CAPITULO 42
LÍNEAS DE INTERFERENCIA
HANNAH
- Ni en sus sueños más húmedos de dominación feudal corporativa, señor D'Santoro - solté de golpe, pegando el teléfono contra mi pecho con ambas manos, como si fuera un escudo medieval o el último balance financiero de mi dignidad.
Me levanté de la silla de un solo impulso, plantando los tacones negros con fuerza en el suelo, negándome a que su imponente estatura me obligara a jugar en desventaja desde abajo. El puente cerebro-boca se saltó todas las aduanas de recursos humanos y se puso en modo de combate urbano.
- Este aparato es propiedad privada y el contrato que firmamos en su coche blindado especifica que soy su Directora de Riesgo Global, no su propiedad personal ni una extensión de un activo a inventariar. Así que dé un paso atrás antes de que le cobre una tarifa de horas extra por invasión de privacidad.
Franco no retrocedió. Al contrario, el desafío encendió el destello dorado de sus pupilas oscuras con una intensidad salvaje que me cortó la respiración. Se movió con esa fluidez peligrosa que desafiaba cualquier protocolo de oficina, rodeando la esquina de la mesa en un microsegundo. El espacio entre los dos colapsó de inmediato, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás hasta que mi rostro quedó suspendido, otra vez, a escasos centímetros de su boca.
El ambiente en mi nueva oficina se saturó instantáneamente de ozono, cedro y ese calor animal sofocante que me licuaba las articulaciones. Su respiración, caliente y pesada, chocaba de lleno contra mis labios, borrando cualquier rastro de la temperatura que yo misma había programado en el termostato.
- Estás jugando con fuego en un terreno muy estrecho, SanMiguel - susurró él. Su voz barítona bajó a un registro tan áspero y ronco que me hizo vibrar los huesos del pecho -Mi lobo sabe perfectamente que ese pulso tuyo no se aceleró por un balance de cuentas. Dame el maldito teléfono antes de que decida que las aduanas privadas no aplican en la suite del alfa.
- ¿Y qué va a hacer si no lo hago, señor D'Santoro? - desafié, apretando el dispositivo contra mi blusa y sosteniendo su fijeza letal con mis ojos avellana, a pesar de que el galope frenético de mi corazón en la carótida me estaba delatando por completo - ¿Va a ordenar a Brandon o Marcus que me registre? ¿Va a llamar al comité de valores? Esta boca sigue intacta, y le juro que si intenta usar la fuerza bruta lupina para confiscar mi vida privada, lo primero que voy a auditar ante la junta directiva va a ser su alarmante falta de control de impulsos. Así que mantenga las manos sobre el escritorio y su ego fuera de mi espacio personal. Liam es mi asunto, no un pasivo de su empresa.
FRANCO
La mención de ese maldito nombre en su boca, a una distancia tan ridículamente corta de la mía fue el detonante que hizo que mi lobo perdiera por completo los frenos y la cordura que tanto le carácterizabs. Una ráfaga de estática puramente territorial y agresiva recorrió mi columna vertebral, haciendo que mis dedos se tensaran sobre la madera de la mesa. El aroma a orgullo ardiente de Hannah se mezcló con el rastro dulce de su agitación, inundando mis pulmones, nublándome cualquier rastro de paciencia.
No necesité tocar el teléfono para saber que el fantasma de su pasado estaba intentando cruzar el perímetro que yo había marcado como mío.
- Acabas de cometer un error de cálculo imperdonable, Hannah - sentencié, acortando el último centímetro de distancia, rozando deliberadamente el labio superior de su boca con el mío con la fuerza de una advertencia biológica - Dijiste su nombre en mi oficina. En mi territorio. A la distancia mínima de mis colmillos.
Deslicé mi mano libre por la seda de su blusa, subiendo con lentitud por su cintura hasta atrapar su barbilla con mis dedos, fijando su rostro pálido contra el mío para que no pudiera desviar las pupilas avellana ni un milímetro. La presión barométrica de mi naturaleza sometió el espacio acústico, bloqueando el sonido de la lluvia que empezaba a caer a nuestras espaldas.
- Ese infeliz no es un asunto privado - dije, bajando la voz a un susurro denso, cargado de unos celos posesivos que hicieron que el aire entre nuestras bocas se volviera respirable solo para nosotros - Todo lo que intente tocarte en esta ciudad es un objetivo de mi manada puedes levantar todas las barricadas contables y contratos legales que quieras detrás de esta puerta de cristal pero tu cuerpo sigue respondiendo a mis términos. No vas a ir a ningún lado, no vas a arreglar nada con nadie y ese tal Liam se va a quedar esperando hasta que yo decida qué hacer con su audacia. El cronómetro se detuvo, camión sin frenos. Ahora, mírame a los ojos y dime otra vez que este no es mi asunto.