El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 46

ADUANAS DE RESTAURANTE

HANNAH 0

El coche blindado se detuvo frente a la fachada de cristales ahumados del restaurante con la suavidad de un transatlántico encallando en un muelle de seda. Brandon apagó el motor y la cabina quedó sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por el rítmico balanceo de los limpiaparabrisas que apartaban la persistente llovizna de Boston.

Franco ya tenía la mano apoyada en el picaporte cromado de la puerta, con esa zancada mental lista para invadir el establecimiento y aplicar sus leyes feudales de la manada sobre la mesa de mi almuerzo. Pero mi puente cerebro-boca no iba a permitir que la última palabra de este trayecto se la llevara un lobo alfa con delirios de propiedad intelectual sobre mi árbol genealógico.

Giré sobre mi propio eje en el asiento de cuero, plantando una mano firmemente sobre su antebrazo cubierto por el traje gris. El contacto envió una descarga eléctrica directo a mis dedos, pero me obligué a mantener la barbilla en alto y a clavar mis ojos avellana en la fijeza dorada de los suyos.

  • Mire, mi estimado señor de la guerra genética - solté, arrastrando cada sílaba con una ironía tan afilada que habría podido rayar el blindaje del auto - Su discurso sobre los imperativos genéticos y la soberanía lupina merece un aplauso de pie en la convención anual de antropología salvaje, de verdad. Qué elocuencia. Qué despliegue de territorialidad digno de National Geographic pero le tengo una mala noticia, esta variable independiente no se va a bajar de este vehículo blindado del brazo del monstruo de Wall Street para una ejecución pública.

Apreté el agarre en su brazo, recortando los últimos centímetros de distancia hasta que mi respiración chocó de lleno contra sus labios, negándome a mostrar el menor rastro de la docilidad que él tanto pretendía buscar.

  • Usted se va a quedar exactamente aquí, en este asiento - le ordené en un susurro cortante - Va a dejar que Brandon mantenga el aire acondicionado a una temperatura humana y va a dejarme resolver mis asuntos privados a mí sola. Yo solita me metí en este enredo con mi madre y con Liam y yo solita voy a terminarlo sin necesidad de que un lobo alfa venga a enseñarme cómo morder. Quédese en el auto, señor D'Santoro. Es mi última auditoría de riesgo del trayecto hacia los delirios de Liam conmigo.

FRANCO

Un gruñido sordo, una vibración de pura y oscura diversión territorial, retumbó en lo más profundo de mi pecho, haciendo que el panel de control del tablero emitiera un leve parpadeo. Mi lobo dio un vuelco de absoluta satisfacción en mi consciencia. El camión sin frenos acababa de poner la mano sobre mi brazo para darme una orden directa, desafiando mi comando de alfa a un centímetro de mis colmillos, usando su ironía letal como una barricada de última hora.

Observé sus dedos delgados presionando mi saco a medida. Su pulso estaba desbocado, un galope frenético que delataba su agitación pero sus pupilas avellana brillaban con una terquedad tan pura que me resultó insultantemente atractiva. Quería jugar bajo sus propias reglas antes de entrar en mi santuario.

Apoyé mi mano libre sobre la suya, atrapando sus dedos contra mi antebrazo con una presión pausada que no admitía réplicas, dejando que el destello dorado de mis ojos barriera su rostro pálido.

  • Acepto lo que dices, Directora SanMiguel - dije, bajando la voz a un barítono denso, áspero, que rozó sus labios con la fuerza de una concesión irrevocable- No voy a salir de este auto para tomar tu brazo, ni voy a sentarme en tu mesa a interrogar a tu pasado. Te concedo el beneficio de la duda frente a ese mediocre por los próximos diez minutos.

Una sonrisa ladina, afilada y cargada de una posesividad absoluta se dibujó por completo en mis labios. Me acerqué un milímetro más, sintiendo cómo el aroma a lluvia limpia de su cabello se evaporaba bajo mi calor biológico.

  • Pero mi tregua territorial tiene una sola condición - le advertí, y mi voz arrastró cada sílaba con el peso de una ley física - No voy a quedarme en el auto, voy a entrar a ese restaurante exactamente detrás de ti y voy a sentarme en la mesa contigua. Marcus ya reservó el espacio. No voy a intervenir, no voy a emitir un solo gruñido y voy a dejar que esa boca sin aduanas tuya haga todo lo que vino a hacer pero voy a estar lo suficientemente cerca como para escuchar cada latido de tu corazón y cada decibelio de la condescendencia de ese infeliz. Tienes tres segundos para bajar los tacones del auto bajo mis estrictos términos. Elige rápido, porque mi lobo ya no tiene la menor intención de quedarse esperando en el estacionamiento.




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