LA RED DE ESPIONAJE GLOBAL
HANNAH
El silencio que regresó a la recepción del piso veinticinco tras el cierre del ascensor no era pacífico, era esa calma espesa y barométrica que precede a los tornados Categoría 5. Franco seguía de pie frente a mí, desprendiendo un aura de lobo alfa tan densa que el aire del pasillo se sentía caliente. Sus ojos, encendidos en un oro líquido absoluto, me escaneaban milimétricamente, ignorando por completo que Marcus acababa de arrastrar a mi pasado por el mármol negro.
Mi puente cerebro-boca se preparó para el contraataque, listo para exigirle que apagara su radar de National Geographic de una vez por todas pero el universo como siempre decidió que el martes todavía tenía presupuesto para un último desastre estructural.
¡BEEP!
El intercomunicador general del techo de la planta ejecutiva cobró vida con un siseo estático. La voz de Cristhian, el omega del búnker, resonó en los altavoces de alta fidelidad instalados en las molduras de madera de nogal, interrumpiendo la tensión romántica con un tono que mezclaba el shock absoluto y una diversión incontrolable.
Franco no apartó los ojos de los míos, pero su mandíbula se tensó un milímetro.
¡CLIC!
El siseo estático fue pulverizado instantáneamente por una voz aguda, potente y cargada de una urgencia dramática que retumbó en las paredes de mármol del pasillo principal con la potencia de fábrica de un concierto de rock.
Me quedé completamente petrificada en mitad del pasillo, con la tableta de aluminio apretada contra el muslo, sintiendo cómo el tinte rojizo del bochorno humano más puro me subía directo a las mejillas. Quise que la alfombra persa se abriera y me tragara viva, quise convertirme en un pasivo tóxico y desaparecer del balance de la Costa Este.
FRANCO
El despacho entero se inundó de una estridencia humana que desafiaba cualquier manual de seguridad de la firma pero mi lobo que hace un segundo estaba listo para arrancar las puertas del ascensor, soltó un ronroneo sordo, profundo y dominante que me sacudió las costillas.
El aroma de Hannah dio un vuelco absoluto: la insurgencia ardiente con la que me había ordenado guardarme los colmillos se transformó en un delicioso y puro aroma a bochorno que casi pude saborear en el aire. Estaba inmóvil, con los ojos avellana fijos en las molduras del techo, sosteniendo la tableta como si fuera una granada que acababa de estallar en su propia contra. El puente entre su cerebro y su boca finalmente había encontrado un obstáculo insalvable en mi piso veinticinco: su propia madre.
A mi izquierda Marcus que egresaba del ascensor tras el desalojo físico de Liam, se detuvo en seco en el pasillo, mirando los altavoces del techo con una mezcla de confusión defensiva y horror absoluto. Su instinto de beta robusto no sabía cómo catalogar una amenaza que provenía de la fibra óptica de una constructora provincial de la Costa Este.
Me eché hacia atrás sutilmente, apoyando una mano en el bolsillo de mi pantalón de sastre, disfrutando de la parálisis total de mi nueva Directora Global. La ironía del mercado me golpeó el pecho con fuerza. Mis analistas de Harvard tardaban semanas en conseguir información confidencial sobre la competencia y la red de chismes de un quiosco de revistas de Boston coordinada por la madre de Hannah había procesado el colapso financiero de Liam antes que Marcus redactara el informe de limpieza perimetral en el Sur de Boston.
El techo de la planta ejecutiva se quedó mudo por un microsegundo. La madre de Hannah contuvo el aliento ante la densidad de mi barítono.
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jefe y empleada, enemigos a amantes, control estricto e irreverencia caótica
Editado: 18.09.2026