El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 57

LA TITULAR DEL IMPACTO

HANNAH

El siseo de las pantallas inteligentes parpadeó a mi espalda con el verde brillante del cero absoluto, marcando el colapso definitivo de la constructora pero el verdadero desastre estructural estaba ocurriendo al otro lado del búnker. Escuché el barítono denso de Franco a través del panel acústico, una vibración de alfa tan pesada y cargada de una promesa de violencia física que hizo que la tableta de aluminio me temblara entre los dedos.

"Reciben ejecuciones biológicas... antes de que mi lobo decida qué parte de tu anatomía provincial va a estrellarse primero contra los ventanales de Boston".

El pánico biológico que Franco estaba desprendiendo en el pasillo habría hecho que cualquier loba pura se arrodillara en la alfombra persa pero mi puente cerebro-boca reaccionó con una inyección de pura y obstinada independencia humana. "¿Ejecuciones biológicas?" "¿Leyes de la manada?" No, de ninguna manera. Liam había financiado en secreto a Arthur Pendelton para sabotear mi carrera, arruinar mi historial crediticio y obligarme a regresar a su provincia como una variable dócil. Esta estafa era un pasivo que llevaba mi nombre completo impreso en la primera página y yo no iba a permitir que un lobo alfa con delirios de propiedad feudal se cobrara mi venganza personal como si fuera un asunto de su manada.

Me levanté de la silla, plantando los tacones negros con una firmeza que desconocía y caminé directo hacia la salida del búnker. Al pasar junto a Franco, estiré el brazo y lo tomé con fuerza de la solapa de su saco gris, deteniendo su zancada fluidamente y obligándolo a clavar el oro líquido de sus pupilas directamente en mis ojos avellana.

  • Manténgase al margen, señor D'Santoro - le ordené en un susurro cortante, a escasos dos centímetros de su boca, ignorando la estática agresiva que me erizaba la piel - Guarde sus colmillos de National Geographic en ese traje de tres mil dólares y retire su presión barométrica del pasillo. Esta no es una guerra territorial de su imperio, ni una falta de seguridad que Brandon o Marcus deban resolver con violencia física. Es mi pelea y no necesita que un conductor místico le maneje el impacto. Quédese aquí y observe cómo liquido mis propios pasivos bajo mis estrictos términos contables.

Sin esperar su confirmación de alfa, solté el lino de su saco y crucé las puertas de cristal esmerilado de par en par y salí directamente a la recepción del piso veinticinco para enfrentar mi pasado.

FRANCO

Un gruñido sordo, una onda expansiva de pura y frustrada posesividad territorial retumbó en lo más profundo de mi pecho, haciendo que las luces dicroicas de la planta ejecutiva emitieran un leve parpadeo. Mi lobo dio una violenta dentellada en el vacío de mi mente, furioso porque mi Luna acababa de ponerme la mano encima para frenar mi comando de ejecución frente al invasor. El olor de Hannah inundó el pasillo, el aroma dulce a lluvia limpia y ozono residual colapsó, reemplazado instantáneamente por una fragancia ardiente a fuego, orgullo y a una insurgencia tan pura que me resultó insultantemente atractiva.

Cualquier otra hembra de la Costa Este habría suplicado que el alfa destrozara al mediocre contra los ventanales pero Hannah Abigail prefirió ordenarme que guardara los colmillos y auditara su autonomía humana desde la barrera.

Me eché hacia atrás sutilmente, apoyando el hombro contra el marco de la puerta de cristal, cruzándome de brazos con una parsimonia rígida que Marcus habría decodificado como una tregua de alto riesgo. El destello dorado de mis pupilas permaneció encendido, fijo en su figura menuda vestida con mi cachemira gris, mientras Cristhian contenía el aliento a mi espalda, fascinado por la audacia de la mujer que acababa de confinar al alfa de la ciudad al asiento del espectador.

  • El perímetro es todo tuyo, Directora SanMiguel - dije, bajando la voz a un barítono pausado que cayó sobre el mármol como una advertencia—. Te concedo tu derecho legítimo frente a ese infeliz por los próximos sesenta segundos. Pero si esa mano humana suya vuelve a moverse un milímetro hacia tu blusa, mi lobo no va a respetar ninguna de tus matemáticas de oficina.

HANNAH

Liam dio un salto hacia atrás en cuanto me vio salir del búnker, con el rostro desfigurado por una palidez clínica y el sueter de cachemira azul marino pegado al cuerpo por el sudor frío del pánico. Sostenía el teléfono con ambas manos, contemplando las alertas de revocación de licencias de obra que seguían cayendo en su pantalla con el efecto dominó de una quiebra irreversible.

  • ¡Hannah! - articuló, con la voz rota y un octavo más aguda que en el restaurante, intentando dar un paso hacia mí pero deteniéndose en seco al registrar la silueta masiva de Franco custodiando el umbral a mi espalda - ¿Qué... qué le hiciste a mi familia? Las cuentas de la constructora están congeladas, el Banco Central revocó el crédito puente de la provincia. ¡Nos dejas en la calle! ¡Nos arruinaste de por vida! ¿Cómo pudiste hacernos esto por una simple disculpa?

Esbocé una sonrisa torcida, amarga y cargada de una autosuficiencia destructiva que pareció congelar el aire acondicionado de la recepción. Avancé tres pasos firmes, recortando la distancia hasta quedar a un metro de él, levantando mi tableta de aluminio para mostrarle el gráfico de su capital operativo reducido a cero neto.

  • A ver, Liam, vamos a poner los hechos en orden antes de que te dé un síncope en la alfombra de seda - le arrastré las palabras con el filo de un bisturí - Tu "simple disculpa" de esta mañana fue una estafa burda envuelta en un empaque de arrepentimiento mediocre. Financiaste en secreto a Arthur Pendelton para bloquear mis cuentas en Boston, ponerme en una lista negra interbancaria y obligarme a regresar a tu vereda bajo la etiqueta de una buena esposa dócil. Quisiste usar lo que sucedió para asfixiarme el futuro y obligarme a firmar mi sumisión como única opción. Pues bien, aquí tienes el resultado final de tu ecuación: la Directora Global de Riesgo de este imperio no cabe en tus gavetas de archivos muertos. Licué tus créditos puente, revoqué tus contratos de infraestructura con el ayuntamiento y dejé el capital de tu familia en la indigencia financiera absoluta antes de mi hora de almuerzo. Regresa a tu pueblo, Liam. Quédate con tu suéter azul y dile a mi madre que no solo no voy a volver a casa como ella lo estableció... sino que acaba de pasarle por encima a tu constructora sin el menor rastro de mitigación de daños. Tu auditoría terminó, despeja el ascensor.




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