El Lobo Y La Tormenta

CAPITULO 60

EL ÚLTIMO LAZO DE CONTROL

HANNAH

El siseo del altavoz del techo volvió a encenderse con un chasquido estático justo antes de que Cristhian pudiera cortar la línea. La voz de mi madre no se amilanó ante el barítono de alfa de Franco D'Santoro, al contrario, la mención de sus millones y de su control territorial pareció inyectarle una dosis extra de urgencia dramática típica de ella.

  • ¡A mí no me hable de términos territoriales, señor millonario de Wall Street! - bramó la bocina, pulverizando la última barrera de mi dignidad frente a Marcus y Cristhian, que nos miraban paralizados desde el umbral del búnker - ¡Hannah Abigail, contéstame ahora mismo! ¿De verdad vas a dejar que este lobo de la ciudad te maneje la vida solo porque te compró una blusa fina? ¡Arregla este desastre con la familia de Liam en este preciso segundo o te juro que...!

El calor del bochorno se transformó en una oleada de pura, fría y cortante determinación. El puente cerebro-boca se saltó todas las aduanas del pudor familiar y se puso en modo de liquidación absoluta. Di un paso al frente, apartándome sutilmente del pecho de Franco y apunté con la mirada fija hacia el micrófono del intercomunicador del techo.

  • Mamá, basta - solté, y mi voz arrastró cada sílaba con una frialdad contable que hizo que el eco del pasillo se congelara - Deja de recitar el organigrama de tus chismes vecinales en mi planta ejecutiva. Te recuerdo una variable matemática muy simple que pareces haber borrado de tu memoria esta mañana, tú fuiste la que decidió echarme de tu vida, fuiste tú la a me dijiste que hiciera mis maletas y que ya no pertenecía a tu casa si no regresaba de rodillas a suplicarle a una escoria como Liam para que me aceptará como esposa.
  • ¡Te eché porque eres biológicamente incapaz de ser dócil, Hannah Abigail! - le cortó la voz desde el techo, subiendo un octavo de tono, desbordando una condescendencia que me hizo apretar los puños sobre la tableta - ¡Lo hice porque te niegas a casarte con Liam y a ser una buena esposa! ¡Prefieres andar de vagabunda financiera por Boston antes que aceptar que necesitas realmente un hombre de bien que te controle la lengua! Tienes que arreglar todo con su constructora ya mismo y regresar a donde...
  • No voy a arreglar absolutamente nada, mamá - la interrumpí, con un filo de bisturí en las palabras que no disimulaba el menor rastro de sumisión del pasado - El balance de pérdidas de Liam está en cero neto y su constructora ya es chatarra fiscal. Quédate en tu piso, con tu red de espionaje y dile a la tía de tu vecina que el camión sin frenos acaba de firmar un contrato que no tiene fecha de expiración.

Sin esperar la siguiente línea de su sermón provincial, deslicé mi dedo con una fuerza matemática sobre el panel digital de la pared inteligente.

¡CLIC!

La pantalla se fue a negro de golpe, cortando la comunicación y sepultando la planta ejecutiva en un mutismo sepulcral. El silencio que regresó al pasillo ya no era de comedia negra, era el vacío espeso que queda después de un impacto frontal. Marcus se quedó inmóvil junto al ascensor privado, asimilando el perfil de la humana que acababa de colgarle a su propia madre frente al alfa de la ciudad y Cristhian desvió la vista hacia sus pantallas, conteniendo el aliento ante la densidad del aire.

Di media vuelta sobre mis tacones negros, ignorando olímpicamente las miradas de los dos subordinados y salí del búnker de cristal negro con la tableta de aluminio apretada contra el costado, dispuesta a encerrarme en mi oficina antes de que el desastre biológico de mis propias hormonas terminara por liquidarme los filtros.

FRANCO

Un ronroneo sordo, una vibración de pura y salvaje posesividad territorial cruzó mis costillas, haciendo que el ozono de mi naturaleza se expandiera por el mármol negro de la recepción. Mi lobo dio un vuelco de absoluta demencia dentro de mi pecho al ver cómo Hannah SanMiguel liquidaba el último lazo de control de su pasado con un solo movimiento de su dedo sobre el panel táctico.

La humana acababa de romper la barricada de su familia frente a mis betas, con la barbilla en alto y esa boca sin aduanas despidiéndose de la provincia para siempre. El aroma a bochorno se disipó en un parpadeo, reemplazado instantáneamente por esa fragancia ardiente a orgullo, fuego y a una independencia suicida que me resultó insultantemente atractiva.

Giré la cabeza despacio hacia Marcus y Cristhian, dejando que el fuego dorado de mis pupilas les ordenara replegarse sin necesidad de emitir un comando verbal.

  • Marcus, Cristhian. Fuera de esta planta - dije, bajando el barítono a un susurro denso que cortó el aire acondicionado - Despejen el área de seguridad. El trimestre ya se cerró en Nueva York y no quiero interferencias en este pasillo por el resto de la tarde.
  • Sí, jefe - asintió Marcus, haciendo una reverencia rígida antes de arrastrar a Cristhian hacia el ascensor secundario. Las hojas de acero se cerraron tras ellos con un golpe seco que selló el aislamiento acústico de mi territorio.

Me di la vuelta lentamente, desabrochándome el saco gris del traje mientras observaba la silueta de Hannah cruzando el umbral de su oficina. El camión sin frenos se había quedado sin líneas de interferencia, sin madre y sin Liam y la puerta de su santuario de veintidós grados estaba a punto de cerrarse detrás de ella pero mi zancada fluida y depredadora ya había recortado la distancia para asegurar que el impacto definitivo ocurriera bajo mis estrictos términos contables.




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