LA CONTRAOFENSIVA DE LA MANADA
HANNAH
El cortocircuito biológico provocado por el beso se disipó de golpe, reemplazado por la descarga de adrenalina más fría y pura que había experimentado en mi vida. Me deslicé fuera del escritorio en un parpadeo, acomodándome la blusa con dedos que ya no temblaban por el deseo, sino por la activación inmediata de mis reflejos matemáticos. El puente cerebro-boca se puso el traje de guerra.
Franco no perdió un solo segundo en transiciones humanas. Se colocó el saco gris del traje con un movimiento fluido que recuperó al instante su estampa de alfa absoluto de la ciudad, aunque el oro de sus pupilas siguiera ardiendo con una fijeza letal. Su mano masiva me tomó por la cintura, no para retenerme, sino para arrastrarme junto a él hacia el pasillo.
Cruzamos las puertas dobles del ala presidencial. La sala de guerra tecnológica de D'Santoro Enterprises era un búnker de cristal negro y servidores ocultos. En cuanto pisamos el mármol, las paredes inteligentes se encendieron de golpe, proyectando cascadas de números rojos, gráficos de velas japonesas en caída libre y el flujo de caja de nuestras subsidiarias desangrándose a una velocidad de mil ochocientos dólares por segundo en la Bolsa de Nueva York.
Cristhian ya estaba allí, tecleando en tres pantallas simultáneas con el rostro pálido y los hombros tensos. El olor en la habitación era puramente metálico ozono, sudor frío de omega y la estática densa de una manada acorralada en su propio mercado.
Franco se detuvo en el centro de la sala, apoyando ambas manos sobre la mesa de control central, irguiéndose con toda su imponente estatura. La diversión oscura de la mañana había desaparecido, el depredador de la Costa Este estaba listo para dictar sentencia física y financiera.
FRANCO
El aroma de Hannah dio un vuelco absoluto que hizo que mi lobo diera un rugido de pura satisfacción en el fondo de mi consciencia. El desconcierto del beso y la vulnerabilidad humana fueron borrados por una fragancia ardiente, letal y concentrada. La mente financiera más brillante de la ciudad acababa de tomar el control del búnker.
Observé cómo se plantaba frente a la pantalla gigante de cristal negro, con los ojos avellana moviéndose a una velocidad milimétrica, asimilando las cascadas de algoritmos de la manada del Sur de Boston como si fueran simples sumas de escuela primaria.
Hannah esbozó una sonrisa torcida, amarga y cargada de una autosuficiencia destructiva que me resultó insultantemente atractiva. Apuntó con el dedo hacia la base de la gráfica inteligente, donde la laguna legal se cruzaba con el fondo de reserva tecnológica.
Miré la pantalla inteligente. Las líneas de código de Hannah se entrelazaron con los gráficos de Wall Street en un efecto dominó plateado. Mi mente conectó las variables en microsegundos, no era una contraofensiva de defensa. Era una trampa biológica aplicada a las finanzas, Marcus estaba destrozando el hardware en el Sur de Boston y Hannah SanMiguel estaba asfixiando el software de la competencia desde mi propia mesa.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 18.09.2026