CAPITULO 45
LA PEDAGOGÍA DE LA MANADA
HANNAH
El espacio dentro del coche se sentía tres veces más pequeño que la última vez que estuve dentro de el y eso que ahora éramos menos pasajeros. El cuero negro de los asientos, el zumbido sordo del motor y el sutil pero penetrante aroma a ozono de Franco D'Santoro me tenían contra las cuerdas de mi propio espacio personal.
Brandon conducía en absoluto silencio al otro lado del cristal de privacidad con Marcus de copiloto, devorando las calles empapadas de Boston con una precisión milimétrica. En el asiento trasero, Franco se mantenía recostado contra el respaldo, observándome con esa fijeza depredadora que parecía leer mis estados financieros internos sin el menor esfuerzo. Yo, por mi parte miraba fijamente por la ventanilla hacia la niebla exterior, con los brazos cruzados sobre la blusa m y la mandíbula tan apretada que ya me dolía.
- ¿Va a decirme de qué se trata esta ridícula escolta feudal, señor D'Santoro? - solté al fin, rompiendo el mutismo con un hilo de ironía que pretendía camuflar el galope de mi pulso - Porque si su plan es intimidar a un contador promedio con un blindado de seis toneladas, le aviso que Liam se asusta con mucho menos. Bastaba con que me enviara un mensaje de texto con letras mayúsculas. No necesitaba armar este despliegue de seguridad nacional.
Franco soltó una risa baja, un sonido que me vibró directo en el pecho. Se inclinó sutilmente hacia adelante, recortando los centímetros que nos separaban hasta que el calor animal de su cuerpo volvió a invadir mi trinchera humana.
- No estás entendiendo las matemáticas de esta situación, SanMiguel - dijo él, y su voz pausada arrastró cada sílaba con una seriedad que me erizó los vellos de la nuca - Esto no es un despliegue de seguridad corporativa para proteger los activos de la firma. Es una respuesta biológica. No conoces nuestras leyes, y tu mente humana insiste en tratar el reclamo de mi lobo como un simple manual de recursos humanos.
- ¿Ah, sí? Sorpréndame - repliqué, girando la cabeza para encararlo, quedando a una distancia tan mínima que podía ver el destello dorado titilar en el fondo de sus pupilas oscuras - Ilumíneme con su antropología lupina antes de que lleguemos al restaurante.
FRANCO
La fijeza avellana de sus ojos me sostuvo la mirada con esa terquedad suicida que me resultaba tan adictiva. El aroma de Hannah ese fuego ardiente mezclado con el rastro dulce de su agitación inundó mis pulmones, empujando a mi lobo a la superficie de mi piel. El camión sin frenos seguía intentando racionalizar el orden feudal de una manada con términos de contabilidad y contratos de corretaje. Era hora de que entendiera el peso real del terreno que estaba pisando.
- Escúchame bien, Hannah SanMiguel - bajé el tono de mi voz a un susurro denso, rudo, que rozó la comisura de sus labios - En el mundo de los humanos, un hombre puede dejarte bajo la lluvia, disculparse dos horas después por mensaje de texto y pretender que vuelvas a su vereda bajo la etiqueta de una buena esposa, tus leyes permiten el arrepentimiento y las segundas oportunidades contables. En el mío, no.
Apoyé una mano en el respaldo del asiento, justo detrás de sus hombros, acorralándola sutilmente contra la ventanilla sin llegar a tocarla, dejando que el peso barométrico de mi naturaleza gobernara el espacio confinado de la cabina.
- Para un alfa, la protección territorial no es una política de la firma, es un imperativo genético - sentencié, clavando mis ojos dorados en los suyos - En el instante en que tu cuerpo me reconoció, en ese segundo en que tu pulso se enredó con mi sangre y mi olor quedó impregnado en tu piel, pasaste a formar parte de mi santuario. Mi lobo no procesa los conceptos de exnovio o asunto privado. Para mi animal, cualquier macho externo que intente acercarse a ti con la intención de someterte, de pedirte que seas dócil o de sacarte de mi ciudad, es una amenaza directa a mi soberanía.
Me acerqué un milímetro más, sintiendo cómo su respiración se contenía de golpe y cómo su carótida latía a un ritmo salvaje que mi oído lobuno registraba con absoluta claridad.
- Yo no voy a ese almuerzo a auditar tu vida pasada, Hannah - le aclaré, y la sonrisa ladina desapareció de mis labios, reemplazada por una fijeza letal que sonó como una sentencia irrevocable - Voy a asegurarme de que ese mediocre entienda la primera regla de la mitología de Boston. Lo que el alfa reclama como suyo, no se toca, no se negocia y no se devuelve a ningún pueblo. Así que guarda tus manuales de etiqueta en tu tableta de aluminio, Directora, porque hoy vas a presenciar cómo liquidamos un pasivo bajo las leyes de la manada. Brandon, detén el auto. Llegamos.