El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 41

INTERFERENCIAS EN LA RED

HANNAH

El silencio del piso veinticinco era tan absoluto que el leve zumbido de la pantalla inteligente parecía el rugido de un motor de aviación. Tras la salida cinematográfica de Franco, me había tomado exactamente tres minutos para normalizar mi ritmo cardíaco, ajustar el termostato a unos decentes veintidós grados y sumergirme de cabeza en las cuentas de AHG Asociados. Las matemáticas siempre habían sido mi lugar seguro, los números no tenían dobles intenciones, no te miraban con pupilas doradas y menos te acorralaban contra los escritorios.

Llevaba dos horas diseccionando el entramado de pasivos de Arthur Pendelton cuando mi teléfono vibró sobre la mesa. No era una llamada. Era un mensaje de texto.

Al deslizar la pantalla, el nombre de Liam brilló en la parte superior, provocando que el estómago se me hundiera en un vacío helado que no tenía nada que ver con el clima ártico de todo el edificio.

"Hannah, tu madre me contó lo que pasó en AHG. De verdad lamento mucho cómo reaccioné la última vez, sé que tu temperamento impulsivo a veces te gana, pero no debí dejarte sola en un momento vulnerable de tu vida. Quiero disculparme de verdad. Estoy en el centro de Boston, cerca de tu oficina. ¿Podemos vernos a la hora del almuerzo? Déjame ayudarte a arreglar las cosas con tu madre y a planear el regreso a casa. Sé que podemos hacer que esto funcione si ponemos de nuestra parte. Te espero."

Me quedé estupefacta contemplando el bloque de texto. El puente cerebro-boca se me congeló frente a la pantalla. ¿Ayudarme a arreglar las cosas? ¿Hacer que esto funcione? La audacia de Liam para empaquetar su condescendencia con la etiqueta de una disculpa era digna de un informe financiero de Arthur Pendelton. Para él, mi despido no era una injusticia corporativa, era la prueba fehaciente de mi "bien documentado Atemperamento" y la confirmación de que necesitaba ser rescatada y devuelta a la vereda de la docilidad.

Un bufido de pura indignación brotó de mi garganta. Iba a teclear una respuesta lo suficientemente ácida como para derretir la antena de telefonía de Boston, pero antes de que mi primer dedo tocara el vidrio, una sombra masiva se proyectó sobre mi escritorio.

El olor a cedro y tormenta eléctrica inundó la oficina antes de que escuchara el siseo de la puerta de cristal esmerilado.

FRANCO

El aroma a concentración matemática que emanaba de la oficina de Hannah cambió de golpe en un microsegundo. A través del cristal, mi lóbulo olfativo detectó una ráfaga súbita de frialdad humana, un rastro punzante de desconcierto mezclado con una indignación que no venía de los balances contables. Mi lobo, que había permanecido alerta en mi oficina se irguió de inmediato, reconociendo la alteración en el entorno de mi Luna.

Crucé el pasillo con zancadas rápidas y abrí la puerta sin pedir autorización, Hannah estaba congelada frente a su teléfono, con los ojos avellana fijos en la pantalla y los dedos suspendidos en el aire.

  • Tu pulso acaba de dar un vuelco que no corresponde a una auditoría de rutina, Directora SanMiguel - dije, bajando la voz a un pausado que llenó el espacio acústico, mientras avanzaba hacia el escritorio sin romper el contacto visual - ¿Encontraste otra trampa fiscal o la red de inteligencia vecinal de tu madre acaba de lanzar otra alerta de seguridad?

Hannah intentó bloquear la pantalla con un movimiento rápido, pero mi oído lobuno ya había registrado el ritmo errático de su corazón desde el momento que se percató de mi presencia y el aroma a invasión territorial que flotaba en el aire de la habitación.

  • No es nada que le competa a D'Santoro Enterprises, señor D'Santoro - replicó, intentando forzar esa ironía letal que usaba como trinchera corporativa - Es un asunto estrictamente privado y personal.

Me detuve a escasos centímetros de la mesa, apoyando una mano sobre la superficie, inclinándome lo suficiente para que el destello dorado de mis pupilas se fijara en su rostro pálido. Mi animal no toleraba los secretos en su territorio y mucho menos cuando el olor a desamparo residual intentaba regresar a su piel.

  • En este imperio, SanMiguel, todo lo que altere el ritmo de tu corazón es un asunto mío - sentencié, estirando la mano con una parsimonia que no admitía réplica alguna - Entrega el dispositivo, wuiero ver quién está intentando sabotear la productividad de mi mañana y la paz de mi Luna.




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