LA TITULAR DEL IMPACTO
HANNAH
El siseo de las pantallas inteligentes parpadeó a mi espalda con el verde brillante del cero absoluto, marcando el colapso definitivo de la constructora pero el verdadero desastre estructural estaba ocurriendo al otro lado del búnker. Escuché el barítono denso de Franco a través del panel acústico, una vibración de alfa tan pesada y cargada de una promesa de violencia física que hizo que la tableta de aluminio me temblara entre los dedos.
"Reciben ejecuciones biológicas... antes de que mi lobo decida qué parte de tu anatomía provincial va a estrellarse primero contra los ventanales de Boston".
El pánico biológico que Franco estaba desprendiendo en el pasillo habría hecho que cualquier loba pura se arrodillara en la alfombra persa pero mi puente cerebro-boca reaccionó con una inyección de pura y obstinada independencia humana. "¿Ejecuciones biológicas?" "¿Leyes de la manada?" No, de ninguna manera. Liam había financiado en secreto a Arthur Pendelton para sabotear mi carrera, arruinar mi historial crediticio y obligarme a regresar a su provincia como una variable dócil. Esta estafa era un pasivo que llevaba mi nombre completo impreso en la primera página y yo no iba a permitir que un lobo alfa con delirios de propiedad feudal se cobrara mi venganza personal como si fuera un asunto de su manada.
Me levanté de la silla, plantando los tacones negros con una firmeza que desconocía y caminé directo hacia la salida del búnker. Al pasar junto a Franco, estiré el brazo y lo tomé con fuerza de la solapa de su saco gris, deteniendo su zancada fluidamente y obligándolo a clavar el oro líquido de sus pupilas directamente en mis ojos avellana.
Sin esperar su confirmación de alfa, solté el lino de su saco y crucé las puertas de cristal esmerilado de par en par y salí directamente a la recepción del piso veinticinco para enfrentar mi pasado.
FRANCO
Un gruñido sordo, una onda expansiva de pura y frustrada posesividad territorial retumbó en lo más profundo de mi pecho, haciendo que las luces dicroicas de la planta ejecutiva emitieran un leve parpadeo. Mi lobo dio una violenta dentellada en el vacío de mi mente, furioso porque mi Luna acababa de ponerme la mano encima para frenar mi comando de ejecución frente al invasor. El olor de Hannah inundó el pasillo, el aroma dulce a lluvia limpia y ozono residual colapsó, reemplazado instantáneamente por una fragancia ardiente a fuego, orgullo y a una insurgencia tan pura que me resultó insultantemente atractiva.
Cualquier otra hembra de la Costa Este habría suplicado que el alfa destrozara al mediocre contra los ventanales pero Hannah Abigail prefirió ordenarme que guardara los colmillos y auditara su autonomía humana desde la barrera.
Me eché hacia atrás sutilmente, apoyando el hombro contra el marco de la puerta de cristal, cruzándome de brazos con una parsimonia rígida que Marcus habría decodificado como una tregua de alto riesgo. El destello dorado de mis pupilas permaneció encendido, fijo en su figura menuda vestida con mi cachemira gris, mientras Cristhian contenía el aliento a mi espalda, fascinado por la audacia de la mujer que acababa de confinar al alfa de la ciudad al asiento del espectador.
HANNAH
Liam dio un salto hacia atrás en cuanto me vio salir del búnker, con el rostro desfigurado por una palidez clínica y el sueter de cachemira azul marino pegado al cuerpo por el sudor frío del pánico. Sostenía el teléfono con ambas manos, contemplando las alertas de revocación de licencias de obra que seguían cayendo en su pantalla con el efecto dominó de una quiebra irreversible.
Esbocé una sonrisa torcida, amarga y cargada de una autosuficiencia destructiva que pareció congelar el aire acondicionado de la recepción. Avancé tres pasos firmes, recortando la distancia hasta quedar a un metro de él, levantando mi tableta de aluminio para mostrarle el gráfico de su capital operativo reducido a cero neto.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 18.09.2026