El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 39

EL CONTROL DEL RIESGO

HANNAH

Mis botas de gamuza arruinadas de ayer habían sido reemplazadas por unos tacones profesionales negros que Marcus había conseguido en tiempo récord. El sonido de mis pasos sobre el mármol del pasillo del piso veinticinco era firme, pero mi mente seguía intentando procesar el peso de las palabras de Franco en la sala de juntas. "Ahora que eres mía de forma legal, todo lo que te ocurra en esta ciudad es un asunto mío" .

Franco caminaba a mi lado con esa zancada fluida y depredadora que hacía que el personal de la firma se apartara de inmediato a los pasillos laterales. Se detuvo ante una puerta de cristal esmerilado situada justo en la esquina opuesta a su suite presidencial. La placa metálica dorada ya estaba atornillada junto al marco Hannah SanMiguel. Directora de Riesgo Global.

  • No solo los lobos de tu equipo legal trabajan rápido - comenté, cruzándome de brazos mientras él deslizaba su tarjeta magnética para abrir el acceso - Casi parece que tenías planeado que todo esto ocurriera antes de que el cartón de mi caja se derritiera en la acera.
  • Yo no planeo el caos, SanMiguel. Lo administro - respondió Franco, empujando la puerta para dejarme pasar.

La oficina era gigantesca, ventanales de piso a techo con una vista limpia del puerto de Boston, un escritorio de caoba maciza, sillones de cuero negro y una pantalla inteligente que ocupaba una pared entera. Pero mis ojos no se detuvieron en el lujo, se clavaron directamente en el centro del escritorio. Allí, impecable y fuera de todo protocolo ejecutivo, descansaba mi taza de cerámica negra con la inscripción en letras neón, Por favor, no me hables a menos que sea bajo tu propio riesgo. Junto a ella, mi engrapadora a medio usar y el portalápices de malla metálica completaban el cuadro.

  • Mi santuario del desastre - susurré, sintiendo una extraña calidez en el pecho al ver mis viejos trastos de analista de tercera categoría en mitad de tanta opulencia.
  • Te dije que estaría aquí - dijo Franco.

Escuché el sonido sutil de la puerta de cristal cerrándose a mis espaldas y el cerrojo digital activándose con un clic definitivo. El murmullo lejano de los teléfonos y los teclados del piso veinticinco desapareció de golpe. El aislamiento acústico era absoluto. Estábamos solos en un espacio privado que olía a madera nueva, cachemira y a esa tormenta eléctrica que Franco desprendía de forma territorial.

Me giré despacio, apoyando la cadera contra el borde del escritorio, intentando mantener una distancia profesional que se desmoronaba a cada segundo. Franco ya se había quitado el saco gris del traje, dejándolo sobre uno de los sillones. Se desabrochó los dos primeros botones de la camisa, arremangándose los puños con una calma lenta que me tensó los músculos del estómago.

  • Bueno, señor D'Santoro, ya tengo mi oficina, mis trastos y mi bono por manejo de crisis biológicas - articulé, y mi puente cerebro-boca intentó forzar una ironía que sonó ahogada por la falta de espacio - Supongo que ya puede regresar a su suite presidencial a gobernar el mundo. Yo tengo muchos informes que auditar para poder justificar lo mucho que me paga.

Franco no respondió con palabras. Dio un paso al frente, acortando la distancia con esa fluidez que me hacía sentir como un ciervo acorralado en mitad de la nieve. No se detuvo hasta quedar a escasos centímetros de mí, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. Su mirada oscura, encendida con ese destello dorado que mi biología ya empezaba a reconocer, bajó directo a mis labios.

FRANCO

El aroma de su oficina se saturó instantáneamente con su presencia. El cachemira gris que Marcus había traído abrazaba sus curvas de una manera que hacía que mi lobo rascara las paredes de mi consciencia, exigiendo romper el último rastro de decoro corporativo. Sentí cómo su pulso se aceleraba en el acto, un galope frenético que golpeaba mis oídos y que delataba su traición biológica antes de que su mente humana pudiera inventar otra excusa matemática.

Se apoyó contra el escritorio, intentando usar la ironía como un escudo pero la distancia entre los dos ya no se medía en términos ejecutivos. Era una distancia mínima.

  • El termostato de esta oficina está regulado exactamente a la temperatura que exigiste, Directora - dije, bajando la voz a un tono áspero, denso y cargado de una posesividad que hizo que el aire entre nuestras bocas se volviera espeso - Pero el frío residual ya no es tu problema. Tu pulso va demasiado rápido para alguien que solo quiere revisar informes financieros.

Extendí ambas manos y las apoyé sobre la madera del escritorio, a ambos lados de sus caderas, atrapándola en un círculo de acero del que no tenía la menor intención de dejarla escapar. Me incliné hacia adelante, reduciendo el espacio hasta que mi respiración chocó directamente contra sus labios, sintiendo el leve estremecimiento que recorrió su cuerpo.

  • Hsce dos días me dijiste que hablarle a una espalda de trescientos dólares te resultaba impersonal - le recordé, rozando sutilmente la punta de su nariz con la mía, saboreando el aroma a lluvia limpia y sumisión forzada que emanaba de su piel- Ahora me tienes de frente. En tu territorio, con el cerrojo echado. ¿Vas a usar esa boca sin aduanas para decirme que firmar este contrato fue otro error de cálculo... o vas a morder al alfa de una vez por todas para demostrarme que no eres dócil?

Hannah entreabrió los labios para soltar una réplica pero el aire se le escapó en un suspiro tembloroso cuando deslicé una de mis manos por la seda de su blusa, subiendo por su cintura hasta enredar mis dedos firmemente en su nuca. El destello dorado en mis pupilas se volvió absoluto. Mi lobo reclamaba su marca y en esta oficina no había socios extranjeros, ni comités de valores, ni llamadas de su madre que pudieran salvar al camión sin frenos del impacto definitivo.




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