EL QUIEBRE DEL BALANCE
HANNAH
El último rastro de lógica contable que le quedaba a mi cerebro se evaporó en el acto. La palabra dócil a⅝o los límites del manual de recursos humanos me importaron un absoluto bledo frente a la fijeza de oro líquido de las pupilas de Franco. El puente cerebro-boca sufrió una demolición total cuando mis instintos tomaron el control de las operaciones financieras de mi cuerpo.
No hubo trinchera. No hubo aduanas.
En lugar de empujarlo, mis dedos se crisparon sobre la tela negra de su camisa a medida, enterrándose en sus hombros anchos mientras me arqueaba sobre la madera de caoba del escritorio. Cedí por completo. Acorté el último milímetro de distancia y lo besé con una urgencia salvaje que me licuó las articulaciones.
Fue un impacto frontal sin mitigación de daños. Franco soltó un gruñido sordo, áspero y cargado de una posesividad animal que reverberó directo en mi garganta cuando su lengua forzó la entrada, reclamando el territorio con una violencia que me hizo perder el sentido de la gravedad. Mis tacones se despegaron del suelo cuando él me elevó sutilmente, acomodándome sobre la superficie pulida del escritorio, enviando mi taza de cerámica negra y el portalápices de malla metálica a rodar hacia el borde sin que a ninguno de los dos nos importara el desastre estructural de la oficina.
El aroma a cedro, ozono y el calor abrasador de su piel se volvieron sofocantes. Mis manos subieron por su cuello, enredándose firmemente en su cabello oscuro, mientras enredaba mi pierna alrededor de su cadera para arrastrarlo más hacia mí, para sellar el espacio entre mi blusa y su anatomía de alfa. Las cosas estaban saliéndose de control a una velocidad matemática vertiginosa. El fuego residual del suero térmico no era nada comparado con la estática biológica que nos estaba consumiendo los filtros sobre la mesa de caoba.
Y entonces, el santuario acústico del piso veinticinco fue pulverizado por un golpe seco.
FRANCO
El aroma de Hannah explotó en una fragancia dulce, abrasadora y completamente entregada que hizo que mi lobo rugiera de pura victoria territorial dentro de mi pecho. Había roto su barricada. El camión sin frenos se había estrellado de lleno contra mi naturaleza y el impacto físico de su boca aceptando mis colmillos me borró cualquier rastro de protocolo ejecutivo.
La sostuve por la cintura con la fuerza de una prensa, disfrutando de la forma en que sus dedos se enterraban en mi cabello y cómo su pulso, un tambor desbocado golpeaba mis oídos a una frecuencia que rayaba en la demencia. Estaba marcándola con mi olor, reclamando cada rastro de su insolencia sobre la madera de su propio escritorio, dispuesto a arrancar la seda y el cachemira para consolidar la ley de la manada en mi territorio.
¡BAM!
Las puertas de cristal no se abrieron con un siseo neumático, fueron empujadas de par en par, golpeando contra los topes metálicos del marco con una violencia que detonó una ráfaga de estática agresiva en mi columna.
El quiebre del momento fue tan brusco que mi lobo enseñó los colmillos de inmediato, emitiendo un gruñido salvaje, cavernícola, que hizo crujir los ventanales de la oficina que daban al puerto de Boston. Me incorporé a medias, manteniendo mis brazos alrededor de la cintura de Hannah, que seguía sentada sobre el escritorio con la respiración entrecortada y los labios encendidos, mirándome con unas pupilas avellana completamente dilatadas por el shock térmico.
Giré la cabeza despacio hacia el umbral, con los ojos brillando en un oro absoluto y letal que hizo que Marcus se detuviera en seco, forzándolo a bajar la cabeza de golpe para mostrar sumisión forzada ante la furia del alfa.
El aroma a agitación biológica en la oficina fue sustituido instantáneamente por el olor frío, seco y metálico de una guerra corporativa real. El camión sin frenos y el alfa de la ciudad acababan de ser alcanzados por la metralla del mercado y el trimestre acababa de ponerse peligrosamente interesante.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 18.09.2026