El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 43

EL PESO DE LA AUTORIDAD

HANNAH

El roce de sus labios contra los míos no fue un beso, pero dolió y quemó con la misma intensidad destructiva. La fijeza dorada de sus ojos oscuros me tenía completamente clavada al suelo de mi nueva oficina, desarmada por una presión barométrica que no se explicaba con las leyes de la física que yo conocía. Podía sentir la madera del escritorio a mis espaldas y la firmeza de sus dedos en mi barbilla, obligándome a sostener un duelo de miradas en el que mi cuenta de ahorros, mi orgullo y mi lógica estaban perdiendo por goleada.

Mi puente cerebro-boca intentó formular un contraataque pero el aire que me quedaba en los pulmones solo alcanzó para una respiración entrecortada. El olor a ozono y cedro de Franco era tan denso que me nublaba el juicio.

"Es posesividad biológica. Te está tratando como a un activo de su manada" me gritó la última neurona sensata que me quedaba pero la verdad, la cruda y humillante verdad que mi cuerpo no podía ocultar, era que una parte de mí, esa parte primigenia que se había despertado anoche entre sus sábanas de seda no quería que me soltara. El calor de su mano en mi rostro se sentía como un ancla en mitad del caos que Liam y mi madre acababan de desenterrar.

  • Usted... usted es un tirano corporativo - articulé en un murmullo que pretendía ser un insulto, pero que sonó peligrosamente suave a un milímetro de su boca - Un depredador que confunde un contrato de auditoría con un derecho de propiedad feudal. No soy su Luna, señor D'Santoro y definitivamente no soy un territorio que pueda anexar a su imperio con un gruñido.

Apreté el teléfono contra mi pecho con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

  • Liam no me da miedo - mentí descaradamente y mi carótida dio un vuelco salvaje que delató mi traición interna ante su oído lobuno - Lo que me da miedo es que usted tenga la capacidad de hacerme creer que no tengo otra opción que quedarme aquí dentro de su jaula de oro. Déjeme ir a ese almuerzo, déjeme demostrarle a ese mediocre como usted lo llama y a mí misma que el camión sin frenos no necesita que un lobo alfa le maneje la vida.

FRANCO

El aroma de Hannah se volvió un laberinto indescifrable, el fuego ardiente de su orgullo se mezcló con el rastro amargo de un miedo que no venía de mí sino de la posibilidad de perder su preciada libertad humana. Escuché la debilidad en su mentira cuando dijo que no le temía a ese infeliz. Su corazón dio un vuelco desbocado, el pulso de una criatura que intenta convencer al depredador de que sus heridas no son reales.

"Déjeme ir a ese almuerzo... Déjeme demostrarle... que no necesito que un lobo alfa le maneje la vida" .

Aflojé imperceptiblemente la presión de mis dedos en su barbilla, pero no rompí la distancia mínima. La fijeza de sus ojos avellana, firmes y cargados de una resistencia suicida, me demostró una vez más que esta mujer era incapaz de doblegarse ante el sistema, incluso cuando su biología ya estaba operando bajo mis términos.

  • No estás en una jaula de oro, Hannah - dije, bajando la voz a un susurro denso, áspero, que rozó la comisura de sus labios con la fuerza de una sentencia irrevocable - Estás en mi santuario. Y se perfectamente que tú no necesita que yo te maneje la vida, pero mi lobo sí necesita asegurarse de que nadie intente ponerte una correa bajo chantajes emocionales.

Me alejé un centímetro, el espacio justo para que el destello dorado de mis pupilas barriera su rostro pálido antes de soltarla por completo. Di un paso hacia atrás, cruzándome de brazos, permitiendo que la máscara de director ejecutivo volviera a encajar sobre mis facciones rígidas, aunque el ozono de mi naturaleza siguiera flotando en el ambiente regulado de su oficina.

  • No vas a ir sola a ninguna parte y mucho menos a negociar tu docilidad con un fantasma de tu pasado - sentencié, con un voz pausado pero que cortó cualquier rastro de discusión - Si tantas ganas tienes de demostrar tu valentía frente a ese mediocre, lo harás bajo mis condiciones. Marcus ya tiene el coche blindado encendido en el sótano. Nos vamos los dos a ese almuerzo. Es hora de auditar el balance de tu vida privada, Directora SanMiguel, y te aseguro que a mí tampoco me gustan los informes maquillados. Muévete.




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