El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 49

LA LIQUIDACIÓN DEL PASIVO

FRANCO

El aroma de Liam colapsó de golpe en un microsegundo. El rastro de condescendencia pastosa con el que intentaba someter a mi Luna fue borrado por una ráfaga pura, ácida y humillante de pánico biológico.

El infeliz se quedó completamente rígido en su asiento de piel, con la mano extendida temblando de forma imperceptible a escasos milímetros de mi palma plantada en la caoba. Sus pupilas se dilataron hasta casi devorar el iris al registrar el fuego dorado que encendía mis ojos, y su ritmo cardíaco ese tambor de frecuencia mediocre se disparó en un galope frenético, desbocado, que golpeó mis oídos con la fuerza de un motor averiado. Su instinto humano básico, ese que le exigía arrodillarse o huir de la ciudad para salvar el pellejo ante el alfa de la Costa Este, acababa de pulverizar todas sus etiquetas sociales de provincia.

  • Señor... señor D'Santoro... - articuló Liam, tragando saliva con una dificultad espantosa, con la voz rota y un octavo más aguda que antes - Yo... yo no quería... Hannah es... es mi...
  • Hannah no es nada tuyo, mediocre -sentenció mi lobo a través de mi boca, bajando el barítono a un registro tan denso y áspero que Marcus tuvo que apretar los puños al otro lado del panel para contener su propia naturaleza - Y vuelve a poner su nombre en tu boca en mi presencia o tus manos en ella y te juro que la disculpa se la vas a tener que dar a los cirujanos de la manada.

HANNAH

El silencio que se instaló en el restaurante tras el golpe de Franco sobre la mesa era tan espeso que casi podías cortar la estática con el cuchillo del pan francés. Liam parecía un muñeco de cera a punto de derretirse bajo la luz gris de Boston, y Franco... Franco seguía inclinado a mi espalda, desprendiendo un aura de lobo territorial tan posesiva y sofocante que me estaba licuando los huesos bajo la blusa de cachemira gris.

Mi puente cerebro-boca contempló el panorama, analizó el desastre estructural trilateral y decidió que la única manera de recuperar el control de mi vida privada era embestir a ambos hombres con un arsenal completo de mi ironía más destructiva.

  • ¡Vaya, pero qué despliegue tan conmovedor de testosterona ejecutiva e imperativos genéticos! - solté, cruzándome de brazos con una parsimonia insultante, forzando a mis ojos avellana a sostener la fijeza letal de Franco antes de barrer a Liam - De verdad, caballeros, dejen que me ponga de pie para aplaudir este cruce de manuales de National Geographic en mitad del almuerzo. Qué epifanía. Qué nivel de diplomacia bilateral.

Miré a Liam, cuya palidez ya rozaba el nivel clínico de una hospitalización sin seguro.

  • A ver, Liam, primero contigo para cerrar tu balance de pérdidas l- e arrastré las palabras con un filo de bisturí - Tu plan de rescate provincial para convertirme en archivera dócil y esposa sumisa es la peor estafa financiera que he escuchado desde la propuesta de AHG Asociados. Olvídate de la boda, olvídate de mis maletas y dile a tu tío el de la constructora que la Directora Global de Riesgo no cabe en las gavetas de sus archivos muertos, pero que igual gracias. Regresa a tu pueblo con tu suéter azul marino y búscate a una tonta que sí se deje empastillar por tu condescendencia, porque conmigo te quedaste en números rojos de por vida.

Luego, giré la cabeza despacio hacia atrás, recortando la distancia hasta que mi rostro quedó suspendido a escasos centímetros de la boca de Franco, desafiando el oro absoluto de sus pupilas sin el más mínimo rastro de sumisión.

  • Y ahora, contigo, vaquero de Wall Street -solté, apuntándolo con el dedo índice directo a la corbata de su traje gris - Su tregua de los diez minutos duró exactamente tres, señor D'Santoro. Su control de impulsos tiene el mismo margen de riesgo que una cuenta en las Islas Caimán. Agradezco infinitamente que su lobo interno le tenga fobia a los contadores mediocres con aires de dioses de provincia, pero irrumpir en mi mesa con un golpe de Estado feudal y amenazas de clínica médica es una soberana estupidez que arruina por completo mi productividad del martes. Así que vaya retirando esa palma masiva de la madera, ordénele a Brandon que encienda el auto que yo regresó a la oficina, porque tengo tres años de facturas de Arthur Pendelton que auditar y dudo mucho que su ego multimillonario vaya a pagar mis horas extra por manejo de crisis biológicas trilateral. En cuanto a usted, si quiere quedarse a hacer alarde de su falta de autocontrol delante del resto de los comensales es su asunto.




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