COLISIONES EN LA CÚSPIDE
HANNAH
Mis dedos volaban sobre la interfaz táctil de la terminal alfa con una cadencia furiosa que recordaba al tecleo de un ejecutor en plena noche de purga contable. No miraba los gráficos de velas, diseccionaba el balance de la constructora de la familia de Liam con el filo de un bisturí quirúrgico. En la pared inteligente, los créditos puente del Banco Central vinculados a la constructora comenzaron a parpadear en un naranja de alerta, listos para ser revocados por insolvencia sobrevenida.
Sentía el calor biológico de Franco justo detrás de mí, como una masa de ozono y cedro que custodiaba mi espalda, impidiendo que el aire acondicionado de la sala interfiriera con la tracción de mis reflejos. Su lobo estaba ahí, conteniendo la respiración, saboreando el impacto de mi contraofensiva.
¡BEEP! ¡BEEP!
El siseo neumático del intercomunicador del búnker interrumpió la liquidación con la estridencia de una alarma de incendio. La pantalla inteligente cortó la mitad de los gráficos de Wall Street para proyectar la señal de video en vivo de la recepción del sótano privado.
El puente cerebro-boca se me congeló a un milímetro de la pantalla táctil. El indicador del ascensor privado, una línea dorada en la pared del búnker, comenzó a marcar el ascenso veloz. Piso diez, piso quince, piso veinte...
Giré la cabeza despacio, sintiendo que mis músculos se tensaba sobre mis hombros y clavé mis ojos avellana en las pupilas de Franco. El mediocre de provincia acababa de cometer la mayor estupidez de su historial delictivo, había venido a buscarme directamente al territorio del lobo.
FRANCO
Un gruñido sordo, una onda expansiva de pura vibración de alfa tan pesada que hizo vibrar las placas de mármol negro del suelo, nació desde el fondo de mi garganta. Mi lobo dio un vuelco salvaje de pura demencia territorial en mi consciencia, enseñando los colmillos en el umbral de mi mente. El aroma de la sala de guerra cambió de golpe, el olor metálico a finanzas destructivas colapsó, reemplazado instantáneamente por una ráfaga caliente, densa y peligrosa a fuego biológico.
El infeliz no solo había osado sabotear el futuro de mi Luna, acababa de romper el perímetro físico de mi santuario corporativo en Boston.
Me di la vuelta lentamente, abotonándome el saco gris del traje con un movimiento milimétrico que recuperó al instante mi máscara de control absoluto, aunque el oro líquido de mis pupilas estuviera encendido sin el más mínimo freno ejecutivo caminé hacia la salida del búnker de cristal negro, deteniéndome justo en la antesala donde las puertas dobles del ascensor privado ya emitían su timbre celestial.
¡Ding!
Las hojas de acero del elevador se abrieron de par en par, Liam salió disparado hacia la recepción del piso veinticinco, con el suéter de cachemira azul marino empapado por la llovizna, el cabello castaño revuelto y el rostro desfigurado por un pánico humano, agrio y punzante que mi lóbulo olfativo registró en el acto. Sostenía su teléfono en una mano temblorosa, contemplando las alertas de congelamiento de activos de su empresa que seguían cayendo en su pantalla como metralla.
Se detuvo en seco, sus ojos desorbitados se toparon de frente con mi imponente estatura. Me planté en mitad del pasillo principal, bloqueando por completo el acceso a la oficina de Hannah, dejando que la presión barométrica de mi naturaleza redujera las dimensiones de la planta ejecutiva en un microsegundo.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 18.09.2026