El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 50

TRACCIÓN TRASERA

FRANCO

El despacho entero del restaurante pareció contener el aliento, pero en mi interior se desató un terremoto de escala mayor. El aroma de Hannah cambió en un microsegundo, la agitación del reencuentro fue sepultada por una ráfaga abrasadora de pura insurgencia verbal, orgullo y esa ironía letal que carecía de cualquier aduana corporativa.

Escuché cada uno de sus ataques. Liquidó a Liam con la frialdad de quien desecha un activo podrido en el mercado secundario y luego se giró para embestir mi traje gris con un inventario completo de mis faltas de control de impulsos. Me llamó tirano, me acusó de golpe de Estado feudal y redujo mi imperativo genético de alfa a una falta de productividad del martes.

A mi izquierda, Marcus se tapó la boca con el puño de forma imperceptible, pero su pulso delató que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no soltar una carcajada que le costaría el rango de beta. Liam, por su parte, miraba a Hannah como si estuviera viendo a una demente suicida insultar al verdugo antes de la ejecución.

Apoyé la espalda sutilmente en el respaldo de mi silla y dejé que una risa baja, barítona y franca cortara la estática densa de la zona. Brandon dio un imperceptible salto, Liam parpadeó atónito. No me había reído con esa fuerza en toda la década. Esta mujer era un absoluto caos biológico pero por primera vez en mi vida, el poder absoluto no me resultaba aburrido.

  • Brandon - ordené, sin apartar mis ojos dorados de las pupilas avellana de Hannah, que seguían fijas en mí a escasos centímetros - Trae el coche a la puerta trasera. Despeja el área. La Directora ya cerró la liquidación de sus pasivos del pasado y su productividad está en números rojos.
  • Sí, jefe - asintió, levantándose de la mesa con una rapidez que delataba su urgencia por escapar antes de que mi naturaleza reclamara el control total del espacio.

Me puse de pie de un solo movimiento fluido, abotonándome el saco gris del traje, recortando el último centímetro de distancia que nos separaba hasta que mi sombra la cubrió por completo. Miré a Liam de reojo por última vez, viendo cómo el infeliz intentaba encogerse en su suéter de cachemira azul marino.

  • Tu auditoría terminó, mediocre - le sentencié, bajando la voz a un susurro denso que hizo que el aire entre las mesas se volviera irrespirable - Regresa a tu provincia. Si vuelvo a ver tu nombre en la pantalla de su teléfono o si su madre intenta volverte a usar, no habrá tregua de cinco minutos, ni aduanas contables de Hannah que te salven de mí. Desaparece.

HANNAH

El puente cerebro-boca se me quedó sin argumentos cuando Franco me tomó firmemente por el brazo. Su agarre no era violento, pero tenía la tracción trasera de una prensa hidráulica y un calor biológico tan sofocante que me obligó a mover los tacones negros hacia la salida del restaurante sin poder oponer la menor resistencia.

Cruzamos el pasillo lateral bajo la mirada aterrorizada del maître d', que se apartó como si estuviéramos transportando material confidencial radioactivo. En cuanto las puertas traseras se abrieron, la llovizna helada de Boston me golpeó el rostro pero el frío duró apenas un microsegundo. El vehículo de seis toneladas ya estaba estacionado en el callejón privado, con el motor rugiendo y Brandon manteniendo la puerta trasera abierta.

Franco me empujó sutilmente hacia el interior del habitáculo, metiéndose de inmediato detrás de mí y cerrando la hoja de acero con un golpe seco que selló el aislamiento acústico de la cabina. El aire volvió a oler a cuero nuevo, ozono y a esa posesividad de alfa que me estaba licuando el juicio por segunda vez en el día.

  • Mire, señor D'Santoro, su forma de sacarme de los establecimientos roza el secuestro express interbancario - solté, intentando acomodarme la blusa de cachemira gris mientras me pegaba contra la ventanilla para buscar mi espacio personal - Su control de riesgos es un peligro para la salud pública.

Franco se acomodó en el asiento de cuero, cruzando una pierna sobre la otra con una parsimonia que me tensó los músculos del estómago. La sonrisa ladina seguía grabada en sus labios bien perfilados y sus ojos oscuros mantenían ese destello dorado que mi biología ya no podía ignorar.

  • Te concedí tus cinco minutos, SanMiguel - dijo, y su voz pausada arrastró cada sílaba con una superioridad que me hizo apretar los puños sobre la tableta - Hiciste tu trabajo contable de forma impecable. Liquidaste al mediocre. Pero la tregua profesional terminó en el instante en que pusiste tu dedo en mi corbata. Brandon, regresa a la empresa. La Directora Global tiene tres años de facturas de Arthur Pendelton que revisar bajo mis estrictos términos de temperatura y dudo mucho que su boca sin aduanas vaya a tener tiempo de poner más límites en mi cama esta noche. Bienvenida de regreso a mi territorio, camión sin frenos. El trimestre apenas está comenzando.




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