesté de golpe, sintiendo las mejillas arder a una temperatura volcánica mientras me aferraba a sus hombros anchos para no caerme - Puedo caminar sola, ya te dije que no soy una inválida.
  • Cállese, SanMiguel - respondió él, y su voz profunda arrastraba esa vibración ronca que me hacía cosquillas en la nuca - Mi lobo no tiene intenciones de dejarla sola leyendo mensajes de idiotas. Va a dormir donde yo pueda vigilarla.

No esperó a que le diera mi autorización. Franco dio media vuelta y caminó hacia las imponentes puertas talladas con relieves de lobos que yo había estado admirando minutos antes. Empujó una de ellas con el hombro y entramos a sus aposentos privados.

El santuario de Franco D'Santoro era exactamente lo que esperaba de él, enorme, minimalista y de una elegancia letal. Las paredes eran de madera oscura, había un ventanal gigante que mostraba el bosque exterior iluminado por los últimos destellos de la tormenta y en el centro, se alzaba una cama de dimensiones colosales vestida con sábanas negras. El olor a ozono, pino y poder era tan denso aquí dentro que sentí que se me subía a la cabeza de inmediato.

Caminó hacia la cama y me depositó sobre el colchón con una delicadeza extrema, una delicadeza que no encajaba en absoluto con el monstruo territorial que era. Intenté incorporarme de inmediato pero Franco se movió con rapidez felina. Se subió a la cama a mi lado, atrapándome de nuevo con sus brazos fuertes y jalándome por la cintura hacia su pecho. Se acomodó contra la cabecera, obligándome a reclinar la cabeza justo en el hueco de su hombro, envolviéndome por completo con su cuerpo y con la pesada colcha oscura.

Era como estar atrapada dentro de un horno humano. El calor sobrenatural de él me invadió en un segundo, derritiendo el frío y acallando la ansiedad de mi mente.

  • Franco... esto no es muy profesional - alcancé a susurrar, aunque mis manos se cerraron por puro instinto sobre su playera, negándome a apartarlo.
  • Mañana a las ocho de la mañana volveré a ser su jefe impecable si eso la tranquiliza, SanMiguel -murmuró contra mi cabello y escuché un último y pacífico gruñido de posesión vibrar en su pecho mientras sus brazos me apretaban un poco más- Pero esta noche, solo duerma. Está a salvo. Mi territorio, mis reglas.

Apoyé la mejilla en su pecho, escuchando el latido rítmico, fuerte y profundamente tranquilizador de su corazón. El eco de los insultos de Liam y los gritos de mi madre comenzó a desvanecerse en la oscuridad, reemplazado por la abrumadora certeza de que por primera vez en mi vida desastrosa, había alguien dispuesto a sostener el mundo por mí para que yo pudiera descansar. Mis ojos se cerraron y me dejé llevar por el sueño, flotando en el aroma del depredador que me había reclamado.




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