El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 51

EL RESIDUO DE LA TORMENTA

HANNAH

El siseo neumático de las puertas de cristal esmerilado de mi oficina se cerró a nuestras espaldas con un clic que sonó a sentencia definitiva. El murmullo de los teclados, los teléfonos y el ajetreo corporativo del piso veinticinco desapareció en un parpadeo, sepultado por el aislamiento acústico perfecto de D'Santoro Enterprises.

Estábamos solos. Otra vez.

Me alejé un par de pasos, buscando desesperadamente la trinchera de mi escritorio pero la rigidez en mis piernas y los tacones nuevos me recordaron que las matemáticas de mi cuerpo seguían bajo el efecto del torbellino biológico que Franco inyectaba en la habitación. Dejé caer la tableta de aluminio sobre la madera con un golpe seco, intentando que ese sonido pusiera un límite legal a la situación.

  • Muy bien, señor D'Santoro, el pasivo de mi vida privada ha sido oficialmente liquidado y enviado a la oficina de archivos muertos de la provincia - solté, dándole la espalda para acomodar mi taza de cerámica negra, forzando a mi puente cerebro-boca a recuperar ese filo de ironía destructiva que era mi único escudo - Así que ya puede retirar sus celos de National Geographic de mi perímetro de veintidós grados. Tengo tres años de auditorías de Arthur Pendelton esperándome en la pantalla y dudo mucho que su ego multimillonario vaya a pagar mis horas extra por quedarme aquí a discutir el balance de su posesividad feudal.

Me giré, apoyando la cadera contra el borde del escritorio, lista para sostenerle la mirada. Pero la réplica se me atoró en la garganta.

Franco no se había movido hacia la suite presidencial, se había quitado el saco gris del traje y ahora descansaba sobre el sillón de cuero. Seguía de pie a escasos dos metros de mí, pero la máscara de director ejecutivo implacable que había recuperado en el coche se había agrietado por completo. Sus hombros anchos estaban tensos bajo la camisa negra, las mangas sutilmente arremangadas revelaban los antebrazos firmes, y sus ojos oscuros ya no titilaban con el destello dorado, estaban encendidos en un oro absoluto, líquido y letal que me congeló el oxígeno en los pulmones.

Los celos residuales por las palabras de Liam no se habían evaporado con la llovizna de Boston. Se habían concentrado en el espacio cerrado de mi oficina, transformándose en una estática tan densa, caliente y peligrosa que el termostato de la habitación pareció perder la batalla en un microsegundo.

FRANCO

El olor a orgullo ardiente y victoria que Hannah había desplegado en el restaurante colapsó en cuanto el cerrojo digital de su puerta se activó. La habitación se saturó instantáneamente con su aroma natural, esa fragancia dulce a lluvia limpia, ozono y a una agitación biológica que su mente humana intentaba maquillar desesperadamente con plazos de entrega y facturas de Arthur Pendelton.

Escuché su pulso en la carótida. Era un galope frenético, desbocado, el ritmo de una criatura que sabe perfectamente que las barricadas legales y las ironías de oficina ya no van a funcionar detrás de este cristal esmerilado. Mi lobo dio un vuelco salvaje dentro de mi pecho, enseñando los colmillos ante la sola mención de que retirara mis celos de su perímetro. El animal no quería una Directora dócil que revisara balances, quería reclamar el territorio que ese infeliz de Liam había osado nombrar con la palabra "boda".

Caminé hacia ella con esa zancada fluida y depredadora, rompiendo los dos metros de distancia en un parpadeo. No me detuve en el límite de su espacio personal. Avancé hasta que mi pecho rozó el cachemira gris de su blusa, acorralándola por completo contra la madera de caoba del escritorio.

  • Las horas extra en este imperio las decreto yo, SanMiguel - dije, bajando la voz a un barítono tan áspero, rudo y denso que los clips metálicos sobre la mesa emitieron un leve tintineo - Y tus matemáticas de oficina no van a salvarte del balance que dejaste pendiente esta mañana en mi cama.

Apoyé ambas manos sobre la superficie de la mesa, a los costados de sus caderas, atrapándola en un círculo de acero del que no tenía la menor intención de dejarla escapar. Me incliné hacia adelante, reduciendo la distancia hasta que mi respiración caliente chocó directamente contra su boca, sintiendo el espasmo involuntario que recorrió su columna.

  • Dijiste que mezclar el balance de caja con fluidos biológicos era un riesgo innecesario - le recordé en un susurro ronco, rozando la comisura de sus labios con los míos, saboreando la traición biológica de su cuerpo que se arqueaba sutilmente hacia el mío - Dijiste que detrás de esta puerta tú eres la que gobierna. Pero tu corazón va demasiado rápido para una Directora de Riesgo, Hannah. Tu cuerpo sigue respondiendo a mis términos, y mi lobo sigue oliendo el rastro de ese mediocre intentando ponerte una correa en mi centro de Boston. No hay facturas que auditar hoy, no hay comités de valores. Solo estamos tú, yo y esa boca tuya sin aduanas que se está muriendo por morder al alfa de una vez por todas. Mírame a los ojos y dime otra vez que no eres mía de forma legal.

HANNAH

Mis manos, que se habían apoyado en su pecho para empujarlo en un último intento de resistencia, se hundieron en la tela de su camisa negra, enredándose en el tejido mientras sentía el calor abrasador de su piel traspasar el cachemira de mi blusa. El puente cerebro-boca se pulverizó por completo ante la fijeza dorada de sus pupilas. Las alarmas de mi cerebro se apagaron una a una, sustituidas por el eco desbocado de mi propio corazón que reclamaba el impacto. Estaba acorralada, sin aduanas y sin límites, flotando en mitad del residuo de una tormenta de la que ya no tenía la menor intención de salvarme.




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