El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 58

EL DESALOJO DEL PASIVO

HANNAH

La mirada de Liam pasó de la pantalla de mi tableta a mi rostro y lo que vi en sus ojos no fue rabia, fue el terror absoluto de un hombre que acaba de ver cómo una ráfaga de matemáticas letales demolió el patrimonio de tres generaciones de su familia en sesenta segundos. Sus labios temblaron, tiñéndose de un tono pálido que rozaba lo clínico y sus dedos se crisparon sobre el teléfono celular con tanta fuerza que el vidrio templado emitió un leve crujido.

El puente cerebro-boca de mi exnovio, ese que solía soltar discursos condescendientes sobre mi temperamento desbocado y mi necesidad de mantenerme bajo control, colapsó por completo ante el peso del cero absoluto en sus estados financieros.

  • Tú... tú eres un monstruo, Hannah Abigail - articuló Liam, con la voz rota, un hilo agudo que apenas logró vencer el silencio de la planta ejecutiva - Tu madre tenía razón. Eres un peligro público. Destruiste mi vida... destruiste todo lo que teníamos por tu maldito orgullo.

Dio un paso hacia adelante, con una desesperación tan humana y torpe que sus manos se levantaron de forma involuntaria con la intención de tomarme por las solapas de mi blusa como último recurso, fue el peor error de cálculo de toda su miserable existencia.

No alcancé a dar un paso atrás. No necesité activar ningún protocolo de riesgo personal.

Antes de que los dedos de Liam rozaran un solo milímetro de mi ropa, una masa de granito y traje oscuro se interpuso en la línea de impacto con la velocidad de una ráfaga de viento negro. Marcus, que acababa de salir del ascensor privado con los nudillos ligeramente enrojecidos tras su incursión en el Sur de Boston, atrapó la muñeca de Liam en el aire con un chasquido seco que resonó en todo el piso veinticinco.

FRANCO

Un gruñido cavernícola, una vibración de pura y salvaje agresión territorial explotó desde el fondo de mi garganta, haciendo que los paneles de cristal del edificio emitieran un zumbido violento que sacudió la estática de la recepción. Mi lobo dio una dentellada salvaje en el umbral de mi consciencia, perdiendo por completo el freno que le había impuesto Hannah al ver que el infeliz intentaba poner sus manos humanas sobre mi Luna en mi propio territorio.

Olvidé mi promesa de mantener el perímetro por sesenta segundos, olvidé la tregua de la auditoría. Di un paso al frente, dejando que la presión barométrica de mi naturaleza sometiera el pasillo en un microsegundo, reduciendo el oxígeno respirable solo para mi manada.

  • Te di un segundo para mirar tus cuentas, mediocre - sentencié, bajando el barítono a una frecuencia tan densa y áspera que Liam cayó de rodillas sobre la alfombra persa por el puro impacto biológico de mi comando de alfa - Marcus, sácalo de mi vista antes de que decida que sus colmillos merecen una demostración física en esta recepción.
  • Entendido, jefe - respondió Brandon, enseñando los dientes en una mueca salvaje, desprovista de cualquier cortesía corporativa.

El beta no usó sutilezas ejecutivas. Tomó a Liam por el cuello de su suéter y lo levantó del suelo como si fuera un fajo de basura confidencial arruinada. Liam no gritó, el pánico agrio y punzante que emanaba de sus poros era tan espeso que casi entumecía los conductos de ventilación. Sus piernas se arrastraron de forma patética sobre el mármol negro mientras Marcus lo empujaba de cabeza hacia el interior del ascensor privado, obligándolo a hundirse en el cubículo de acero bajo un protocolo de desalojo forzado que el personal del primer piso no iba a registrar en las actas de relaciones públicas.

¡Ding!

Las hojas de acero del elevador se cerraron con un golpe seco, sellando la salida del pasivo de nuestro pasado y devolviendo al piso veinticinco ese mutismo sepulcral que olía a madera nueva, ozono y a la inminencia de un desastre mucho más íntimo.

Me giré despacio sobre mis talones, abotonándome el saco gris del traje con una parsimonia rígida, clavando mis ojos encendidos en un oro absoluto y líquido directamente en las pupilas avellana de Hannah. El camión sin frenos acababa de liquidar su deuda con la provincia pero la estática de mis celos residuales seguía quemándome las costillas y la puerta de su oficina estaba a escasos dos metros de distancia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.