ADUANAS DE RESTAURANTE
HANNAH 0
El coche blindado se detuvo frente a la fachada de cristales ahumados del restaurante con la suavidad de un transatlántico encallando en un muelle de seda. Brandon apagó el motor y la cabina quedó sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por el rítmico balanceo de los limpiaparabrisas que apartaban la persistente llovizna de Boston.
Franco ya tenía la mano apoyada en el picaporte cromado de la puerta, con esa zancada mental lista para invadir el establecimiento y aplicar sus leyes feudales de la manada sobre la mesa de mi almuerzo. Pero mi puente cerebro-boca no iba a permitir que la última palabra de este trayecto se la llevara un lobo alfa con delirios de propiedad intelectual sobre mi árbol genealógico.
Giré sobre mi propio eje en el asiento de cuero, plantando una mano firmemente sobre su antebrazo cubierto por el traje gris. El contacto envió una descarga eléctrica directo a mis dedos, pero me obligué a mantener la barbilla en alto y a clavar mis ojos avellana en la fijeza dorada de los suyos.
Apreté el agarre en su brazo, recortando los últimos centímetros de distancia hasta que mi respiración chocó de lleno contra sus labios, negándome a mostrar el menor rastro de la docilidad que él tanto pretendía buscar.
FRANCO
Un gruñido sordo, una vibración de pura y oscura diversión territorial, retumbó en lo más profundo de mi pecho, haciendo que el panel de control del tablero emitiera un leve parpadeo. Mi lobo dio un vuelco de absoluta satisfacción en mi consciencia. El camión sin frenos acababa de poner la mano sobre mi brazo para darme una orden directa, desafiando mi comando de alfa a un centímetro de mis colmillos, usando su ironía letal como una barricada de última hora.
Observé sus dedos delgados presionando mi saco a medida. Su pulso estaba desbocado, un galope frenético que delataba su agitación pero sus pupilas avellana brillaban con una terquedad tan pura que me resultó insultantemente atractiva. Quería jugar bajo sus propias reglas antes de entrar en mi santuario.
Apoyé mi mano libre sobre la suya, atrapando sus dedos contra mi antebrazo con una presión pausada que no admitía réplicas, dejando que el destello dorado de mis ojos barriera su rostro pálido.
Una sonrisa ladina, afilada y cargada de una posesividad absoluta se dibujó por completo en mis labios. Me acerqué un milímetro más, sintiendo cómo el aroma a lluvia limpia de su cabello se evaporaba bajo mi calor biológico.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 23.08.2026