MESA PARA DOS, MÁS UNO
HANNAH
Crucé el umbral del restaurante sintiendo que las suelas de mis taconesse hundían en una alfombra que olía a trufa, alfombra húmeda Iy a un nivel de pretenciosidad que usualmente me daba migraña. La llovizna de Boston se quedó al otro lado de los cristales ahumados pero la verdadera tormenta venía pisándome los talones.
A escasos dos metros detrás de mí, Franco D'Santoro caminaba con esa zancada fluida, silenciosa y letal que hacía que el maître d' del restaurante casi sufriera un síncope de reverencia, a su derecha Brandon y a su izquierda Marcus cerraba el grupo con su presencia de beta robusto y una mirada que sugería que estaba listo para evacuar el lugar si alguien usaba el tenedor equivocado.
Liam estaba sentado al fondo, junto a un ventanal, revisando algo en su teléfono con esa expresión de suficiencia pasiva que solía ponerme los nervios de punta. Llevaba un suéter de cachemira azul marino que su madre probablemente le había comprado para que pareciera un hombre de bien.
Cuando me vio acercarme, esbozó una sonrisa de alivio condescendiente y comenzó a ponerse de pie, abriendo los brazos para ese abrazo de "fue tu culpa, pero todo está perdonado" que mi puente cerebro-boca ya estaba listo para demoler pero la sonrisa se le congeló a mitad de camino. Su mirada se desvió por encima de mi hombro izquierdo y toda la sangre pareció drenarse de su rostro en un microsegundo.
Franco no lo miró. Ni siquiera hizo el amago de reconocer su existencia. Con una parsimonia insultante, el alfa de la Costa Este se deslizó en la mesa semicircular situada exactamente a dos mesas a a mi espalda, quedando a pocos metros de distancia. Brandon se sentó frente a él, bloqueando cualquier rastro de visibilidad hacia el resto del local. La separación entre la mesa de Liam y la de Franco se sentía como una delgada línea de madera pulida. Una frontera ridícula.
FRANCO
El olor de Liam inundó mi lóbulo olfativo en cuanto di el primer paso dentro de su perímetro, era un aroma rancio a betún, a colonia barata de diseñador y a un miedo humano, agrio y punzante, que se disparó en el acto al registrar mi presencia de alfa. Su pulso un tambor de frecuencia mediocre se aceleró drásticamente cuando mis ojos dorados barrieron la mesa contigua sin llegar a fijarse en él. Mi lobo dio un vuelco salvaje de pura superioridad territorial dentro de mi pecho, enseñando los colmillos en el fondo de mi consciencia.
Apoyé la espalda en el respaldo de piel de la mesa, entrelazando los dedos sobre la superficie pulida, disfrutando del silencio sepulcral que selló los labios del infeliz.
A través del panel acústico, podía escuchar de forma milimétrica el ritmo cardíaco de Hannah. Estaba acelerado, una ráfaga ardiente de orgullo y agitación, pero su olor a lluvia limpia seguía blindado por mi propia marca territorial. Escuché su réplica letal, esa boca sin filtros que me catalogaba como un director de logística térmica frente a su pasado.
Cerré los ojos un segundo, y una ráfaga de estática puramente agresiva me recorrió la columna vertebral. Marcus tensó los hombros al otro lado de la mesa, reconociendo la inminencia de mi falta de control. El infeliz acababa de usar la palabra soberbia para describir la mente financiera más brillante que había cruzado mi puerta en una década, intentando someterla bajo la premisa de un lío criminal.
Mi lobo arañó mis costillas con una furia de celos posesivos que pulverizó el último rastro de mi tregua me incliné sutilmente hacia atrás, estirando el brazo sobre el borde de la madera de la mesa. Sostuve la respiración, esperando a ver si el camión sin frenos embestía esa sarta de estupideces dóciles por su cuenta... o si mi animal tenía que destrozar el restaurante en los próximos tres segundos.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 23.08.2026