EL PESO DE LA AUTORIDAD
HANNAH
El roce de sus labios contra los míos no fue un beso, pero dolió y quemó con la misma intensidad destructiva. La fijeza dorada de sus ojos oscuros me tenía completamente clavada al suelo de mi nueva oficina, desarmada por una presión barométrica que no se explicaba con las leyes de la física que yo conocía. Podía sentir la madera del escritorio a mis espaldas y la firmeza de sus dedos en mi barbilla, obligándome a sostener un duelo de miradas en el que mi cuenta de ahorros, mi orgullo y mi lógica estaban perdiendo por goleada.
Mi puente cerebro-boca intentó formular un contraataque pero el aire que me quedaba en los pulmones solo alcanzó para una respiración entrecortada. El olor a ozono y cedro de Franco era tan denso que me nublaba el juicio.
"Es posesividad biológica. Te está tratando como a un activo de su manada" me gritó la última neurona sensata que me quedaba pero la verdad, la cruda y humillante verdad que mi cuerpo no podía ocultar, era que una parte de mí, esa parte primigenia que se había despertado anoche entre sus sábanas de seda no quería que me soltara. El calor de su mano en mi rostro se sentía como un ancla en mitad del caos que Liam y mi madre acababan de desenterrar.
Apreté el teléfono contra mi pecho con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
FRANCO
El aroma de Hannah se volvió un laberinto indescifrable, el fuego ardiente de su orgullo se mezcló con el rastro amargo de un miedo que no venía de mí sino de la posibilidad de perder su preciada libertad humana. Escuché la debilidad en su mentira cuando dijo que no le temía a ese infeliz. Su corazón dio un vuelco desbocado, el pulso de una criatura que intenta convencer al depredador de que sus heridas no son reales.
"Déjeme ir a ese almuerzo... Déjeme demostrarle... que no necesito que un lobo alfa le maneje la vida" .
Aflojé imperceptiblemente la presión de mis dedos en su barbilla, pero no rompí la distancia mínima. La fijeza de sus ojos avellana, firmes y cargados de una resistencia suicida, me demostró una vez más que esta mujer era incapaz de doblegarse ante el sistema, incluso cuando su biología ya estaba operando bajo mis términos.
Me alejé un centímetro, el espacio justo para que el destello dorado de mis pupilas barriera su rostro pálido antes de soltarla por completo. Di un paso hacia atrás, cruzándome de brazos, permitiendo que la máscara de director ejecutivo volviera a encajar sobre mis facciones rígidas, aunque el ozono de mi naturaleza siguiera flotando en el ambiente regulado de su oficina.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 23.08.2026