El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 40

LÍMITES DE CONTROL

HANNAH

El calor de su mano en mi nuca era una corriente de alta tensión que me estaba nublando las pocas conexiones lógicas que le quedaban a mi cerebro. El destello dorado de sus ojos oscuros me tenía completamente hipnotizada, suspendida en ese microrregión de espacio donde los dos centímetros de distancia se sentían como un abismo a punto de tragarnos. El aroma a cedro, ozono y pura dominación animal me llenó los pulmones cuando entreabrí los labios. Todo mi sistema nervioso central estaba ondeando la bandera blanca de la rendición, suplicándole a mi cuerpo que se enredara en él como lo había hecho unas horas antes en las sábanas de seda negra.

"Es tu jefe, ahora es tu jefe de forma legal, Hannah. Trabajas para él. Eres su Directora de Riesgo Global".

La frase se encendió en mi mente con el destello rojo e histérico de un indicador de quiebra financiera.

El impacto de la cruda realidad me dio un bofetón de lucidez que me congeló las hormonas en el acto. A ver, un momento. El beso de la mañana había sido una anomalía térmica provocada por los efectos de la hipotermia y el suero volcánico del doctor Vance, un desliz justificado por la supervivencia. Pero esto... esto era el piso veinticinco de D'Santoro Enterprises con el contrato recién firmado y la placa dorada con mi nombre atornillada en la puerta.

Si cedía ahora, si dejaba que el alfa de la Costa Este me devorara el orgullo sobre mi propio escritorio en mi primer día de trabajo, habría validado todas las advertencias de mi madre. Me habría convertido exactamente en lo que Liam quería, una variable sumisa y dócil adaptada al sistema del jefe.

Y yo no era dócil. Yo era el camión sin frenos, un desastre andante, si asi querían catalogarme.

Haciendo acopio de un uno por ciento de fuerza de voluntad humana que ni yo misma sabía de dónde demonios estaba sacando, detuve el movimiento de mi cabeza antes de que nuestras bocas se estrellaran. Apoyé las palmas de mis manos firmemente contra su pecho, sintiendo el latido poderoso y acelerado de su corazón bajo la tela a medida de su camisa, y empujé con una rigidez matemática.

  • Alto ahí, vaquero de Wall Street - solté, logrando que mi voz recuperara su filo de ironía letal a escasos milímetros de sus labios, obligándolo a detener la embestida de su lobo por puro shock - Retroceda un paso completo y devuélvame mi espacio personal antes de que mi aduana financiera le cobre un impuesto por invasión de propiedad privada.

Franco enarcó una ceja, con el destello dorado de sus pupilas vibrando con una mezcla de sorpresa absoluta y una furia territorial contenida que hizo que sus dedos se tensaran imperceptiblemente en mi nuca. No se movió.

  • ¿Estás intentando ponerme límites en mi propio imperio, SanMiguel? -preguntó, bajando la voz a un susurro áspero que me rozó la boca con la fuerza de un desafío.
  • No estoy intentando, señor D'Santoro. Se los estoy poniendo - repliqué, sosteniendo su fijeza salvaje con mis ojos avellana, negándome rotundamente a bajar la barbilla - Hace exactamente una hora en su coche blindado, usted hizo que sus abogados redactaran un contrato donde se estipula que mi lealtad es absoluta a cambio de que mi mente letal audite los riesgos de su corporación. Pues bien, aquí tiene mi primera auditoría, mezclar el balance de caja con fluidos biológicos en el escritorio de la dirección es un pasivo de riesgo innecesario que no pienso autorizar. Si usted me contrató para decirle la verdad y ser su Directora, va a tener que aprender a respetar mi rango humano. Fuera de esta oficina, usted puede ser el alfa mitológico de la ciudad, pero detrás de esta puerta de cristal esmerilado, yo soy la que gobierna las matemáticas. Así que suélteme el cuello, regrese a su oficina presidencial y déjeme revisar las facturas de AHG Asociados antes de que decida que su presencia es una soberana estupidez corporativa para mi productividad del martes.

FRANCO

Un gruñido sordo, una vibración de pura frustración territorial mezclada con un asombro que me encendió la sangre, nació en lo más profundo de mi garganta, haciendo que el cristal de la ventana de la oficina emitiera un zumbido casi imperceptible. Mi lobo dio una violenta dentellada en el vacío de mi mente, furioso porque la criatura menuda que tenía atrapada contra la madera acababa de clavar los frenos a un centímetro del impacto definitivo.

El aroma de Hannah cambió drásticamente: la entrega biológica y el calor abrasador que me habían estado invitando a marcarla se disiparon, reemplazados instantáneamente por esa fragancia ardiente a fuego, orgullo y una terquedad avellana tan pura que me resultó insultantemente adictiva.

La escuché repasar las cláusulas de su contrato, usándome mis propias matemáticas y su recién estrenado rango en la empresa para levantar una barricada entre su boca y la mía. Cualquier otra loba de la manada habría bajado la cabeza ante la presión barométrica de mi naturaleza de alfa, cualquier ejecutivo de la Costa Este habría suplicado clemencia ante el destello de mis ojos pero Hannah Abigail prefirió amenazarme con auditorías de fluidos biológicos y control de productividad antes de doblegar su insolencia.

Deslicé mis dedos lentamente fuera de su nuca, permitiendo que mi mano acariciara la línea rígida de su mandíbula antes de apartarme por completo. Di un paso hacia atrás, rompiendo el círculo de acero de mis brazos alrededor del escritorio y me erguí con toda mi estatura, dejándole ver una sonrisa ladina, completa y cargada de una oscura diversión posesiva que no pude ocultar.

  • Tiene agallas, Directora SanMiguel - dije, arrastrando cada sílaba con un barítono pausado que llenó el espacio acústico de la oficina - Le pone condiciones al alfa y audita mis impulsos con el lino de su servilleta ejecutiva. Pensé que el suero del doctor Vance la había vuelto dócil pero veo que el camión sin frenos solo aprendió a usar los tecnicismos legales para defender su terreno.




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